El punto es que comenten; ustedes saben, queridos: es necesario...
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viernes, 13 de noviembre de 2009

De microficciones casi urbanas...

1. Hay un hombre que sólo existe en las escalas de mi edificio. No sé nada de él, escasamente veo su carro junto al mío y nada más. Cuando voy de afán para la universidad, o cuando llego con el estómago apretándome el paso, veo lo plano y sencillo que es. Pero como digo, sólo existe en las escalas de mi edificio —que adivino vive en él también. Sino fuera por eso, el vehículo que siempre veo al lado del mío igual podría ser de alguien más, alguien con quien me cruzase en las escaleras...

2. Voy a Mango’s, club de pasiones, y empiezo a ver a los dormidos más despiertos. Bailan y cantan con ganas… pero duermen. Lo curioso no es esto. Lo particular es que si tú llegas despierto pero no con tantas ganas de festejar, para ellos estás dormido e intentarán dormirte para que despiertes. Y si les parece necesario, van hasta tu casa para asegurarse de que duermas con los ojos bien abiertos.

3. Bebo lentamente mi café y veo el mundo pasar. La señora que vende dulces se me acerca con cordialidad. El chico encargado de mi mesa suele arrimarse a preguntarme si todo marcha bien. Lo despido con un gesto afirmativo. Llega un mendigo muy bien vestido a mi mesa y pregunta si le podría ayudar con algo. Todo esto mientras dure mi café. Una vez el posillo está vacío, aquel educado mendigo se vuelve tosco y vulgar, la señora me inoportuna con su perturbadora insistencia y el chico, el cual me toca llamar porque no encuentro por ningún lado, trae otro café a mi mesa, ¡conque presteza y elegancia!, pienso al tomar el primer sorbo.

4. Lo he visto en la portería sacar su cabeza por la ventana cada vez que visito a mi mujer. No lo conozco, mas el sí me conoce a mí: sabe mi nombre. Quise indagar sobre él, pero yo mismo me detuve: de nada me vale saber sus fracasos y fortunas si cada vez que me aborda es para detenerme…

5. Un día se me perdieron las gafas. Las busqué por todos los lugares donde recordé haber estado: farmacias, cafés, iglesias. Me remordía el hecho de estar tras algo que no creía necesario, a fin de cuentas, no las necesito para leer. Las busqué todo el día hasta que, antes de acostarme, agotado de tanto buscarlas, me las quité para que en el sueño no se fueran a dañar.

Personajes II


Saber estar solo por toda tu vida es una afrenta al mundo que, tarde o temprano, te lo hará pagar. No necesitaste anillos para vivir tranquilo hasta las canas. No adoptaste la ambición como modo para figurar en los registros oficiales. Le tomaste travesía a la imagen modelo. Y aprendiste a vivir. A tu modo. Pero no creas que no se dieron cuenta. El tiempo fue haciendo a los demás serios, definitivos. Unos que mueren, otros con hogar y domicilio. Domesticados. Pasan callados y te observan. Te envidian y te sienten lástima. Todos. Biliosos.

Escogiste ser otra cosa y recibes a la gente detrás de la barra. Los amigos que quedan te visitan a las seis y toman cerveza al clima. Pero te observan. Al llegar, la mirada fría, escrutadora. El resto es alcohol. Descifran tu vida mientras sirves los tragos. ¿Por qué solo? ¿Hasta cuándo? ¿Cómo resiste? ¿De qué se agarra?, y somos amigos mientras te doy la mano. Ay, pero no te perdonarán nunca el no haber sido como ellos. Que no hayas conocido el amor de folios y agua bendita, que no hayas abandonado el pacto de las copas, que hayas seguido siendo el mismo. No te lo perdonan y tú lo sabes en la soledad de las cinco de la tarde cuando sólo habla el papel periódico. A esas horas el mundo te cobra tu independencia de hombre no domesticado.

Por eso la cantina. Si no fuera esto, toda la vida sería las cinco de la tarde, cómo… Hay que tener gente cerca para tropezarse. La música, el aguardiente, el discurso de los desconsolados. Gracias a Dios por este santuario de borracheras. Es tu forma del ritmo seguro. Si hay puesto en las mesas, ya te aseguraste la visita y que corra el reloj, estoy acompañado. No se da uno tanta cuenta. La gente en el lugar te habla, te invita. Obvias el hecho de que afuera te saluda una fotografía familiar camino a casa.

A la una y treinta te vuelven a recordar que no hay nadie calentándote la cama. ¿Por qué no estirar el jergón dentro de la barra? La cuchilla de afeitar no la verán encima del enfriador… Cuántos aguardientes más harán falta… para no saber nada… Viste cómo te saludaban y te observaban al pasar… Mira cómo te cobran la insolencia. A lo mejor siguen pasando para ver si sigues vivo. Y esa mueca en la cara no es que los estén apretando para que se apresure, no… es la decepción que les causa ver que no te has matado todavía…

miércoles, 17 de junio de 2009

Personajes I


El problema del hombre es que tiene que comer. Esto lo saca del juego y el ocio, su naturaleza. Hay que producir. No hay trabajo en ningún lado. No sé hacer muchas cosas. El hombre busca qué hacer. Se para en una esquina con un tarro lleno de agua y jabón. A lanzar burbujitas al aire. Tocará antojar a los niños que son los únicos que todavía dicen lo que quieren. Si se muestra, se puede vender. A lo mejor una señora discreta se acercará sin hacer mucho ruido para llevarle algo a su hijo que no ve hace varios días. Con esto se contentará, tengo tantas cosas que hacer. No debe ganar mucho. Toda la mañana en el mismo sitio. Las burbujas salen del tubo al soplar. Fuera del mundo, absorto, en otro lugar lejos de los taxis que esperan impacientes la luz verde. Sopla casi sin soplar, sólo por mirar las burbujas irse, estallarse en el aire. Algunas mueren antes de dejar su boca. Hay que comer, y los hijos esperan. No tengo más que agua y jabón. Por lo menos estoy limpio. El único consuelo entre la bulla, la indolencia plácida de todos, parece ser las burbujitas que se alejan. Lo único que resta es jugar.