A veces es mejor caminar. Carabobo con una de las calles que la cruzan antes de Colombia. Estoy esperando que el semáforo me deje seguir mirando gente pasar. Sigo parado, fumando mis primeros cigarrillos. Hay que parar, y mirala. Describir es con frecuencia caminar al borde de un abismo temiendo caer en lo kitsch o en lo cursi o en lo almibarado, pero algo mucho peor es no decirlo: eso sería mandar estas cosas al olvido, sin más ni... Se le asomaban, entre la fibra rota y desgastada, unos tres o cuatro cuadros de piel. No decían nada, pero uno igual se imagina que dicen algo y que esos senos chiquitos y esa cara maquillada perfecta, que efectivamente me le acerqué y se lo dije porque, como todos sabemos, es de mala educación quedarse con las cosas para uno solo y más si tienen que ver con los demás. Fui y se lo dije, que era muy bella y que por el bien de ambos, ya tenía que tomase un café conmigo porque, como todos sabemos, no es correcto separarse de una persona que te ha complacido en algo sin habérselo agradecido antes: por ahí está escrito que Dios perdona cualquier pecado menos la ingratitud. Ella medio se rió porque le había parecido raro divertido eso que le dije, pero también porque no le disgusté del todo y además le daba pena demostrar que no había entendido nada —y la risa esconde porque masifica. No fue tan difícil llevármela a una mesa, lo duro fue lograr que se soltara un poco. La nena, al fin, resultó no tener nada que decir y yo, que también tengo alto aprecio por el silencio, le dije, como proponiéndole, que nos quedáramos callados un rato y luego nos fuéramos a otro lado. Ella no quería porque no podía salir con cualquiera por ahí, aunque yo pareciera inofensivo en medio de tanto hijueputa. Al principio dijo que no y que los confesionarios y los votos de castidad monógamos, pero después tuvo curiosidad por saber quién es que era ese Jeunet y sus imágenes hermosas y los tres besos y eso, que en verdad parecía interesada. Todavía callada, parecía que se le había olvidado ese cuento de las camándulas: pude completar el rompecabezas de los cuadros de piel, completo, sin nada que los descontinuara, y cuando me dejó el semáforo, seguí caminando pasándole al lado, absteniéndome de respirar hasta que ella llegara, para poder olerla, así…
El punto es que comenten; ustedes saben, queridos: es necesario...
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viernes, 9 de julio de 2010
sábado, 30 de enero de 2010
Cuántas veces fui Coronel
buscando tu juego de ojos,
no en los talleres de bordado,
sino entre la gente que salía del subte
o en cualquier banquita del San Martín.
Me debatía en la incertidumbre
esperando quizás encontrarte en algún lugar
o teminedo con un temor sin fondo
ver mi silueta acercarse a vos.
Cuántas fueron tu cara
en los encuentros rápidos de las esquinas.
Y me engañaba bien:
sabía que no estabas cerca,
que no estarías para negar mi soledad
de piecita de hotel, de turista paria.
Te buscaba sabiéndote lejos,
mintiéndome suave entre los carros y los cafés.
buscando tu juego de ojos,
no en los talleres de bordado,
sino entre la gente que salía del subte
o en cualquier banquita del San Martín.
Me debatía en la incertidumbre
esperando quizás encontrarte en algún lugar
o teminedo con un temor sin fondo
ver mi silueta acercarse a vos.
Cuántas fueron tu cara
en los encuentros rápidos de las esquinas.
Y me engañaba bien:
sabía que no estabas cerca,
que no estarías para negar mi soledad
de piecita de hotel, de turista paria.
Te buscaba sabiéndote lejos,
mintiéndome suave entre los carros y los cafés.
sábado, 31 de octubre de 2009
Microficciones casi urbanas, más...
1. En el edificio donde vivo tienen como regla, para el manejo de basuras, dejar las botellas de vidrio en las escalas, afuera de la puerta; desde arriba no se pueden tirar. Todos lo aceptamos porque es conveniente y quien las recoge hace bien su trabajo. Un día el vecino de abajo decidió no hacerlo y llevó él mismo las botellas. Pero no fue cosa de un solo día. Lo tomó de costumbre hasta que un accidente sufrido en el trabajo se lo impidió. Todos lamentamos mucho su pierna rota cuando bajábamos nuestras propias botellas. Parecía enojado. Las suyas ya se acumulan afuera de la puerta.
2. Kristin fue una amiga que gané de tanto visitar una pequeña panadería a dos cuadras de mi trabajo en Boylston St. Era una gran conversadora y entretenía mis días de ocio invernal. Con ella conocí algunos teatros de Boston, allí la gente parecía conocerla. Me estaba acostumbrando a estas salidas donde cada noche conocía dramaturgos emergentes y a uno que otro actor. Una noche, quedamos de encontrarnos en el Wang Center para una adaptación de Shakespeare, Much ado about nothing. Estaba entusiasmado, el espectáculo prometía risas. Pero esta vez me quedé esperando risas viendo que Kristin no llegaba, y no llegó. Dos años más tarde recibí un correo suyo arguyendo el porqué de su ausencia aquella noche. Su padre había muerto. Ella consideró prudente irse también... y la carretera estaba abierta.
3. Vivo en el quinto piso de un edificio en Laureles, barrio conocido por su repentina sobrepoblación. En frente al mío, hay un edificio un poco más grande con una buena cantidad de balcones. Algún día, como suelo hacerlo a veces, gracias al buen tiempo, saqué mi silla, mi libro y me puse a leer afuera. Levanté un momento la mirada y vi que alguien desde el frente me sonreía. Le gusta leer, pensé, y sentirá simpatía. Seguí mis lecturas afuera no sólo ese día, sino por mucho tiempo con la sonrisa cómplice de mi acompañante. Se debe preguntar qué leo. Ya me veía yo cambiando de libros frente a ella, pretendiendo leer qué cosas sólo porque me observaban. Uno de tantos días, mientras cambiaba las páginas de un Proust, vi que alguien se le acercó, la agarró de los brazos y la condujo con fuerza hacia adentro… Desde entonces no he vuelto a leer afuera. El clima está muy raro y quién sabe de qué se pueda enfermar uno ...
4. Conozco por casualidad, o porque así lo quise, a un señor en plena vejez que hablaba de dioses y lo encontré en el Parque Bolívar. Yo pasaba con el primo y escuchamos una discusión que sostenían algunos jubilados. Terminada la charla lo abordamos y pudimos hablar con él. Caminaba lento y el rostro delataba una amargura cioraniana. Luego de oírlo, no lo quise volver a ver. Fue tan pesado y agrio su discurso que terminé confuso, nublado... Le pedí al primo me acompañara a casa y que, si se le ocurría, nunca me llevara otra vez a presenciar tales actos de deicidio.
5. Como en la Huntington St. hay un buen número de cafés donde es agradable sentarse a ver universitarios pasar, pensé que sería bueno ir un rato. Con el Museum of Fine Arts de fondo, cogí uno de mis libros y me sumergí en él. A mi lado había una pareja un tanto molesta, discutían y se lamentaban por algo. Me alcancé a ruborizar un poco al escuchar que su descontento se debía a lo oneroso que les resultaba la exuberante presencia de minorías en su país. Ajeno que soy a la tierra donde vivo, tomé consciencia de su molestia, empaqué mi libro y pagué el café. Al salir del sitio, improvisé una sonrisa a la pareja, les saludé y seguí de largo con el amarillo, el azul y el rojo de mi bolso juvenil.
2. Kristin fue una amiga que gané de tanto visitar una pequeña panadería a dos cuadras de mi trabajo en Boylston St. Era una gran conversadora y entretenía mis días de ocio invernal. Con ella conocí algunos teatros de Boston, allí la gente parecía conocerla. Me estaba acostumbrando a estas salidas donde cada noche conocía dramaturgos emergentes y a uno que otro actor. Una noche, quedamos de encontrarnos en el Wang Center para una adaptación de Shakespeare, Much ado about nothing. Estaba entusiasmado, el espectáculo prometía risas. Pero esta vez me quedé esperando risas viendo que Kristin no llegaba, y no llegó. Dos años más tarde recibí un correo suyo arguyendo el porqué de su ausencia aquella noche. Su padre había muerto. Ella consideró prudente irse también... y la carretera estaba abierta.
3. Vivo en el quinto piso de un edificio en Laureles, barrio conocido por su repentina sobrepoblación. En frente al mío, hay un edificio un poco más grande con una buena cantidad de balcones. Algún día, como suelo hacerlo a veces, gracias al buen tiempo, saqué mi silla, mi libro y me puse a leer afuera. Levanté un momento la mirada y vi que alguien desde el frente me sonreía. Le gusta leer, pensé, y sentirá simpatía. Seguí mis lecturas afuera no sólo ese día, sino por mucho tiempo con la sonrisa cómplice de mi acompañante. Se debe preguntar qué leo. Ya me veía yo cambiando de libros frente a ella, pretendiendo leer qué cosas sólo porque me observaban. Uno de tantos días, mientras cambiaba las páginas de un Proust, vi que alguien se le acercó, la agarró de los brazos y la condujo con fuerza hacia adentro… Desde entonces no he vuelto a leer afuera. El clima está muy raro y quién sabe de qué se pueda enfermar uno ...
4. Conozco por casualidad, o porque así lo quise, a un señor en plena vejez que hablaba de dioses y lo encontré en el Parque Bolívar. Yo pasaba con el primo y escuchamos una discusión que sostenían algunos jubilados. Terminada la charla lo abordamos y pudimos hablar con él. Caminaba lento y el rostro delataba una amargura cioraniana. Luego de oírlo, no lo quise volver a ver. Fue tan pesado y agrio su discurso que terminé confuso, nublado... Le pedí al primo me acompañara a casa y que, si se le ocurría, nunca me llevara otra vez a presenciar tales actos de deicidio.
5. Como en la Huntington St. hay un buen número de cafés donde es agradable sentarse a ver universitarios pasar, pensé que sería bueno ir un rato. Con el Museum of Fine Arts de fondo, cogí uno de mis libros y me sumergí en él. A mi lado había una pareja un tanto molesta, discutían y se lamentaban por algo. Me alcancé a ruborizar un poco al escuchar que su descontento se debía a lo oneroso que les resultaba la exuberante presencia de minorías en su país. Ajeno que soy a la tierra donde vivo, tomé consciencia de su molestia, empaqué mi libro y pagué el café. Al salir del sitio, improvisé una sonrisa a la pareja, les saludé y seguí de largo con el amarillo, el azul y el rojo de mi bolso juvenil.
martes, 20 de octubre de 2009
Mosaico de lamentos renovables
1. A lo que se ve uno reducido... Tengo tantas ganas de verle la cara a alguien, tocarle el codo, burlarme de ellos, pero no hay nadie. A lo que nos vemos reducidos. Al recuerdo, al ruido... Por eso disfruto de los espacios en común, es lo único que lamento de haber dejado la religión a un lado. Me sentía tan bien rodeado de tanto fiel e infiel, de tanto crédulo a la moda. Es el problema de la soledad ociosa. Deben ser los apartamentos a la moderna, como se quejaba Soares.
2. Por qué está mal la humanidad, preguntémonos, asumiendo que esté mal. Es más fácil decir esto que echarse la culpa de todo. Uno solo con el dolor del mundo, eso es tarea de dioses, ni Atlas pudo: esas representaciones son sólo propaganda de la historia, hurras de ánimo para los perdedores. Y no es que esté mal la humanidad, es uno, siempre lo es así. La ciudad, los interiores amoblados, las universidades vacías. Siempre hay un problema. Lo buscas, lo necesitas. Porque de algunas forma adentro algo no anda bien. Porque de alguna forma no puedes estar bien. Te piden que te descompongas, que estés descolorido, cansado... A mí me toca admitirlo: no pude entender nada de esto.
3. ¿Qué les pasa a estos libros aquí? ¿Cuántas veces lo voy a tener que decir? Lo repito, pero aunque lo diga y me canse de hacerlo, parecen no captarlo ¿Qué necesitan mis libros para que me hablen una vez que cruzo la puerta? Un megáfono, una lupa, una botella entera de licor. Primero Céline, luego Cortázar, Kundera. Hablan y hablan en las paredes de ladrillos del centro. Hay que taparles la boca y hasta quieren cogerle la mano a mis queridas. Claro, tienen las motos y la gente murmurando a los lados. Bullen. Una vez escuchan el click de las llaves saliendo del bolsillo, quién los ve desfallecer sin aliento, quietos como moscas jugando al muerto ante la posibilidad de comida. No les interesa oír de lluvia, cansancio, calor. Con tal de ponerlos en mesitas metálicas donde se escuchen las músicas de afuera, con eso basta. Puedes aventurarte por la ciudad vieja —el Astor tiene muy buen café—, por los centros comerciales o vuelve a la Universidad. ¿Para qué volver a casa?, insinúan. Mirá que no hay imágenes donde entretenerte y siempre te están cerrando la puerta en la cara, mirá, es verdad. Y te envenenan. Tres páginas y empiezas a olvidar tu dirección, el número de ruta... Tienen razón los libros: primero fueron ellos que yo...
4. Dios, ¿por qué nos abandonas? Si nos quieres entre los elegidos, en Tu salvación, por lo menos danos alicientes para no morir de tedio en la promesa de Tu reino acaudalado. Envíanos ángeles de arequipe, emisarios de Tu santa sangre roja, Tu sangre que no ha de quedarnos mal nunca. Danos un poco más de vida en esta vida. Y unos cinco mandamientos menos. Te pido... unos cuantos vinos más... o si no, señálame el camino correcto a una tienda abierta a estas avanzadas horas de la noche.
5. Todos tienen algo serio que decir. Tienen corbatas para cruzar la calle. Son solemnes hasta en la cuchara de la sopa. En esto también parezco haberme perdido. Mis intereses van cotracorriente al flujo de las ideas relevantes, lo que verdaderamente importa, les oigo decir. Este yo tan minúsculo y tan poco usado no se eleva medio centímetro del suelo. El único consuelo que esperaba tener —lo presentí al abrir por primera vez los libros— era la subliminalidad de mis posibles textos, la magia inefable de mis dedos, mi literatura. ¿Qué más consuelo que un verso memorable, un poema de carne y música? Pero como el cuadro de mi vida debía ser completo, nunca dije nada memorable y la carne y la música siempre me fueron esquivas. Así, no pude ser serio porque mi carácter hablaba otras lenguas, y la posibilidad de reivindicarme ante mí —que se lee: ante los demás—, olvidé recogerla en una silla del bus, o por ventura, ese día no fui a clase. Entonces: que esto es un ridículo, que esto es un lamento, que esto es un divertimento de tontos incapaces de nada mejor, eso... eso ya lo sé...
Vivir en silencio y por el silencio.
2. Por qué está mal la humanidad, preguntémonos, asumiendo que esté mal. Es más fácil decir esto que echarse la culpa de todo. Uno solo con el dolor del mundo, eso es tarea de dioses, ni Atlas pudo: esas representaciones son sólo propaganda de la historia, hurras de ánimo para los perdedores. Y no es que esté mal la humanidad, es uno, siempre lo es así. La ciudad, los interiores amoblados, las universidades vacías. Siempre hay un problema. Lo buscas, lo necesitas. Porque de algunas forma adentro algo no anda bien. Porque de alguna forma no puedes estar bien. Te piden que te descompongas, que estés descolorido, cansado... A mí me toca admitirlo: no pude entender nada de esto.
3. ¿Qué les pasa a estos libros aquí? ¿Cuántas veces lo voy a tener que decir? Lo repito, pero aunque lo diga y me canse de hacerlo, parecen no captarlo ¿Qué necesitan mis libros para que me hablen una vez que cruzo la puerta? Un megáfono, una lupa, una botella entera de licor. Primero Céline, luego Cortázar, Kundera. Hablan y hablan en las paredes de ladrillos del centro. Hay que taparles la boca y hasta quieren cogerle la mano a mis queridas. Claro, tienen las motos y la gente murmurando a los lados. Bullen. Una vez escuchan el click de las llaves saliendo del bolsillo, quién los ve desfallecer sin aliento, quietos como moscas jugando al muerto ante la posibilidad de comida. No les interesa oír de lluvia, cansancio, calor. Con tal de ponerlos en mesitas metálicas donde se escuchen las músicas de afuera, con eso basta. Puedes aventurarte por la ciudad vieja —el Astor tiene muy buen café—, por los centros comerciales o vuelve a la Universidad. ¿Para qué volver a casa?, insinúan. Mirá que no hay imágenes donde entretenerte y siempre te están cerrando la puerta en la cara, mirá, es verdad. Y te envenenan. Tres páginas y empiezas a olvidar tu dirección, el número de ruta... Tienen razón los libros: primero fueron ellos que yo...
4. Dios, ¿por qué nos abandonas? Si nos quieres entre los elegidos, en Tu salvación, por lo menos danos alicientes para no morir de tedio en la promesa de Tu reino acaudalado. Envíanos ángeles de arequipe, emisarios de Tu santa sangre roja, Tu sangre que no ha de quedarnos mal nunca. Danos un poco más de vida en esta vida. Y unos cinco mandamientos menos. Te pido... unos cuantos vinos más... o si no, señálame el camino correcto a una tienda abierta a estas avanzadas horas de la noche.
5. Todos tienen algo serio que decir. Tienen corbatas para cruzar la calle. Son solemnes hasta en la cuchara de la sopa. En esto también parezco haberme perdido. Mis intereses van cotracorriente al flujo de las ideas relevantes, lo que verdaderamente importa, les oigo decir. Este yo tan minúsculo y tan poco usado no se eleva medio centímetro del suelo. El único consuelo que esperaba tener —lo presentí al abrir por primera vez los libros— era la subliminalidad de mis posibles textos, la magia inefable de mis dedos, mi literatura. ¿Qué más consuelo que un verso memorable, un poema de carne y música? Pero como el cuadro de mi vida debía ser completo, nunca dije nada memorable y la carne y la música siempre me fueron esquivas. Así, no pude ser serio porque mi carácter hablaba otras lenguas, y la posibilidad de reivindicarme ante mí —que se lee: ante los demás—, olvidé recogerla en una silla del bus, o por ventura, ese día no fui a clase. Entonces: que esto es un ridículo, que esto es un lamento, que esto es un divertimento de tontos incapaces de nada mejor, eso... eso ya lo sé...
viernes, 9 de octubre de 2009

Costumbres de un desesperadoBusca rasgos familiares en los extraños que pasan a su lado, esperando, tal vez, poder conversar un rato, compartir apreciaciones generales.
Entretengámonos con textos descriptivos. No pudo el café, la música, los libros, el cine… Estoy enfermo y las narices indispuestas no nos dejan pensar. Pero sí podemos mirar, recordar un poco. La mesa está a un costado del bulevar —nada que recuerde escenarios de Balzac—, unos cuantos textos lingüísticos para convencerse de algo, y este lápiz escéptico que quiere pero no. Si es viernes por la tarde y el viento vuelve fresca esta ciudad canicular, ¿por qué siguen todos ellos aquí, en una universidad cansada de no lograr ser del todo su nombre? Un lápiz tibio debe molestar tanto como una mujer indecisa, o al contrario. Las gentes pasan de derecha a izquierda… cada uno a su destino, para cada uno su salida. Si van a la derecha, les espera la setenta con sus ruidos, sus bares paridos de la misma idea, la pereza que es de todos después de retirar las llaves y cerrar la puerta. Pero hoy es viernes. En otras avenidas hay gente, hay alegría, hay alcohol y mil excusas para inundar los cuerpos, es viernes. Así son las ciudades tórridas —manteniendo que esta palabra guarde relación con trópico, tropel, torpor. Más nos vale salir por la puerta principal. ¿Y los que no tienen con quien salir hoy y esperan encontrar un sitio donde sentarse a leer libros que digan que está bien estar a solas, que todos lo estamos? Los que buscan un lugar de taciturno bohemio anacrónico, ojalá tengan los cajones llenos de vino: a embriagarse a domicilio. A menos de que sea discípulo de Baudelaire y sepa cómo poblar su soledad para poder ser él entre la multitud de los parques. Sólo describo, y ahora lo poco de café que había en el cartoncito rojo está en toda la mesa. Pero esto no habría de molestar a nadie más que a mí, y hace falta mucha más dedicación para sacudir un poco la senilidad de mi habitual indiferencia. Ya la mayoría empieza a pararse de sus sillas, caminan con sus fardos electrónicos hacia la entrada principal. Recuerdo una imagen de Munch, nunca supe su nombre. Es hora de parecerme a esos sujetos que tanto quiero y volver a casa, adiós. Me voy antes de ofender a los demás con esta quietud aparentemente tan sana.
lunes, 31 de agosto de 2009
Algo sobre las noches, el vino, lo que esto enreda...

No me podía ir a la cama sin decir nada. La verdad es que sí puedo y estas cosas las hago para ennoblecerme un poco. Decir algo… La ves salir por esa puerta dejando un mundo de posibilidades al veneno de esta imaginación biliosa. A dañarse por dentro… Es lo que quería. Por respetar las decisiones de los demás, ahora montamos sonrisas prefabricadas para no molestar a nadie. Yo respeto la sinceridad que me dio en un billete. Es eso lo que me molesta, volver a lo mismo: y yo pregonando la honorabilidad del dolor… Pero no cuando estás con él encima, sin poder hacer nada, temblado de frío o de rabia, o por el alcohol. Otra vez esta inclinación natural a la tristeza.
Hay que perseguir los buenos olores. Yo no soy nadie para decirlo así, sin guantes, —como Julio—, pero tampoco lo puedo evitar. Es mi vergüenza ser proclive a esta hipersensibilidad, a los tentáculos ineptos de ese aliento. Que sea esto, ¡otra vez!, una excusa para inundar esta soledad sin color de letras, de cansancio y de efluvios de alcohol, por todos lados. No quiero ver nada, ni oír, ni saberla en ningún lado haciendo lo que tiene que hacer, no me da la gana. No busco quien me dé cátedra del llanto. Dicen que eso es estar vivo. Pero quién quiere ese discurrir de sangre empantanada. ¿Quién? ¿Para qué? ¿Quién es el trágico infinito, el infinito güevón? Si no cambiás y mirás que la vida está siempre afuera y no vas a buscarla, se te va a morir el alma en estos papeles, todo un deleite para los demás.
No vas a sacar ni el más mínimo deleite de haber estado vivo. Respetar a los otros, sus decisiones y ojalá su mueca sea siempre una sonrisa, qué va… ¿Quién te va a respetar a vos? No le importás a nadie aunque muestren interés por lo que escribiste en esa servilleta. Todos mantienen los ojos puestos en su propio pulso, no más. Y tienen razón en ser así porque anoche ese violín sonó sólo para mí, y que se acabe esto, no me quitan el violín a las cuatro de la mañana ni ella, ni este amor gris, ni nada. Una puta noche es todo lo que tengo para defenderme, ni siquiera la hora de estudio o el gol de Eto’o esta mañana. Todo eso se puede corromper llevándome invariablemente al recuerdo. Pero la noche pasada, un poquito sucia y fría y heterodoxa, pero personal y humana, muy humana. Yo me quedo con eso, los demás que conserven su sinceridad de guillotina. Les doy todo eso, incluso a la mujer que j’hais autant que je l’aime. Me queda el violín hasta que lo olvide, ya que tenerla cerca lo predispone la suerte de un mejor aroma.
Me podría ir a la cama... A debatirme en una tensión amarga sobre las posibilidad: carnes trémulas... Eso siempre y cuando lo quiera. Mas, si he de recordar para poblar este lujo de desierto, por qué no acercar la lucidez de humo de anoche. Entre tanta sordidez, esa hermandad suave, espontánea, ebria hasta los cordones. Cómo no querer que sean éstos los que me llenen la cabeza de ruidos. Las guitarras con sueño, las exposiciones trasnochadas de todo tipo de problemas, el cariño hacia los que ni sospechas. Lo de anoche, eso está muy cerca de parecerse a la vida. Cuántos niños afuera, niños austeros con identidad en la billetera, tomándose el Leteo a sorbos. Cómo no rendirse a la seducción y dejar de mirar tanto para atrás. Esas hacen valederas noches como ésta, le da color a este hastío sin aderezos, sin sensualidad alguna, una obra maestra de la estupidez. Si no fuera porque en cualquier momento me ven sentado ahí otra vez, para qué seguir empecinado en esta fricción contra todas las paredes del mundo…
Hay que perseguir los buenos olores. Yo no soy nadie para decirlo así, sin guantes, —como Julio—, pero tampoco lo puedo evitar. Es mi vergüenza ser proclive a esta hipersensibilidad, a los tentáculos ineptos de ese aliento. Que sea esto, ¡otra vez!, una excusa para inundar esta soledad sin color de letras, de cansancio y de efluvios de alcohol, por todos lados. No quiero ver nada, ni oír, ni saberla en ningún lado haciendo lo que tiene que hacer, no me da la gana. No busco quien me dé cátedra del llanto. Dicen que eso es estar vivo. Pero quién quiere ese discurrir de sangre empantanada. ¿Quién? ¿Para qué? ¿Quién es el trágico infinito, el infinito güevón? Si no cambiás y mirás que la vida está siempre afuera y no vas a buscarla, se te va a morir el alma en estos papeles, todo un deleite para los demás.
No vas a sacar ni el más mínimo deleite de haber estado vivo. Respetar a los otros, sus decisiones y ojalá su mueca sea siempre una sonrisa, qué va… ¿Quién te va a respetar a vos? No le importás a nadie aunque muestren interés por lo que escribiste en esa servilleta. Todos mantienen los ojos puestos en su propio pulso, no más. Y tienen razón en ser así porque anoche ese violín sonó sólo para mí, y que se acabe esto, no me quitan el violín a las cuatro de la mañana ni ella, ni este amor gris, ni nada. Una puta noche es todo lo que tengo para defenderme, ni siquiera la hora de estudio o el gol de Eto’o esta mañana. Todo eso se puede corromper llevándome invariablemente al recuerdo. Pero la noche pasada, un poquito sucia y fría y heterodoxa, pero personal y humana, muy humana. Yo me quedo con eso, los demás que conserven su sinceridad de guillotina. Les doy todo eso, incluso a la mujer que j’hais autant que je l’aime. Me queda el violín hasta que lo olvide, ya que tenerla cerca lo predispone la suerte de un mejor aroma.
Me podría ir a la cama... A debatirme en una tensión amarga sobre las posibilidad: carnes trémulas... Eso siempre y cuando lo quiera. Mas, si he de recordar para poblar este lujo de desierto, por qué no acercar la lucidez de humo de anoche. Entre tanta sordidez, esa hermandad suave, espontánea, ebria hasta los cordones. Cómo no querer que sean éstos los que me llenen la cabeza de ruidos. Las guitarras con sueño, las exposiciones trasnochadas de todo tipo de problemas, el cariño hacia los que ni sospechas. Lo de anoche, eso está muy cerca de parecerse a la vida. Cuántos niños afuera, niños austeros con identidad en la billetera, tomándose el Leteo a sorbos. Cómo no rendirse a la seducción y dejar de mirar tanto para atrás. Esas hacen valederas noches como ésta, le da color a este hastío sin aderezos, sin sensualidad alguna, una obra maestra de la estupidez. Si no fuera porque en cualquier momento me ven sentado ahí otra vez, para qué seguir empecinado en esta fricción contra todas las paredes del mundo…
Agosto 29, 2009
Santa Rosa de Osos
Santa Rosa de Osos
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