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miércoles, 6 de mayo de 2009

Sobre un cafetín


Dobla la esquina a la derecha y llega al Portal, una cerveza lenta, el repertorio usual de sonrisas, cómo quedó el partido, qué decía el tablero ayer, para seguir el camino, Cuesta abajo. Refresca un poco darle al tiempo pausas: ahí, adentro, entre el murmurllo y la canción —café, el abrazo, libros—, hay algo de esa calidez que, dicen, nos caracteriza.

«Buenas noches don Julio, cómo está…» La pared, ya sentados, nos mira con su argéntea impronta de años, de un tiempo que no nos tocó. Otrora piezas de lugar común, hoy, la memoria en imágenes casi de olvido nos saluda desde allá arriba, como desde una atalaya. La primera media, los guiños tempranos de entonación etílica y… gradualmente, comienza a embebernos el alcohol.

Percanta que me amuraste, Gardel, en lo mejor de mi vida… No sé cuántos se han preguntado por qué habrá que volver. Será mejor el envejecimiento del anís, o se sentirá uno menos culpable. Imagino cafés parisinos donde lúcidos piantados apuraban ajenjo y sopesaban filosofías descaradas, donde, bajo el vaho de camaraderías, planeaban mayos de futuros ’68s y Montesquieu prohibía el café… Pienso en arrieros ebrios y felices, se siente la nostalgia de un pasado que no se ha podido perder aún.

No sé cuál será su plus —y me he preguntado enredado en melodías—; lo cierto es que, cual hijo pródigo que no partiese nunca, después de entrar por primera vez, se le ve sentarse en la barra, con las manos perdidas en los bolsillos de frío, la mirada baja y la voz un tanto trémula, entrando de nuevo, saluda, llega un aguardiente y…

De la pared, como museo errante, miran las figuras de aquellos que cantan, componen, desvarían. Troilo mira a Marini y el último, al tríptico real. Con guitarras fieras apuntan a los tres de la Ranchera —y faltó Solís. Gardel, duetos y tristeza, pléyade de fulgentes criollos aseverando a gritos su atemporalidad. Cuelgan, también, metales de uso prístino, imágenes del brumoso ayer, canciones ya casi olvidadas. Entonces uno entra, pide a beber y el encuentro se hace inevitable: un reguero de recuerdos tirado adrede contra la pared.

Lo poco que uno recuerda. La música allí, como algunas poesías, hechiza. Sí, es lo que uno recuerda, el resto ya no está presente: gustó tanto la canción que la botella, poquito a poco, se fue muriendo… Recuerda que, entre brisas de aguardiente y café, el Son plateado de los discos viejos y la sensación del ayer metiéndose por los dientes, lo vieron salir de El Mojicón cuando el último pagó la cuenta, trece cobijas fueron su arrullo y al día siguiente, de nuevo, doblaba la esquina…

(Por la foto a Oscar Tamayo, gracias...)

2 comentarios:

O. TAMAYO dijo...

HOMBRE, GRACIAS POR EL CREDITO FOTOGRAFICO JAJA..

—G. Ochoa V... dijo...

Compadre, muy buena foto...