El punto es que comenten; ustedes saben, queridos: es necesario...
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miércoles, 24 de noviembre de 2010

Son incapaces de diferenciar la naturaleza de un argumento del brillo de una preferencia colectiva...

Abrió la boca para decir algo. Todos se le habían ido encima. Porque dijo que el título de un texto cualquiera en el mar ancho de los textos podía ser mejor. Hasta lo tacharon de traicionero de la lengua, incompetente que no ha pensado nada y ellos, vividos, comunes, ya lo sabían todo. "Mero show", pensaba sentado en el auditorio a la hora del almuerzo. Había ido con Sombreros, compañera de Hermenéutica, y no conocía a nadie. Al frente alguien había leído un texto casi hermoso y a Tano el título no le había parecido. La historia de un hombre perdido en la Guajira que buscaba una mujer para casarse ―así tocara pagarla―, tenía que ser El comprador de mujeres, a secas, y digo que es descaro. Yo he conocido horas oscuras a causa de las mujeres. Yo casi conozco a Albeiro, personaje indigno de su nombre, y llamarlo comprador de mujeres es eso, un descaro.

En el salón no había veinte personas, todos se reconocían y su interlocutor hablaba con cada uno de ellos en íntima segunda persona. Su fuerte eran los chistes. Por fuerte, mediocre. Tano había levantado la mano y conseguido la voz del foro. Preguntó al del frente y al autor del texto invitado si, por casualidad, no se les ocurrió a ellos, como a él, que una entidad biográfica como Albeiro, bajo el título propuesto, tendría que pasar por proxeneta o chulo, ¡sí!, así se riera el señor plateado de la derecha que hablaba bien e iteraba. O el motivo de la tremenda acción que había llevado a Albero a la Guajira merecía un trato tan falto de la pietá neorrealista. Explicó, adepto a la lógica del uno más uno es dos, que la semántica, fuente de información para los indecisos y los inspirados, dice: a los hombres de hoy el semantema comprar junto a mujer les connota tráfico sexual. Elías, el multinterlocutor, sonó una voz confiada que ya todos conocían:

―Evidentemente estás forzando los términos ―dijo, y confirmó mirando a los demás, como diciendo que el tema se había acabado, riéndose sin chiste. Tano no pidió permiso esta vez y, como había aprendido, interrumpió admitiendo primero, luego atacando.

―Un personaje como Albero... sí, suena mucho mejor así: Albero es el encuentro afortunado de circunstancias que lo hacen esencialmente riquísimo. El título sugiere que lo importante es que compra mujeres y, como lo han dicho otros, no es mujeres lo que compra, es una sola, una ―por supuesto que Tano sabía que eliminando el plural, el título se derrumbaría: El comprador de una mujer, eso no vende ni agua en Atacama. Al ver como los interlocutores ya no defendían una idea, en el sentido sistemático de los conceptos, sino una preferencia, Tano pensó que no era necesario molestar a nadie que gastara su mediodía comentando literatura… Ellos nunca han defendido la razón, válgales Dios. Les basta la poesía.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Graicas...


Alguien una vez me regaló un libro y con él su voz. Cada vez que lo abría, fuera en un parque, fuera en un baño, me seguía contando historias de judíos errantes, de putas desgarbadas y de amoríos animales. Algunas veces, cuando no estaba solo, me tocaba entreabrirlo despacio para evitar que esa voz parsimoniosa perturbara a los demás. Muchos empezaron a notar que esas palabras ya se me había instalado y les molestó. Desde entonces, sólo mis soledades han conocido el libro.

sábado, 31 de octubre de 2009

Microficciones casi urbanas, más...

1. En el edificio donde vivo tienen como regla, para el manejo de basuras, dejar las botellas de vidrio en las escalas, afuera de la puerta; desde arriba no se pueden tirar. Todos lo aceptamos porque es conveniente y quien las recoge hace bien su trabajo. Un día el vecino de abajo decidió no hacerlo y llevó él mismo las botellas. Pero no fue cosa de un solo día. Lo tomó de costumbre hasta que un accidente sufrido en el trabajo se lo impidió. Todos lamentamos mucho su pierna rota cuando bajábamos nuestras propias botellas. Parecía enojado. Las suyas ya se acumulan afuera de la puerta.

2. Kristin fue una amiga que gané de tanto visitar una pequeña panadería a dos cuadras de mi trabajo en Boylston St. Era una gran conversadora y entretenía mis días de ocio invernal. Con ella conocí algunos teatros de Boston, allí la gente parecía conocerla. Me estaba acostumbrando a estas salidas donde cada noche conocía dramaturgos emergentes y a uno que otro actor. Una noche, quedamos de encontrarnos en el Wang Center para una adaptación de Shakespeare, Much ado about nothing. Estaba entusiasmado, el espectáculo prometía risas. Pero esta vez me quedé esperando risas viendo que Kristin no llegaba, y no llegó. Dos años más tarde recibí un correo suyo arguyendo el porqué de su ausencia aquella noche. Su padre había muerto. Ella consideró prudente irse también... y la carretera estaba abierta.

3. Vivo en el quinto piso de un edificio en Laureles, barrio conocido por su repentina sobrepoblación. En frente al mío, hay un edificio un poco más grande con una buena cantidad de balcones. Algún día, como suelo hacerlo a veces, gracias al buen tiempo, saqué mi silla, mi libro y me puse a leer afuera. Levanté un momento la mirada y vi que alguien desde el frente me sonreía. Le gusta leer, pensé, y sentirá simpatía. Seguí mis lecturas afuera no sólo ese día, sino por mucho tiempo con la sonrisa cómplice de mi acompañante. Se debe preguntar qué leo. Ya me veía yo cambiando de libros frente a ella, pretendiendo leer qué cosas sólo porque me observaban. Uno de tantos días, mientras cambiaba las páginas de un Proust, vi que alguien se le acercó, la agarró de los brazos y la condujo con fuerza hacia adentro… Desde entonces no he vuelto a leer afuera. El clima está muy raro y quién sabe de qué se pueda enfermar uno ...

4. Conozco por casualidad, o porque así lo quise, a un señor en plena vejez que hablaba de dioses y lo encontré en el Parque Bolívar. Yo pasaba con el primo y escuchamos una discusión que sostenían algunos jubilados. Terminada la charla lo abordamos y pudimos hablar con él. Caminaba lento y el rostro delataba una amargura cioraniana. Luego de oírlo, no lo quise volver a ver. Fue tan pesado y agrio su discurso que terminé confuso, nublado... Le pedí al primo me acompañara a casa y que, si se le ocurría, nunca me llevara otra vez a presenciar tales actos de deicidio.

5. Como en la Huntington St. hay un buen número de cafés donde es agradable sentarse a ver universitarios pasar, pensé que sería bueno ir un rato. Con el Museum of Fine Arts de fondo, cogí uno de mis libros y me sumergí en él. A mi lado había una pareja un tanto molesta, discutían y se lamentaban por algo. Me alcancé a ruborizar un poco al escuchar que su descontento se debía a lo oneroso que les resultaba la exuberante presencia de minorías en su país. Ajeno que soy a la tierra donde vivo, tomé consciencia de su molestia, empaqué mi libro y pagué el café. Al salir del sitio, improvisé una sonrisa a la pareja, les saludé y seguí de largo con el amarillo, el azul y el rojo de mi bolso juvenil.

viernes, 9 de octubre de 2009





Costumbres de un desesperado

Busca rasgos familiares en los extraños que pasan a su lado, esperando, tal vez, poder conversar un rato, compartir apreciaciones generales.


Entretengámonos con textos descriptivos. No pudo el café, la música, los libros, el cine… Estoy enfermo y las narices indispuestas no nos dejan pensar. Pero sí podemos mirar, recordar un poco. La mesa está a un costado del bulevar —nada que recuerde escenarios de Balzac—, unos cuantos textos lingüísticos para convencerse de algo, y este lápiz escéptico que quiere pero no. Si es viernes por la tarde y el viento vuelve fresca esta ciudad canicular, ¿por qué siguen todos ellos aquí, en una universidad cansada de no lograr ser del todo su nombre? Un lápiz tibio debe molestar tanto como una mujer indecisa, o al contrario. Las gentes pasan de derecha a izquierda… cada uno a su destino, para cada uno su salida. Si van a la derecha, les espera la setenta con sus ruidos, sus bares paridos de la misma idea, la pereza que es de todos después de retirar las llaves y cerrar la puerta. Pero hoy es viernes. En otras avenidas hay gente, hay alegría, hay alcohol y mil excusas para inundar los cuerpos, es viernes. Así son las ciudades tórridas —manteniendo que esta palabra guarde relación con trópico, tropel, torpor. Más nos vale salir por la puerta principal. ¿Y los que no tienen con quien salir hoy y esperan encontrar un sitio donde sentarse a leer libros que digan que está bien estar a solas, que todos lo estamos? Los que buscan un lugar de taciturno bohemio anacrónico, ojalá tengan los cajones llenos de vino: a embriagarse a domicilio. A menos de que sea discípulo de Baudelaire y sepa cómo poblar su soledad para poder ser él entre la multitud de los parques. Sólo describo, y ahora lo poco de café que había en el cartoncito rojo está en toda la mesa. Pero esto no habría de molestar a nadie más que a mí, y hace falta mucha más dedicación para sacudir un poco la senilidad de mi habitual indiferencia. Ya la mayoría empieza a pararse de sus sillas, caminan con sus fardos electrónicos hacia la entrada principal. Recuerdo una imagen de Munch, nunca supe su nombre. Es hora de parecerme a esos sujetos que tanto quiero y volver a casa, adiós. Me voy antes de ofender a los demás con esta quietud aparentemente tan sana.

domingo, 15 de febrero de 2009

Mirá esa hormiguita...


Irme del pueblo a leer y vivir solo. Es muy fácil decir estas cosas, y más cuando todavía no se paga por hablar. Vivir solo, leyendo Benedetti a tragos, tranquilo, con un poco de café, cine, vino y otro poquito más de Mario. Iluminar los recuerdos de ceniza con discos todavía vivos, solo, borracho, a veces alegre, a veces humano, y así. Salir a caminar entre la gente que no sospecha tu vida, y saludar los árboles y los pájaros y sentir ansias de volver a casa porque los árboles y los pájaros son presencias abrumadoras. Llegar a la silla con ganas de estar en ella, con unas ganas sinceras, buscándola... Estar solo para poder ejercer el derecho al recuerdo. Y cuando alguien se acerque en uno de esos paseos ocasionales y quiera compartir contigo al menos un guiño, que esa persona sepa de antemano que cada café tiene que ser un café tomado con sinceridad de árbol y cada canción se beba con alegría de pájaro y si en algún momento ya no lo soporta más —que es lo más normal, usual y humano que existe—, la renuncia también es un modo. Irse del pueblo a leer y sentarse en todos los bancos que encuentre, y abrazar todos los talles que alcance y las sonrisas y los gestos. Y tener conciencia de que no es el hecho de vivir solos lo que nos hará genuinos; si no, mirá esa hormiguita.