El punto es que comenten; ustedes saben, queridos: es necesario...
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sábado, 31 de octubre de 2009

Mirá cómo trato de entender todo esto.
Tachando, ajustando,
adivinando letras que conozco
pero ni sospecho por qué están ahí.

Mirá cómo me llegan otras cosas hasta aquí
mientras los que saben opinan, asienten,
aseveran desde sus puestos de universidad.

El mundo de las distracciones
permite otras formas de vida.

Mirá cómo volvés a llamarme entre tanta cosa seria.
Si vinieras a hacerme caras desde la puerta abierta.
Son horas serias estas horas,
debés estar en tu papel del mundo.

Pero si no venís,
igual me guardo en escribirte tanto,
rascándote el codo y no volteás.
Oí como te llamo…
Pacito para no interrumpir a nadie.

Si hubiera dicho otra cosa
no me estuviera traicionando.
Pero dije mirá…
Nombrar para existir.
Nombrarte.

¿Si no digo nada?
No, no sirve.
Todo está hundido en el tedio
y si no quieres entender,
adentro se prenden las voces.

Al frente hablan de analepsis.
No es necesario nombrar para que vengan,
ya están aquí.

Salut!

viernes, 9 de octubre de 2009





Costumbres de un desesperado

Busca rasgos familiares en los extraños que pasan a su lado, esperando, tal vez, poder conversar un rato, compartir apreciaciones generales.


Entretengámonos con textos descriptivos. No pudo el café, la música, los libros, el cine… Estoy enfermo y las narices indispuestas no nos dejan pensar. Pero sí podemos mirar, recordar un poco. La mesa está a un costado del bulevar —nada que recuerde escenarios de Balzac—, unos cuantos textos lingüísticos para convencerse de algo, y este lápiz escéptico que quiere pero no. Si es viernes por la tarde y el viento vuelve fresca esta ciudad canicular, ¿por qué siguen todos ellos aquí, en una universidad cansada de no lograr ser del todo su nombre? Un lápiz tibio debe molestar tanto como una mujer indecisa, o al contrario. Las gentes pasan de derecha a izquierda… cada uno a su destino, para cada uno su salida. Si van a la derecha, les espera la setenta con sus ruidos, sus bares paridos de la misma idea, la pereza que es de todos después de retirar las llaves y cerrar la puerta. Pero hoy es viernes. En otras avenidas hay gente, hay alegría, hay alcohol y mil excusas para inundar los cuerpos, es viernes. Así son las ciudades tórridas —manteniendo que esta palabra guarde relación con trópico, tropel, torpor. Más nos vale salir por la puerta principal. ¿Y los que no tienen con quien salir hoy y esperan encontrar un sitio donde sentarse a leer libros que digan que está bien estar a solas, que todos lo estamos? Los que buscan un lugar de taciturno bohemio anacrónico, ojalá tengan los cajones llenos de vino: a embriagarse a domicilio. A menos de que sea discípulo de Baudelaire y sepa cómo poblar su soledad para poder ser él entre la multitud de los parques. Sólo describo, y ahora lo poco de café que había en el cartoncito rojo está en toda la mesa. Pero esto no habría de molestar a nadie más que a mí, y hace falta mucha más dedicación para sacudir un poco la senilidad de mi habitual indiferencia. Ya la mayoría empieza a pararse de sus sillas, caminan con sus fardos electrónicos hacia la entrada principal. Recuerdo una imagen de Munch, nunca supe su nombre. Es hora de parecerme a esos sujetos que tanto quiero y volver a casa, adiós. Me voy antes de ofender a los demás con esta quietud aparentemente tan sana.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Quizás todo eso fuera una simple justificación.
Pero yo no tendría por qué sentirme tan triste, es cierto.
Es cuestión de ser consecuente o con la sangre, o con la vida,
como lo quieran llamar.

A mí no me da lo mismo:
No es seguir el camino menos tomado, o viceversa…
No es quedarse quieto y dejar de mover la cabeza
porque buscás y no la ves por ningún lado —no está.

Yo no quiero un camino en el que no pueda andar...

miércoles, 29 de abril de 2009

El amor, la muerte y las moscas...


«Las moscas son las vengadoras de no sabemos qué; pero tú sabes que alguna vez te han perseguido y, en cuanto lo sabes, te perseguirán para siempre.» —Monterroso



Lo que sea con tal de no volver a casa. Partidos de fútbol, caídas de agua, conversaciones dislocadas e incoherentes. Todo, menos encerrarme en esas cárceles voluntarias. (Y si hay tiempo, mirar mi granito nihilista de arena) También puedo escribir y adornar un poquito esta mesa.

Ella tenía que leer y yo la miraba, por supuesto. Es más, cuando otros se arrimaban al micrófono, había que esforzarse por no mirarla, por alejarse y debatirse en esa tensión que siempre termina en su cara. Leía con esa ingenuidad idiota del que quiere la cosa… Y ahí, sobre ella, una mosca encontró donde pasearse. Monterroso se atreve a decir que hay tres temas y ellos son el amor, la muerte y las moscas. Algo parecido debió haberse imaginado para decir esto. Sostenía el libro en la mano izquierda, y en la otra el micrófono, leía. Movía la cabeza para espantar la mosca que no entendía. Cambió la página y siguió, yo me entretuve en su pelo y andaba ya lejos. Me fui por un momento… Nadie se dio cuenta de su error, ni ella, ni la mosca, ahora sentada en el libro, ni mucho menos yo. Cuando se corrigió, porque evidentemente se había saltado la página: al hablar de Artaud, el texto terminó envuelto en pudores y florecitas blancas, todos la miramos quizás igualmente apenados porque tampoco lo habíamos notado: al pasar la hoja, el mar no sufrió ningún cambio para mí. Las moscas muestran ser un gran tema; la nuestra, que volvía a sobrevolar su cabeza, le sirvió a ella de excusa por su descuido y a mí de leitmotiv para escribir esto, y no pensar. Y si ella no hubiese sentido la necesidad de reivindicarse, no se hubieran cerrado sus ojos al decir que tocaba una boca que se imaginaba, eso es seguro. Con la certeza de que ese día en algún lugar alguien también murió, me divierte ver cómo confirmamos, al pie de la letra, las palabras de Monterroso.

Las cosas hay que decirlas, ahora sí puedo volver a casa…

domingo, 26 de abril de 2009

Que sea un saludo de más a todos, todos...


Cuán solo estaría, estando solo, sin mi música, sin el murmullo de los libros que descansan en los estantes de mi biblioteca. Y qué triste que tenga que decir que es mía: qué pensaría Lautrémont si supiera que su palabra se va muriendo en las letras de unas páginas inmóviles, mohosas, y que tiene dueño. Al final, para eso pensará el hombre, para que cuando haya muerto, si tuvo el descaro de dejar su nombre pasada la tumba, otro pueda hincharse de ego al decir que este volumen de Dickinson es mío, sin ella haber visto alguno. El hombre, qué animal… Pero no quiero tratar de entenderlo ni como carne, suspiro o camisa, no se puede con tanta humanidad junta. ¿Me vuelco hacia la filosofía… o hacia la fabricación de galletas dulces? El azúcar produce placer y ese crujir de pedacitos que caen en la mesa, o humedecerlas en el café, perfecto para acompañar una Introducción a la filosofía, o cualquier amargura más. Tantas cosas. Por eso hay que permanecer en casa de vez en cuando, tratar de entablar relación con estas paredes pintadas tan a la carrera, sin haberme consultado —probablemente porque no fui yo quien las pagó— y con colores que quieren siempre estar gritando, un bullicio de altercado y borrachera. No sé en qué piensan esas brochas al dejarse manchar así. (Escribí esta frase para poder luego borrarla con todo y ese punto indefenso, pero luego no podría divertirme al decir ésta…) Es difícil seguir hablando, escribir, y es quizá porque no sé a quién le hablo, como si tuviese que tener claro el rostro al que voy a pintar de saludos con estas letras, tan extraño, será por eso que nunca podré escribir bien, o escribir. Siempre tienen que estar las cejas bien delimitadas y el mentón sobresaliente porque si no, se me va yendo la e hacia la izquierda, tan molesto. U olvido algunos verbos... Por eso quiero imaginar que imagino a una de mis femmes, esas muchachitas con pantalones ajustados que sólo quieren que las quieran para ellas sonreír, sentirse objeto de deseo —aunque sea un pretendiente tan desgastado como yo— y sigan el camino pensándose novela romántica sin título o nereidas tercermundistas, con el respeto que se merecen. Es más fácil recordarlas a ellas, ¡qué trauma!, que al señor de la leche en mostradores de madera curtida, o al perro sin raza que patié borracho cuando prendido de cualquier muro intentaba llegar a casa. Decía de las muchachitas con coronita de oropel, que llegan encendidas, a veces incendio, a hacerme la vida chispitas mariposas, con guirnaldas de claveles (o cualquier flor, nunca supe bien cuál era cuál), y suspiro un poco, funciona para evitar estornudos. Hace frío. Pero las hay también que la memoria no tan herida, no tan curada, duelen con un dolor de agua fría. Ya ya… El tema se vuelve complicado, entonces el digitador, el demiurgo pandequesero, voltea la mirada, cambia el rumbo de la luz en el faro iluminando otras piedras, guiando el bergantín ingenuo hacia otras islas, en tierras donde sí se puede hablar. Qué sé yo, quiero decir que esto es un diario, una manera de poder decir, simplemente así. La lengua escrita demanda al hombre un esfuerzo, sacar un poquito más de lo que la naturaleza le dio y luego los lauros, la cena de conmemoración y tu nombre en el Real Diccionario, ah… Pero el esfuerzo, esa palabrita tan difícil de escalar, de cruzar sea con machete, escapulario o matafuegos, imposible. Uno empieza con balbuceos, tonterías que allá adentro ya conquistaron todo premio que Juanes nunca logró, aunque no se crea. Las palabras que no pudo la boca nunca construir, le salen por los dedos con esa magia de conejo blanco, con un orden —desorden para otros— que te hace temblar porque lo crees de una belleza con singnos de admiración. Pero, qué va… te la pasaste creyendo que fuiste grande, que ya te tenían lista tu invitación a decir el discurso de recepción del Nobel, y a García Márquez lo ibas a abrazar por el lado izquierdo, y las entrevistas las concederías sólo a ciertos canales, a otros no. Saboreando eternidad con encías de recién nacido, siempre con ese afán, con esas ganas de estar en la boca de todos para probar que a pesar del éxito, la Gloria que sólo está en otros cielos, apesar de todo eso, seguirías siendo el mismo. El mismo… nunca escuchaste a Whitman, ni a Baudelaire, ni a los árboles con esa elocuencia demente. Escribe, si lo que quieres hacer es eso, pues hazlo, pero primero, deshacete de las ideas de paraíso post-mortem que dizque da el haber sido mejor que otros, saca tu cara del balde con agua tibia, empezá por ahí. Y ponete a pensar en otras cosas, en la música, en las velas que te pusieron al frente para adornar y no pa prenderlas, en las lucideces que muy esporádicamente vas adquiriendo a pesar de tu somnolencia y de la pereza de carne que mantenés. Pensá en que por ventura todavía cae agua sobre la calle afuera. La música, pensá en lo bien que te hace poder bañarte en el jugo dorado de la trompeta sin haber pagado más que dinero, qué fortuna. Que saltás de Brassens a Coltrane, y Vivaldi y Waits, y nadie te dice que sos educado, o culto, o sinvergüenza, porque mantenés tus búsquedas en secreto como un vicio mal visto, como un onanismo fonético. Los periplos de cuerdas, cueros, el viento ululante y las lenguas retorciénode en el grito. Cómo puede no gustar esa percusión tímida del Jazz, como queriendo decir las cosas a medias porque guardándose el resto a lo mejor querás volver y averiguar, como otra muchachita pudorosa de pantalones apretados, otra vela que no se deja prender. No sé qué más decirle al mundo, al mundo que no quiere saber de mí. A mí no me suena tan bien como a la señorita, debe de ser que ella sabía más en esa soledad de jardín monástico, estúpido. El mundo querrá saber alguna cosa de mí, ya que probablemente no va a tener ningún testimonio genético de mi parte, qué dramático. Hoy quiero dejar bien claro mis convicciones para saber dónde voy a estar mañana. Para reírme de mis modismos de niño afrancesado en mi vejez, en mis años de haber libado placeres tan sórdidos como humanos, y me importe poco que caiga sobre mi silueta la flecha del dedo penitenciaro. No tendré hijos, está bien… Discúlpenme los que, por culpa mía, vengan al mundo mañana, con todo respeto: no fue mi intención. Entenderán, espero, que nunca leí las bitácoras de don Casanova y el arte de las mujeres lo asumí muy tarde y si por algún azar —tampoco ahora lo quiero comprender— una piel se me extiende en esa sensual y sencilla escases de máscaras, no voy a impedir que se agriete mi piel sin el contacto, el deslizamiento de paisajes, el uno sobre el otro. No, esta vez no seré tan cristiano, ni moralista ni vitalista depreso. Y a lo mejor la luz vendrá en el brillo de unos ojos que les tocó llegar llorando a esta casa, con este apellido y si es tanto el infortunio, con estos vicios: perdonadme, no fue mi intención. Y si de algo sirve: ahí están mis libros sin leer, vírgenes de asombros y manchas de lápiz, también mis discos rayados y mis gafas que alguna cosa vieron, nada más. No será el mejor comienzo, pero dejo los cajones del nochero de la última pieza llenos de consejos y canciones para pasar por la vida, sino desenterado, por lo menos un poco con la vista puesta sobre lo verde, lo poquito edénico que nos queda aún. Hágase uso de ello. Y también voy a tener que pedir disculpas a los entendidos del arte de gravar letras en el lienzo en blanco por conocer exclusivamente la narrativa en primera persona, yo. Sé que van a leerme, lo sé, no pretendo engañarme, y también entiendo que querrán de mí más que diferenciar una ese de una ce, sino entablar todo tipo de conversación, hundir mis manos, mi boca, si es preciso el último músculo de mis ojos, en tanta mierda que puedan ustedes decir que conozco la cosa y sólo así puedo hablar de ella. Lamento tanto, desde ahora, saber que habrá tantos decepcionados. Que volverán a la ilusión del café de la tarde, del periódico aciago de la mañana, lanzando una mirada triste sobre la imagen de este niño que nunca aprendió a hacer nada bien. A ustedes que quisieron ver en mí la última luz, disculpad, soy simple y llano como no son mis paisajes, soy el hijo de un abrazo partido y eso no me hace nada especial, no tengo lágrimas grandilocuentes y si las tuviera, tengan por seguro que me las reservaría. No puedo decirles nada que no conozcan, primero porque no he estado en lugares inhóspitos ni en cuerpo, ni en espíritu, ni en uñas, y mi lengua no alcanza para tanto. No quiero hacerles perder el tiempo, lo poco que tienen, ni su esperanza, la necesitan para largo. Sólo tengo para ustedes un guiño con mi sombrero en la mano, sin tener sombrero, y una infinidad de gestos ingenuos con los cuales compartir mi condición sin adjetivos, tanto quiero que les sea suficiente, y amable…