El punto es que comenten; ustedes saben, queridos: es necesario...
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viernes, 13 de mayo de 2011

Dibujando: Lola Guterre

Una noche, cuando Malvá Daluz, vine a la casa: estaba más vacía que cuando no había nadie. Como si yo estorbara adentro. Me tiré a la cama. Dormir, porque a qué o sobre qué meditar cuando, antes de…, uno sabe que el saldo está en contra. Me acuerdo mucho, pensando en esa noche, de los gringos y su color azul. No había voces de consuelo en el aire, como si esa noche las ánimas me hubieran desertado. Ah noches que, como ésta, siéntese el espíritu más alejado de todos que cuando no está. Uno está tirao. Y la dueña de los cuerpos del cuerpo de esta tarde duerme a menos de cien metros de mi cama. Se llama Lola Guterre. En Medellín se sube a otros buses y en la Beatífica prende siempre el fogón equivocado. Luego siente remordimiento, me dijo, que con la plantilla de instrucciones al frente y todo, ni así soy capaz, psst… El olvido. Un embolatado, perdido.Pistiandad: condición de ser pistiano, de Spistá, despistado…

Sobre Lola Guterre, prima de Maira Guterre, mujer de Sancho Panza, pudo decir don Quijote en uno de los volúmenes apócrifos, no reconocidos por la RAE, enamorado della perdidamente al regresar de…, derrotado.Tal parece que al llegar a tierras manchegas, a la casa de Sancho, visitábales la prima de su esposa quien a los ojos de don Quijote se le representaba como la misma imagen que había inventado de Dulcinea del Toboso, tan distante de la verdadera y simple campesina Aldonza Lorenzo. Don Quijote no descendió de Rocinante cuando ya decía:

―Dulcinea ―sosteniendo la mano de la Guterre―, cautivo me han dejado las vuestras manos, sendos brazos, dedos, y demás partes del cuerpo, mujer blanquísima, como una legua de nubes, de muselina blanca, de confites de menta; ninfa del norde frío, fábula de las gente, Dulcinea ―y permaneció arrodillado en silencio.

Todo esto, viéndolo Sancho, inquietóle mucho pero, al ver que la prima de su mujer no se curaba de la locura del hidalgo sino que parecían entretenerla los disparates de don Quijote, no hizo nada. Callaba y quedábase la Guterre, con la mano en su mano, ya varias veces besada, atenta a sus palabras.

―Locura es no entender ―dijo don Quijote― el resto al uno, el uno a todos, todo como todos, tal cual son, nunca… Qué loco quien conozca la belleza: es inocente, cree en el primer jardín.

lunes, 14 de septiembre de 2009


Aunque peque por necio. Por naïve. Pero si siempre que quisiéramos decir algo tuviéramos que disculparnos, pasaría la vida y la saliva la gastaríamos antes de haberlo dicho. Quiero decir cualquier cosa de Bacon, sin tener nada que decir. Me causó alguna impresión, algo; se movió por dentro con sus tijeritas de bolsillo. Y será que no fue tanto el golpe como para darme palabras con que contarlo. Pero sí, los gritos de Bacon hoy fueron un aliciente para ponerme a pensar un rato. Lo digo por presionar algunas letras, pero ahora sí es cierto. Lo que pasa es que cada vez nos volvemos más difíciles de conmover. Nos están haciendo con materiales más fuertes. No recuerdo la última vez que me asombró un árbol. No es que haya que lamentarse, pero me gustaría que fuera diferente, porque es ahí donde uno insiste en vivir. Las canciones que te ahogan de suspiros, los olores, los colores a la hora de luz precisa… Parece que fueran tiempos viejos, cuando todos recuerdan haber sido niños. Estudio del retrato del papa Inocencio X de Velázquez a la hora de acostarse, lluvia. Aquí el más alto conocimiento, el más austero. Los ojos están tan acostumbrados a las luces, a los carros último modelo. Bacon es una estampa simpática, una imagen en el libro que me querés mostrar y yo estoy distraído. Si Blake tenía razón, y si todavía hay esperanza para los necios, podré alcanzar a ser algo de lo que está en esos cuadros, gritar con una figura que tiene por cuerpo una boca, una gran boca…

miércoles, 5 de agosto de 2009

Con Pessoa..

Quiero empeñarme en una serie de reflexiones sobre la figura de un poeta. Tras haber leído uno de sus textos, no sé qué pasó, creo que me dio la gana de empezar a formular preguntas y decir al aire lo que pensaba mientras estaba ahí. Lo digo porque sé que nadie lo leerá, si no, como dice Julio, escribiría cosas importantes. Entonces, a lo que pueda llegar pensando en la misma cosa la comparto aquí, un poco como terapia de autocomplacencia, o no...


Con Pessoa...

Es tan fácil decir tonterías… Cuando quieres ser serio y prufundo, dejando por sentando lo trascendental. Mirás cómo se ve tu figura en el vidrio del cuadro de la pared al frente, y estás solo. Querés decir cosas importantes para obviarte un poco. Tenía pensado hablar de Pessoa, de las cosas que dijo. Y no sé cómo. Estar solo te distrae, en cada movimiento ves una posible compañía, Qué diría ella… Hablo un poco sobre Álvaro de Campos: no hace mucho me acercaron a una antología recién editada de la poesía de Pessoa. Pensás que ya te has asombrado lo suficiente…

Si es poesía, terminás invariablemente callado. Sólo habla el café. Buscás la forma de decirlo —sin ni siquiera saber qué decir. No sabés… Parece que es indispensable ser el mismo que lo escribe para poder comentarlo, y no el que desde tan lejos se tiene con las manos para pensar en algo. Para poder aceptar que tampoco es silencio… Cuando te tapan la boca, cuántos gritos se oyen adentro, no dejan de bramar. Ludwing se quejaba de Dios que insistía en decirle cosas al oído; ¡no es silencio! Estoy muy lejos de la condición del poeta: mi soledad no puede ser tan sublime… los demás no pueden ser tan abyectos…

lunes, 11 de mayo de 2009

Une chanson des souris et des hommes...



Uno empieza a entender de a poquito. Desde siempre le han dicho que las novelas son producto de un tiempo, un lugar, un tipo de gente. Y uno lo sabe pero a veces lo olvida. Entonces me dicen que para la década del ‘20 al ‘30 y un poco más, Estados Unidos se debatía en tantas dificultades que hoy no creeríamos. La gran depresión untándolo todo con su mierda. Las migraciones dentro del mismo país porque la agricultura y la industria no dan pa más. Las tormentas de polvo, producto de una tierra mal tratada, por falta de caricias. Tantas cosas entre el sol infernal del sur, hobos y una política que no le interesa a nadie, creo. Justo aquí, entre unos matorrales, aparecen dos hombres por un camino de tierra. Podría ser cualquiera. Son Lennie y George. O Tom Joad y Casey.

También podríamos decir cosas sublimes buscando un adjetivo, pero la tristeza, qué tristeza, no deja mirar a otro lado. El producto de un tiempo, el hobo, hombre de bultico al hombro cruzando los caminos del sur, buscando… Son ellos dos. Esta vez no pueden arruinarlo. Hay que trabajar y durar, hay que reunir lo que la vieja pide por el pedazo de tierra para retirarse. No más cosechas ajenas. No más deambular sin rumbo. Habrá conejos para acariciar, vacas, quizá gallinas. Sí Lennie, sí podés jugar con los conejos. Y la estufa pequeña para la pieza en invierno. Nosotros no somos como ellos, que nada les importa.

Un hombre con un ratón muerto escondido en el bolsillo. Esperen, no se adelanten con hogueras y lanzas, él no quiso hacerlo. En realidad no quiso, el ratón era muy pequeño y no soportó la caricia. Hay que mimarlo y sentir sus pelos que se crispan en la mano. Tan pequeño, guardando un pedacito de ternura en el bolsillo. Al hombre le quedan muy pocas cosas hoy en día. Le arrebatan hasta la dulzura del camino con esta necesidad de encontrar algo. Olvidaron llevarse la sensualidad que es como un alivio mínimo pero posible, ratón… Y se mueren. Como si todo al alrededor también se pudriera con el hedor de las manos. Pero yo no busco sino un consuelo, los conejos que no son tan pequeños y aguantan más.

Dos hombres viajando juntos es una imagen poco común por estos lados. La mayoría llegan solos, cumplen su trabajo, reciben el pago, agotan las putas del pueblo y se van. Y gracioso, divertido. Un hombre inteligente, se nota, con éste que ni puede hablar sin atragantarse. ¿Le robará el pago? No, no puede ser eso. No parece un mal tipo…

La verdad es que sin Lennie, él podría tener un trabajo normal y gastárselo en lupanares amarillos, como todos. Y reunir lo que la vieja pide sin problema para retirarse antes. Hay que cuidarlo para que no se meta en problemas y no le agarre las tetas a las niñas, qué fastidio. Se vuelve insoportable a veces, y cuánto hemos tenido que correr para que no nos mataran. Pero es mejor así, que un camino entero para uno solo. Hay que conversar con las piedras y el aire lo presiona a uno más contra la arena. Qué más necesita uno ya con esta miseria. Y él tampoco lo hace con mala intensión, sólo es un poco idiota y ya, no hay mucho pecado en eso. Por poco juntamos lo que la vieja pide por la tierra. Habrá conejos y vacas y una estufita para calentar la habitación en invierno. A Lennie le emocionan los conejos. Dentro de poco. No vamos a tener que buscar más caminos, bajo el sol. Sembraremos para comer. No habrá que preocuparse de nada. Y estaremos juntos y tranquilos…

Elucubración ingenua de una obra sangrante


Un pequeño comentario al poema Corazón de Barba, mi poeta.


FUEGO LEONADO:

EMPRENDIÓ EL MONÓLOGO que le hablaría de verdades horrísonas —y supo cosas lúgubres, tan hondas y letales—: saetas en dirección al hombre. En su habitual cualquier lugar, le preguntaría al mundo el porqué de esta desazón suprema… Se alejará, así, de esos que no comprenden la naturaleza de un hombre, encontrando efugio en su corazón ígneo , sancta-sanctórum de perdidos y marihuanos… Pero el corazón no tiene lengua de miel, escupe dagas de retórica sangrienta. ¿Acaso no lo sabías, Ashaverus?

«Tú, corazón florido, háblame ahora, todavía tienes voz. Tú, que eres de mí el canto, el Numen que me consuela… Hay en ti lo poco bueno que de mí queda. No quiero que el tiempo apague tu canción. Pero la vida está acabando, y así como este cuerpo llagado tiene que morir, tu ardor ha de marchitarse, no seremos sino la idea de una obra errabunda, de una poesía en antologías dormidas. Morirás: las cosas son la espuma del tiempo en nuestra mano, y tú y yo las cosas en la mano del mundo. Ah, mi corazón…».

Porque quien a las inmensidades se asoma… Y es más fácil perderse en el bosque hechizado de adentro, ese enmarañado tramo de recovecos y desilusiones, que en el espectro ralo de cuerpos afuera. Te asomaste a tu corazón con la esperanza de calma…, olvidaste que de alaridos tiene cántaros. Y esa verdad te acongojó profundo, como anzuelo se agarró a tu carne con firmeza mientras tú, vesánico, tratabas de sacarla sin importar el daño que causara. Así lo entendiste todo: aquellos seres sonámbulos no le hablaban a su corazón ni llevaban en él el túmulo de un Dios, nunca habían visto de frente la estrella de la tarde, ¡no eran hombres!

Y saber que hay quienes han hecho, sin estremecerse, el viaje del útero al sepulcro y tú no has sido sino un perenne temblor. Ahora que del misterio tienes la esencia, que sabes que no eres más que tiempo y unos cuantos comentarios, el fuego de la vida no te debe quemar tanto:

— …escuchadme esta cosa tremenda ¡HE VIVIDO!
He vivido con alma, con sangre, con nervios, con músculos
y voy al olvido…


VERDOR EDÉNICO

«Pero sobre todo, conciencia obsesionante del giro fugaz de los días.»
Claves II


SE LE HABLA A UN CORAZÓN, lo que en definitiva es distinto a dirigirse a un alma… o tal vez a un hombre. Y se habla porque sí: que salga de aquí la palabra y germine en otro lado, donde sea que caiga. El poeta en su búsqueda tendrá amargos encuentros y no habrá mejor remedio para las cuitas ríspidas del hombre profundo que el canto, desangrarse en un plañir dionisiaco.

Y ese corazón, ¿qué es, qué le habita? ¿Es per se un fondo, un espejo de reflejos humanos, un día? En su opulenta naturaleza de flama carmesí, por siempre ardiente, todavía… por siempre ardiente, ¿es el ímpetu romero del poeta?

Hay en él melodías y susurros, himnos de un paso perennal, de su latir tantas veces equívoco. Le habitan, en una mano aspérrima, caricias bucólicas de lejanas comarcas, ¡ha cuánto pasó! Y la tristeza, la azul melancolía, azul imposible del niño bañado en brisas de azahar naranja.

Está escrito en su corazón el llanto de periplos acongojados, cansados; la miel en ellos alcanzada. El placer de la sombra bajo nuestro árbol, el olor humilde de esa felicidad, el leve abrazo de la Gloria, ¡el amor! Todo cuanto hubo y llegó en la voz del viento está en la poesía…

Pero… pero el todavía también habrá pasado. Lo salvado en el andar, en el crear, en el perder, para poco habrá servido. Se oirán furores de abismo en el reducido espacio de un puño en cólera, temblarán mis cimientos y caerá el telón con su abrazo de tierra sobre el rescoldo de mis días. Acta est fabula!, corazón. Mi postrer acto ha terminado…


CERÚLEO ACUÁTIL

«Y he visto el mar, que todo lo compendia…»

AQUÍ O ALLÁ, SIEMPRE HABRÉ DE MARCHITARME. Envuelto en el rumor del mar… qué suave la brisa en su pueril caricia. Habré de marchitarme… Llega el agua a mis pies con prisa y de igual manera se va, como si no fuera posible descansar, un segundo en el lecho del ocio y ya… Habré de pasar, como el agua que se va… Y yo, que mis reservas llené del goce y la alegría, ando, a tientas, sobrecargado de sueños, con un fardo de días caducos:

—«Qué vana es la vida…
…qué inútil mi impulso…»

Adelante está el retorno, a lo lejos, saludando desde un monte lontano… ahora es el mar quien me abraza. Y su playa, con rastros de arena borrosa, deambula por sus olas con pasos de sabor canelo. Soy parte de la arena en la que yazgo, quieto, inmóvil, mientras todo en rededor gira, riela, vibra, cintila… soy el peón de una grave melancolía.

—«El tiempo es breve y el vigor escaso…»

Haber cantado en el coro de la vida con tal ímpetu y virilidad… ¿para qué? Yo, que no temí a las Furias y en esquife azul surqué los mares de mi América, yo, «tan raro y tan amante», temo contemplar la futilidad de mi ilusión… Sufrir la miseria humana en nombre de empresas efímeras y vanas...

—«De sueños turbios y versos claros estaba loco…»

¿Qué pensarán los otros al verme así, tirado, como domingo roto, sobre la arena? ¡Qué importa!, también ellos habrán de pasar… El mar revuelve el aire y estoy solo…

Quise hacer de mí un monumento, pero el tiempo me destruyó antes. Huyéndole a los avatares, laboré una vida: maltrecho, malsano y piadoso, con el corazón saltando en cada cimera, desbordando encanto, hendí el tiempo con mi ritmo inseguro. Como el agua que viene y va, que roza mis zapatos y embebe la arena cercana y se lleva algo de ella… así pasó la vida…

miércoles, 6 de mayo de 2009

Pubertad por Munch, el exprimido


Quisiera dar cuenta de mi impresión sobre esta tela, por su diagnóstico de duda, pero no tengo en la mano sino vanidad. Me sentaría a decir lo que la mente aún recuerda —a dubious countenance— y rebotar contra el papel mi elocuencia común. Pero qué diría sobre el cuadro con absoluta sinceridad sensual, nada. Pocas veces puedo abstraerme al deliquio ilógico de creerme superior. Sin embargo, ah!, acaso se acosan más los sentidos que frente a una obra tal, ah! y repito: ah!… La figura solitaria de final de siglo, la cama muda y sin expresión, las sábanas de un blanco agrietado, los senos en conquista tardía de la hembra, las manos de decoro y el sexo oculto. Pero la sombra, la única protagonista de la figura, la sola presencia del cuadro. Podría evocar cualquier palabra que no dejaría de ser una befa al artista —o bien una confirmación de mi poco talante artístico—, prefiero ceder mi voz a la cita y postergo mi vid a otra coindicencia, a otra nube cubriendo el sol.

«Cuando paseo bajo el brillo de la luna —entre viejas construcciones cubiertas de musgo que entre tanto me son familiares— me da miedo mi propia sombra. Cuando enciendo la lámpara, veo de repente —mi sombra proyectada sobre la pared y el techo— y en el gran espejo que cuelga sobre la estufa me contemplo a mí mismo —mi propio rostro de fantasma. Y vivo con los muertos —con mi madre, con mi hermana, con mi abuelo, con mi padre— sobre todo con mi padre. Todos los recuerdos, los más pequeños detalles —desfilan ante mis ojos», dice Munch sobre aquel espectro sombrío. Cómo querer perturbar la lucidez de tal simpleza con mis invenciones de otro tipo de oscuridad que es mi sordidez.» —Munch

martes, 28 de abril de 2009

Retrato de una niña por Oscar Kokoschka


Va a ser una noche oscura como otras, de sombras. Ya casi amanece, el sol escala las montañas encendiéndome la Tierra encima. ¿Qué habrá pasado abajo? El pan pudo haberse secado antes de salir del horno, el agua se quedó sin travesía, el hombre se habrá inventado una guerra porque las galletitas no tienen el mismo sabor, ¿quién sabe? Para qué crecer y llegar a la terrible conciencia de ser humano… para qué, sino para hacer parte de lo pequeño y de lo simple y presenciar su absoluta belleza. En el mundo está todo lo que el hombre ha logrado crear, tanta majestuosidad que no deja de asombrarnos, pero más hay en la roca que me raspa la mano e imprime esa piel contra la mía. Estas hojas, acaso no son también una muestra de ingenio y meditación, logros y fracaso… ¿Quién me imaginará, yo imaginándome? La polillita nocturna, parece ignorar que estoy aquí, vuela sin miedo de mí, como si no fuera suficiente alerta saber lo que niñas como yo le habrán hecho a polillas como ella. Cumple con su tarea que es volar, posarse de vez en cuando en una rama y reincorporarse con sus patitas al aire. Cuánto tenemos que aprender de estos cuerpos tan pequeños, ni siquiera sabemos qué es lo que debemos hacer. Nos inundamos en un río de equivocados. Los que deben tocar el tambor son aniquilados por estar usurpando oficios menores. Si estos supieran su deber y lo aceptaran, y el del monóculo se dedicara a él, todos actuaríamos con la naturalidad del vuelo de la polilla y la muerte no tendría eufemismos. En el cielo habrá una respuesta... Como ahora, uno no podría decir si el sol nace o muere, pareciera que la vida y la muerte se abrazan por un segundo. Las estrellas en el aire y el viento sopla todavía; a esta hora el hombre vuelve a ser hombre.