El punto es que comenten; ustedes saben, queridos: es necesario...

jueves, 9 de julio de 2009

Una boca se cayó del libro...

En busca de un epígrafe digno de no decir nada.


Pero estás tan lejos de Ligeia, no porque tus ojos no sean tan hondos e inciertos y redondos, sino porque aun teniéndote al frente, gritándome, no será lo mismo que cuando Poe, lamentando la muerte de su querida, se ponía a escribir. Estamos tan lejos de poder hacer algo así. Sin embrago es tan parecido.

Yo no lloro por no saber dónde estás. No lloro, pero me enternezco, me dejo seducir por la sorpresa de tu foto en las páginas de mi libro. Hay tiempo para decir que toda esta parafernalia de erudición y seudo-cultura se puede ir a la mierda. Pero se cuelan en esos intersticios vetas de distracción pa’ volverte más humano. Los libros guardan mucho del hombre.

Te pedí la fotografía porque imaginaba que en algún momento me reclamaría un token de tu presencia, como quien dice el haberte conocido. Si caminamos esas calles enredándonos un poquito cada vez más, creíamos, por qué pasaría esto como todo y en la memoria no habría sino nombres de calles, restaurantes, misas los domingos. La guardé en un libro esperando encontrármela luego con el valor agregado del polvo, los kilómetros, el azar…

¿Para qué sirve la gente si no es para quitarte los ojos del reloj y llevarte a sitios donde las flores no son lo que siempre son y pasearte por callejones cerrados para alcanzar un último café? Para decirme que con vos las calles de Boston no son tan frías, ni secas, ni ajenas, ni amorfas como siempre lo son.

Yo sé que somos necios y olvidamos. Una fotografía era mi excusa, mi as bajo la manga. Y aunque recuerdes todo, incluso la madera quebrada de las banquitas en el parque, de qué sirve eso si ya no sos el mismo y ahora los pelitos se paran con palabras que ayer ni entendías. Que el pasado, esa paleta de colores con la que hoy te vas pintando…

Si miro de nuevo tu cara y pienso y me detengo otra vez, no creo salir con nada que antes no te haya dicho. Mi Ligeia son dos mejillas que puedo contar en medio párrafo, dejándome el resto para mí exclusivamente. Me queda la tarea, el regresar más a menudo a inquietarme. Tengo un pedazo del mundo en mi libro esperando a que llegue a esa página.

martes, 7 de julio de 2009

Maelstrom

Dicen que el mundo es una urdimbre que la Historia teje mientras bosteza en su
mecedora gris.


También dicen que todo es aire. Pensaba en cosas, en amores, en sonidos. Estás sentado en la camita de castaño barnizado con colchas de color azul y flores naranja, sosteniendo a Ovidio o a Defoe o a Fitzgerald. Afuera llueve y la señora corre de cera en cera para no mojarse tanto y todo está untado de noche. Pensás en eso que te dicen los libros porque saben, pero taladra igual lo duro y frío de la portada, la señora que quién sabe a dónde va. Todo es el tren... No lo podés evitar y a los dioses das gracias que no lo podés evitar. Es un mestizaje hermoso. Una orgía anacrónica y sazonada y única. Propia. Steinbeck es el primer hombre, lo despeina Zéfiro o Bóreas y sigue sentado bajo las hojas del anchuroso árbol de Júpiter. Son inevitables las imágenes. Son los dioses raros, los pinceles de otros que no conozco y hablan de esos dioses raros, epígrafes que me harán alguien, la lana de la colchita azul… Por ser natural lo respeto. Y es una gran habilidad del hombre. Habrá quien insista en amarrar a los enanos andariegos porque distraen. Para llegar a algún lado es preciso concentrarse. Pero hoy día para qué llegar. Es una pérdida de tiempo que asumimos al apuntar al cielo. Y si queremos permanecer aquí, habrá que adularlos con sacrificios. Algunos tendrán que concentrarse, alcanzar el éxito y trasmitir. Otros se quedarán al cuidado del sueño y al calor de los enanos. El thou mayest rule over es una cuestión de vocación y de lluvia, y no se puede decidir. Ser carne de otros cuentos…

viernes, 19 de junio de 2009

De guiños que no puedo evitar

Uno nunca sabe cómo empezar. Debería saludar o hacerme una intro, pero es muy formal e incómodo, o simplemente decir que vengo a quitarte el tiempo o adornártelo, según el computador donde lo abrás. Pero qué va, también se complica mucho uno la vida con estas prevenciones, como si por escribirte me fueras a dar un premio. Así son algunos. Sólo vengo a hablar un rato contigo, a abrirle una ventana a esta pared. No sé cómo será para vos, pero a veces me pasa que uno sigue derecho no porque quiera, si no porque no tiene donde parar, como si fuéramos razas raras y no se pudiera hablar. Yo, como soy tímido, me guardo las galletas para cuando estoy solo, y eso está mal. Por eso hay que relajarse, sacudirse un poco toda esa maraña que se gana estando en la Academia o dando vueltas por una ciudad pequeña y abrirse, saludar de beso a la que no conocés, eso no te va a quitar mucho y el ataúd igual va a llegar y va a seguir siendo de la misma madera. Por eso no me preocupa estar escribiéndote a ti, cronopia pequeñita, que algo entiende de esos juegos, de torcerle el codo a la tradición para que el café termine sabiendo mejor. Y si me equivoco, ya está; no hay nada que hacer.

Justificado. Venía diciendo algo de abrir ventanas, de abrir huequitos para que la luz entre y los buenos días sean realmente buenos. Yo sé que no sos devota de Enrique, pero hay que admitir que en algo acertó cuando dice que hay muy poca gente. Y ni siquiera hablo de amigos, sin haberlos reciclado. Hay muy poquitas personas que te pueden dejar mejor de lo que te encontraron. Los más, pasan desapercibidos sin sospechar las alegrías, los días nublados de adentro. Entonces hay muy poca gente, y la vida tampoco puede ser un guardarse-todo-por-siempre porque los otros no entiende o no les da la gana de entender: las películas son más bellas cuando las miradas se encuentran en la luz de una frase bonita, o cuando se rozan los codos porque esa toma —ésa y no otra— los sacudió a los dos al mismo tiempo. Hay que empezar a abrir esas ventanas…

Por eso mantengo con especial cariño algunas personas que conocí en las charlas de los que se enamoraban de la tarde. Porque, hay que admitirlo, le daban al día más de lo que un libro podía hacer, sin contar con el abrazo, y yo no necesitaba más luz. Pero uno se deja contaminar de esos vicios, esos diablos camanduleros de la tradición, y así se impide llamar, ir directo al abrazo, prefiere a veces quedarse callado, o simplemente borra todos los mensajes sin antes haberlos enviado. Toca decir: es uno mismo, soy yo mismo, quien le pone cortinas a las ventanas y luego me quejo, preguntado a todo el mundo qué hicieron con la luz. Es una lástima, porque si no se acaba con esto, cuántas manos se van a dejar de encontrar, cuánta alegría no nos va a atropellar y va a tocar seguir pidiendo la misma cerveza, a veces con la misma desgana…

miércoles, 17 de junio de 2009


Quería algo que me hiciera ver mejor las cosas. Pensé en una casa, esas metáforas que no representan peligro para nadie. Una caja donde el hecho de mirar no tuviera que ser esa obstinación de agujas en los ojos. Un otra-cosa, un bel morir… Los que imaginan, todos tienen que hacerlo. Me di cuenta de que era mi obligación cuando no vi poesía en la ciudad —suposiciones para creer que es cierto. No había poesía y mi ciudad no era sino una escusa para volver las paredes más gruesas y, ¡todos lo saben!, infranqueables. Dormimos tras muros de cemento para no saber que afuera Marie cruza la calle, un poco sola, y para estar seguros de que no podrá entrar. Damos cantidades para que nos alejen, nos oculten, nos mantengan en una inmunidad insipiente; si nos sentimos solitarios, que nadie se queje. Estos ruidos comenzaban a inquietarme. No sé todavía a qué me refería entonces cuando quería el cambio, decía crear algo. La semiología no podía ayudarme porque no estaba enfermo. Quería saber por qué las cosas… ¿De quién es el problema? Ninguna manifestación del hombre puede curar el mal del mundo, de eso hay que estar seguros. Y lamentarse es tan fácil como criar musgo en la cara. Yo no sabía qué hacer y aun así sentía que algo no andaba bien, cierto… Omen me disponía con cautela, como los ojos de Gautama a la vejez, la enfermedad y la muerte. La lucidez viene con los años, dicen, y todos corren hacia ella tropezándose, atropellados. Yo permanezco sentado aquí. No creo que vaya a alcanzarla pronto; me hace feliz. Igual, de algún modo va llegando y uno aprende a ver cómo lo es todo. Hay que salir con algo, me repetía, con que poder seguir: una excusa de azúcar, un poco más de delirio, literatura, copitas despicadas… Nunca leí a Proust, pero su bigote ya me decía mucho. A través del arte podría el hombre recuperar el tiempo perdido, ¿qué tal? Y sigue siendo inútil todo esto, interrumpía Wilde, porque quién puede afirmar cuál es el uso del tiempo ya perdido. Mientras discutían, yo sabía que ése era mi material. Si con un cuadro de Turner, una suite, un plantío de brevos el hombre podía regresar y amarrarse al sueño de los buenos y limitados años de ayer, y quedarse… Que no me tapen las manos más la cara: que se haga mi casa de eso con que se levantan suspiros en un salón del Louvre ante un Van Gogh. Sólo así se puede empeñar en seguir con esto. Hay que recordar que ser vulnerable es un privilegio y nunca una tara. Combatirlo sería todo un atropello contra la razón y la ternura.

Personajes I


El problema del hombre es que tiene que comer. Esto lo saca del juego y el ocio, su naturaleza. Hay que producir. No hay trabajo en ningún lado. No sé hacer muchas cosas. El hombre busca qué hacer. Se para en una esquina con un tarro lleno de agua y jabón. A lanzar burbujitas al aire. Tocará antojar a los niños que son los únicos que todavía dicen lo que quieren. Si se muestra, se puede vender. A lo mejor una señora discreta se acercará sin hacer mucho ruido para llevarle algo a su hijo que no ve hace varios días. Con esto se contentará, tengo tantas cosas que hacer. No debe ganar mucho. Toda la mañana en el mismo sitio. Las burbujas salen del tubo al soplar. Fuera del mundo, absorto, en otro lugar lejos de los taxis que esperan impacientes la luz verde. Sopla casi sin soplar, sólo por mirar las burbujas irse, estallarse en el aire. Algunas mueren antes de dejar su boca. Hay que comer, y los hijos esperan. No tengo más que agua y jabón. Por lo menos estoy limpio. El único consuelo entre la bulla, la indolencia plácida de todos, parece ser las burbujitas que se alejan. Lo único que resta es jugar.


martes, 16 de junio de 2009

El mundo vive afuera y yo no salgo de la cáscara donde me cocino en esta tensión ingenua sobre una fotografía.



Que el mundo se pueda abarcar en una mirada amplia, como en un abrazo —que yo pudiera, y así no tendría que mirar con tanta sospecha a estas novelas misántropas. Pero… no, no puedo ver el mundo con ojos prestados, no quiero. Porque estás en el café de siempre, probándote las palabras de los otros. Las conversaciones se te pegan a los dedos de la mano, las redes en los campos de fútbol, a lo mejor el viento y sí, todo es simultáneo y espontáneo, son los niños y el baile sensual de pasiones en las jovencitas de máscara. El mundo vive afuera y yo no salgo de la cáscara donde me cocino en esta tensión ingenua sobre una fotografía. No creo deba salir de aquí, entonces el resto del todo al que todavía pertenezco puede y tiene que seguir sin mí por un momento. Abdico de mi derecho. Estoy reservado a la poquita luz de la figura, a los gestos arrugados de algodón. Me quedaría sin problema en esta religión tranquila...

No está mal, porque los aviones siguen arriba, igual los ascensores y los hombres. Todos sin agitarse porque saben, deberían saberlo, que en algún momento tengo que despertar y sacudirme los restos de la hierba seca del sueño. Los voy a mirar, ellos saben, vuelvo a la sucesión gastada de todas las miradas, todos los días, después de vacilar un poco. A hendir de nuevo las calles queriendo entenderlas y contarlas, olvidando luego las ganas y resbalando en una suave duermevela de impotencia dulce y progresiva. Todo está bien por ahora: habré vuelto a ser hombre y la foto, otra vez fotografía…

lunes, 15 de junio de 2009

Paso el tiempo en una librería del centro. Leía la otra vez en la contraportada de un libro que no podía comprar, que el mérito de aquel escritor era haber sabido describir su vacío. Debió haber sido en realidad un genio para sí y el resto del mundo. Cómo narrar el vacío… Me resbalo en un suelo enjabonado y no tengo donde agarrarme. Se van cerrando las cosas, se van perdiendo los nombres y el rosado de El tragasables ya no es tan eléctrico ni tan rosado. Las luces brillan por inercia. El mundo es la novela de un pésimo escritor...

martes, 9 de junio de 2009


"But I’m dead already, everybody knows that."
—Obleur, and the lead sun was dying

"Elle saviat Madame Bérenge que tous les chagrins viennent dans les letres."
—Céline


Más tarde leía a Steinbeck y me conmovía. Que los libros son inútiles, sea, pero que hacen la vida por lo menos un poco más interesante, poniéndonos dulces en las manos, eso no se puede contrariar. Yo creo que Cortázar sintió algo parecido:

«Pienso en esos estados excepcionales en que por un instante se adivinan las hojas y las lámparas invisibles, se las siente en un aire que está fuera del espacio. Es muy simple, toda exaltación o depresión me empuja a un estado propicio a
lo llamaré paravisiones
es decir (lo malo es eso, decirlo)
una aptitud instantánea para salirme, para de pronto desde fuera aprehenderme, o de dentro pero en otro plano
como si yo fuera alguien que me está mirando
(mejor todavía —porque en realidad no me veo—: como alguien que me está viviendo).
No dura nada, dos pasos en la calle, el tiempo de respirar profundamente (a veces el despertarse dura un poco más, pero entonces es fabuloso)»,

o algo así. En Steinbeck —no hay que acercarse a ellos como quien está con, sino en— Charles le escribe a Adam perdidos ambos en el tiempo. Una salida visceral, necesaria. Esa carta la tuve que haber escrito yo. No podía evitar sentirse vivo. Sólo así puede uno saber qué es ese juego del que todos hablan y sólo tres o cuatro conocen. Hay que preguntarse de vez en cuando, ¿no?

Esa carta…

Ayer recibí la visita de alguien. Recibir no es precisamente la palabra, mucho menos visita, pero cómo decirlo. Alguien llegó a mi casa, anoche... Me dejó inquieto. Hay presencias que te hacen bien, lo sentís en alguna parte del cuerpo, los dedos se sueltan o las comisuras no dejan de temblar. Porque hablás y te escuchan, y la música de adentro y afuera suenan al unísono y sin problema, cosas tan raras. Presencias más bellas mientras más lejanas e inconexas e inesperadas; tout de suite! Le queda tiempo a uno para condimentarlas, aderezarlas y comérselas en nombre no solamente del hambre, sino de la sensualidad que da no habérselo esperado. Y entonces te llenás, su cara sigue siendo tan bonita, y pensás que ya es tiempo de dormir y ella se tiene que ir. Mañana no estará, sos consciente de que no hay tiempo pa’ nostalgias; mañana mañana…

No me puedo disculpar por divagar. Alguna cosa me quedó de leer Salinger a destiempo. Hay que decirlo. Esa carta sigue sonando. Charles ni siquiera era elocuente, pero escribía y se le salía el mundo de las manos, literalmente, y la censura se le evaporaba en el sudor, en las lágrimas… Esa carta, Jay… Uno se queda callado muchas veces. Se tapa mucho la boca. A lo mejor eso nos diferencia de los de ayer. El pedacito de tela que nos fuerza el silencio no sólo rezuma aire, sino chismes y quejas y tonterías. Cuando se viene el tiempo del mundo al revés nos sentamos a silbar bajito o a organizar rendez-vous de nada para nada, el mayor grado de inmoralidad que alcanzamos los necios. Le empiezan a crecer membranas al cuerpo. Sí ves entonces, llega el azar y te pone gentes en la puerta de tu casa. Te desvelan con historias nuevas y esas ropitas tan puerilmente maduras; de repente volvés a hablar. A veces no es sino lanzarse o…

lunes, 25 de mayo de 2009

El punto es que la noche…



Ya no sé si tendrías razón. Quiero pensar que sí, pero a veces la noche está para uno solo y las cosas se van al suelo. Cuando me lo decías allí, todo parecía tener tanto sentido. El café, a lo mejor. Lo difícil que es todo y la salecita de la condición humana, eso lo sabíamos. Pero hablaste del juego, y vi tu forma de andar... Cruzar la vida saltando, en un solo pie, de para atrás, con los ojos cerrados, medio abiertos, descalzo. Me habían enseñado otra cosa. Todo tan serio, tan opaco, llenando de cartones las salitas de estar, los cafés de pueblo. Había que cambiar un poco todo eso, no con luchas de Guevara, ni demostraciones de irrefutable ciencia, eso no era lo tuyo. Un poco menos de azúcar hoy en el café. Cambiar de acera y mirar al otro lado de la calle para saber qué te hubiera pasado si siguieras ahí. Me divertías tanto, yo no era capaz. Prefería irme a la casa después de clase si en el bar no había suficiente luz, o al contrario.

Ahora no sé si tenías razón. Todas tus golosas a destiempo no se sostienen solas. ¿Dónde va la irreverencia? La vida se recobra y vuelve a ser la misma mierda, los libros no son más que libros, ¡y tantos! No quería llegar a esto. Si te veo mover las manos mientras lo explicás, quizá así podría estar seguro de creerlo, de mantenerlo siempre como cierto. Y estar convencido de que el aguardiente hace mucho más amable al mundo. Eso todavía lo creo. Pero el resto... No es fácil creer sin evidencia, o al menos un poquito de fe. No teníamos sino la mesita y los mil pesos para el café. No más que el tiempo para encontrarnos. Si te convencen de que Dios es él mientras lo puedas merecer, te empujan fuera del altar. Y afuera siempre está frío.

Si me quedaran al menos las palabras. No me acuerdo sino del bucito que tenías puesto. Y la diadema. Siempre el empeño en aprender a guardar tesoros. Sólo se esfuerza el que conoce el cansancio. Nada de eso me consuela, y es lo que quiero. Uno termina recordando escenas tontas que nada tienen que ver, da un poquito de risa. Se ríen porque así se hace. Lo triste. La película de Kar Wai y qué hijueputa cosa tan seria. Estar siempre tan solos. ¿Me tengo que acordar de esto ahora, precisamente…? Sí ves por qué te digo que dudo que tuvieras razón. En esta pieza tus palabras son menos que nada, ni recuerdos. ¿Por qué no me alegra el helado de la tarde y tus buenas noticias? Cuando más me afectarían… Putos puntos suspensivos que no son silencio… No te estoy diciendo nada. Te va a tocar enseñarme algo más que cartas de naipe y arbolitos al lado del camino. Hay que aprender a vivir. Eso también nos serviría.

lunes, 18 de mayo de 2009

Yo creo que todos estamos incompletos. Podríamos empezar por ahí. Y que uno busca dentro de todos con qué llenarse, te acordás que te decía. El problema es que yo siempre estoy así, y aguanto tan bien la tensión que, al final, termino acostumbrándome, como a un hambre de doscientos días. Pero igual sigo buscando. No sé qué quiero encontrar. Y no me gusta que la gente me lo diga con esas lenguas de cartón amarillo y apuntándome con el dedo. Eso ya no me agrada, después de todo. Pero un abrazo, un golpecito de vez en cuando… Yo quiero que esas cosas sucedan, y bañarme con el agua que a todos nos cae, pero de alguna forma no soy capaz, como una voluntadcita pertinaz, insistente diciéndome que no a no sé qué mierda, y yo quedo igual que vos, sin saber nada y caminando hacia la casa porque no hay nada mejor que hacer. Tan raros y tan amantes… Creo que hace falta ser más natural, es todo. Si aprendés alguna forma de conocerte sin adjetivos ni pretensiones, decime, yo también quiero saber algo de esas cosas, me estoy quedando corto…