Que yo soy sensible como un tren, les digo,
para que no me entiendan,
para que miren hacia otro lado.
No les he pedido más que su lengua.
Poco de caridad o de sangre.
Ya me han dado bastante con enseñarme a caminar.
Porque al buscar en su mundo
lo que yo me atrevo a llamar el mío,
al abrazarme a un árbol que separaba las calles,
me han mostrado con sus dedos, a mí,
el sol brillando en sus espaldas.
También puede ver el hombre por un solo ojo,
les digo, y, en ocasiones, algunos se ven forzados.
El punto es que comenten; ustedes saben, queridos: es necesario...
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jueves, 5 de agosto de 2010
viernes, 9 de julio de 2010
Todo, através del humo, se ve mejor
A veces es mejor caminar. Carabobo con una de las calles que la cruzan antes de Colombia. Estoy esperando que el semáforo me deje seguir mirando gente pasar. Sigo parado, fumando mis primeros cigarrillos. Hay que parar, y mirala. Describir es con frecuencia caminar al borde de un abismo temiendo caer en lo kitsch o en lo cursi o en lo almibarado, pero algo mucho peor es no decirlo: eso sería mandar estas cosas al olvido, sin más ni... Se le asomaban, entre la fibra rota y desgastada, unos tres o cuatro cuadros de piel. No decían nada, pero uno igual se imagina que dicen algo y que esos senos chiquitos y esa cara maquillada perfecta, que efectivamente me le acerqué y se lo dije porque, como todos sabemos, es de mala educación quedarse con las cosas para uno solo y más si tienen que ver con los demás. Fui y se lo dije, que era muy bella y que por el bien de ambos, ya tenía que tomase un café conmigo porque, como todos sabemos, no es correcto separarse de una persona que te ha complacido en algo sin habérselo agradecido antes: por ahí está escrito que Dios perdona cualquier pecado menos la ingratitud. Ella medio se rió porque le había parecido raro divertido eso que le dije, pero también porque no le disgusté del todo y además le daba pena demostrar que no había entendido nada —y la risa esconde porque masifica. No fue tan difícil llevármela a una mesa, lo duro fue lograr que se soltara un poco. La nena, al fin, resultó no tener nada que decir y yo, que también tengo alto aprecio por el silencio, le dije, como proponiéndole, que nos quedáramos callados un rato y luego nos fuéramos a otro lado. Ella no quería porque no podía salir con cualquiera por ahí, aunque yo pareciera inofensivo en medio de tanto hijueputa. Al principio dijo que no y que los confesionarios y los votos de castidad monógamos, pero después tuvo curiosidad por saber quién es que era ese Jeunet y sus imágenes hermosas y los tres besos y eso, que en verdad parecía interesada. Todavía callada, parecía que se le había olvidado ese cuento de las camándulas: pude completar el rompecabezas de los cuadros de piel, completo, sin nada que los descontinuara, y cuando me dejó el semáforo, seguí caminando pasándole al lado, absteniéndome de respirar hasta que ella llegara, para poder olerla, así…
sábado, 20 de marzo de 2010
Montar un café bar, Bukowski, o RE-inventarse el agua tibia
Soy Jostaf. Lingaje y yo hemos tenido una idea: un bar. Mejor que tener una idea es haberla vuelto material. Fue en un pueblo frío del norte, La Beatífica Flor, en una esquina santa. Nos paramos a observar y, mirándonos, dijimos al mismo tiempo, validando la frase: “aquí se puede levantar el espacio”. Se lo digo así, aunque sepa que estoy hablando desde el otro lado, más valdría preguntarle a los otros. Habría que hablar con ellos, querida, pero si usted quiere yo le puedo contar lo que sé y lo que creo que sé.
Primero queríamos comprar un tren sólo para poder entretener los pasajeros. Que al subirse se pusieran cómodos y, tranquilos, nosotros nos encargamos de todo. A la una y treinta se bajan y ha sido una buena noche. Mostró ser bastante inviable. Pensamos luego en un burdel —aunque no lo hayamos pensado— donde fueran a despertarse un poco, tomar algo y mezclarse. Tanto edificio nuevo no nos escondía, y otra vez a seguir pensando. Luego se nos ocurrieron toros, circos, neveras pequeñas, difícil difícil… Como no se podía ninguna, le apostamos a un escenario tan democrático como el alcohol, que nos diera de todo un poquito, el premio de consolación.
Nos consolaron con un lugar intermedio, un bar circotrenspacalavera. Ya nos ven tras la barra. Y de lo que vemos sí les podemos hablar. La gente pasa, se pregunta, podrían seguir derechos, pero muchos no lo hacen. Algunos se sientan —que es, según los élmanes, volverse silla— y hacen lo que deben: jugar, el diálogo, tomar, leer. La mezcla. Lo de los libros también surgió como un mal pensamiento. Quisimos darle material de fantasía, sueño, quizá recuerdo a las sillas que hablaban. Y empezaron a llegar piantados y queridos y algunos que se querían querer. Les gustó habitar este lugar e, inevitablemente, habitarnos a Lingaje y a mí.
No puedo contarles más. Jostaf es hombre de pocas palabras. Me gustaría mucho hablar de lo que cuelga en las paredes, de las historias que cuentan las rayas en las mesas, los amores consolados en la barra, pero todavía queda mucho árbol, no hay que preocuparse tanto. Bukowski, de quien tampoco les he hablado, sigue abierto buscando tentar con afecto, esperamos. Hasta la próxima tala…
—Jostaf Uzal
viernes, 13 de noviembre de 2009
De microficciones casi urbanas...
1. Hay un hombre que sólo existe en las escalas de mi edificio. No sé nada de él, escasamente veo su carro junto al mío y nada más. Cuando voy de afán para la universidad, o cuando llego con el estómago apretándome el paso, veo lo plano y sencillo que es. Pero como digo, sólo existe en las escalas de mi edificio —que adivino vive en él también. Sino fuera por eso, el vehículo que siempre veo al lado del mío igual podría ser de alguien más, alguien con quien me cruzase en las escaleras...
2. Voy a Mango’s, club de pasiones, y empiezo a ver a los dormidos más despiertos. Bailan y cantan con ganas… pero duermen. Lo curioso no es esto. Lo particular es que si tú llegas despierto pero no con tantas ganas de festejar, para ellos estás dormido e intentarán dormirte para que despiertes. Y si les parece necesario, van hasta tu casa para asegurarse de que duermas con los ojos bien abiertos.
3. Bebo lentamente mi café y veo el mundo pasar. La señora que vende dulces se me acerca con cordialidad. El chico encargado de mi mesa suele arrimarse a preguntarme si todo marcha bien. Lo despido con un gesto afirmativo. Llega un mendigo muy bien vestido a mi mesa y pregunta si le podría ayudar con algo. Todo esto mientras dure mi café. Una vez el posillo está vacío, aquel educado mendigo se vuelve tosco y vulgar, la señora me inoportuna con su perturbadora insistencia y el chico, el cual me toca llamar porque no encuentro por ningún lado, trae otro café a mi mesa, ¡conque presteza y elegancia!, pienso al tomar el primer sorbo.
4. Lo he visto en la portería sacar su cabeza por la ventana cada vez que visito a mi mujer. No lo conozco, mas el sí me conoce a mí: sabe mi nombre. Quise indagar sobre él, pero yo mismo me detuve: de nada me vale saber sus fracasos y fortunas si cada vez que me aborda es para detenerme…
5. Un día se me perdieron las gafas. Las busqué por todos los lugares donde recordé haber estado: farmacias, cafés, iglesias. Me remordía el hecho de estar tras algo que no creía necesario, a fin de cuentas, no las necesito para leer. Las busqué todo el día hasta que, antes de acostarme, agotado de tanto buscarlas, me las quité para que en el sueño no se fueran a dañar.
2. Voy a Mango’s, club de pasiones, y empiezo a ver a los dormidos más despiertos. Bailan y cantan con ganas… pero duermen. Lo curioso no es esto. Lo particular es que si tú llegas despierto pero no con tantas ganas de festejar, para ellos estás dormido e intentarán dormirte para que despiertes. Y si les parece necesario, van hasta tu casa para asegurarse de que duermas con los ojos bien abiertos.
3. Bebo lentamente mi café y veo el mundo pasar. La señora que vende dulces se me acerca con cordialidad. El chico encargado de mi mesa suele arrimarse a preguntarme si todo marcha bien. Lo despido con un gesto afirmativo. Llega un mendigo muy bien vestido a mi mesa y pregunta si le podría ayudar con algo. Todo esto mientras dure mi café. Una vez el posillo está vacío, aquel educado mendigo se vuelve tosco y vulgar, la señora me inoportuna con su perturbadora insistencia y el chico, el cual me toca llamar porque no encuentro por ningún lado, trae otro café a mi mesa, ¡conque presteza y elegancia!, pienso al tomar el primer sorbo.
4. Lo he visto en la portería sacar su cabeza por la ventana cada vez que visito a mi mujer. No lo conozco, mas el sí me conoce a mí: sabe mi nombre. Quise indagar sobre él, pero yo mismo me detuve: de nada me vale saber sus fracasos y fortunas si cada vez que me aborda es para detenerme…
5. Un día se me perdieron las gafas. Las busqué por todos los lugares donde recordé haber estado: farmacias, cafés, iglesias. Me remordía el hecho de estar tras algo que no creía necesario, a fin de cuentas, no las necesito para leer. Las busqué todo el día hasta que, antes de acostarme, agotado de tanto buscarlas, me las quité para que en el sueño no se fueran a dañar.
sábado, 31 de octubre de 2009
Microficciones casi urbanas, más...
1. En el edificio donde vivo tienen como regla, para el manejo de basuras, dejar las botellas de vidrio en las escalas, afuera de la puerta; desde arriba no se pueden tirar. Todos lo aceptamos porque es conveniente y quien las recoge hace bien su trabajo. Un día el vecino de abajo decidió no hacerlo y llevó él mismo las botellas. Pero no fue cosa de un solo día. Lo tomó de costumbre hasta que un accidente sufrido en el trabajo se lo impidió. Todos lamentamos mucho su pierna rota cuando bajábamos nuestras propias botellas. Parecía enojado. Las suyas ya se acumulan afuera de la puerta.
2. Kristin fue una amiga que gané de tanto visitar una pequeña panadería a dos cuadras de mi trabajo en Boylston St. Era una gran conversadora y entretenía mis días de ocio invernal. Con ella conocí algunos teatros de Boston, allí la gente parecía conocerla. Me estaba acostumbrando a estas salidas donde cada noche conocía dramaturgos emergentes y a uno que otro actor. Una noche, quedamos de encontrarnos en el Wang Center para una adaptación de Shakespeare, Much ado about nothing. Estaba entusiasmado, el espectáculo prometía risas. Pero esta vez me quedé esperando risas viendo que Kristin no llegaba, y no llegó. Dos años más tarde recibí un correo suyo arguyendo el porqué de su ausencia aquella noche. Su padre había muerto. Ella consideró prudente irse también... y la carretera estaba abierta.
3. Vivo en el quinto piso de un edificio en Laureles, barrio conocido por su repentina sobrepoblación. En frente al mío, hay un edificio un poco más grande con una buena cantidad de balcones. Algún día, como suelo hacerlo a veces, gracias al buen tiempo, saqué mi silla, mi libro y me puse a leer afuera. Levanté un momento la mirada y vi que alguien desde el frente me sonreía. Le gusta leer, pensé, y sentirá simpatía. Seguí mis lecturas afuera no sólo ese día, sino por mucho tiempo con la sonrisa cómplice de mi acompañante. Se debe preguntar qué leo. Ya me veía yo cambiando de libros frente a ella, pretendiendo leer qué cosas sólo porque me observaban. Uno de tantos días, mientras cambiaba las páginas de un Proust, vi que alguien se le acercó, la agarró de los brazos y la condujo con fuerza hacia adentro… Desde entonces no he vuelto a leer afuera. El clima está muy raro y quién sabe de qué se pueda enfermar uno ...
4. Conozco por casualidad, o porque así lo quise, a un señor en plena vejez que hablaba de dioses y lo encontré en el Parque Bolívar. Yo pasaba con el primo y escuchamos una discusión que sostenían algunos jubilados. Terminada la charla lo abordamos y pudimos hablar con él. Caminaba lento y el rostro delataba una amargura cioraniana. Luego de oírlo, no lo quise volver a ver. Fue tan pesado y agrio su discurso que terminé confuso, nublado... Le pedí al primo me acompañara a casa y que, si se le ocurría, nunca me llevara otra vez a presenciar tales actos de deicidio.
5. Como en la Huntington St. hay un buen número de cafés donde es agradable sentarse a ver universitarios pasar, pensé que sería bueno ir un rato. Con el Museum of Fine Arts de fondo, cogí uno de mis libros y me sumergí en él. A mi lado había una pareja un tanto molesta, discutían y se lamentaban por algo. Me alcancé a ruborizar un poco al escuchar que su descontento se debía a lo oneroso que les resultaba la exuberante presencia de minorías en su país. Ajeno que soy a la tierra donde vivo, tomé consciencia de su molestia, empaqué mi libro y pagué el café. Al salir del sitio, improvisé una sonrisa a la pareja, les saludé y seguí de largo con el amarillo, el azul y el rojo de mi bolso juvenil.
2. Kristin fue una amiga que gané de tanto visitar una pequeña panadería a dos cuadras de mi trabajo en Boylston St. Era una gran conversadora y entretenía mis días de ocio invernal. Con ella conocí algunos teatros de Boston, allí la gente parecía conocerla. Me estaba acostumbrando a estas salidas donde cada noche conocía dramaturgos emergentes y a uno que otro actor. Una noche, quedamos de encontrarnos en el Wang Center para una adaptación de Shakespeare, Much ado about nothing. Estaba entusiasmado, el espectáculo prometía risas. Pero esta vez me quedé esperando risas viendo que Kristin no llegaba, y no llegó. Dos años más tarde recibí un correo suyo arguyendo el porqué de su ausencia aquella noche. Su padre había muerto. Ella consideró prudente irse también... y la carretera estaba abierta.
3. Vivo en el quinto piso de un edificio en Laureles, barrio conocido por su repentina sobrepoblación. En frente al mío, hay un edificio un poco más grande con una buena cantidad de balcones. Algún día, como suelo hacerlo a veces, gracias al buen tiempo, saqué mi silla, mi libro y me puse a leer afuera. Levanté un momento la mirada y vi que alguien desde el frente me sonreía. Le gusta leer, pensé, y sentirá simpatía. Seguí mis lecturas afuera no sólo ese día, sino por mucho tiempo con la sonrisa cómplice de mi acompañante. Se debe preguntar qué leo. Ya me veía yo cambiando de libros frente a ella, pretendiendo leer qué cosas sólo porque me observaban. Uno de tantos días, mientras cambiaba las páginas de un Proust, vi que alguien se le acercó, la agarró de los brazos y la condujo con fuerza hacia adentro… Desde entonces no he vuelto a leer afuera. El clima está muy raro y quién sabe de qué se pueda enfermar uno ...
4. Conozco por casualidad, o porque así lo quise, a un señor en plena vejez que hablaba de dioses y lo encontré en el Parque Bolívar. Yo pasaba con el primo y escuchamos una discusión que sostenían algunos jubilados. Terminada la charla lo abordamos y pudimos hablar con él. Caminaba lento y el rostro delataba una amargura cioraniana. Luego de oírlo, no lo quise volver a ver. Fue tan pesado y agrio su discurso que terminé confuso, nublado... Le pedí al primo me acompañara a casa y que, si se le ocurría, nunca me llevara otra vez a presenciar tales actos de deicidio.
5. Como en la Huntington St. hay un buen número de cafés donde es agradable sentarse a ver universitarios pasar, pensé que sería bueno ir un rato. Con el Museum of Fine Arts de fondo, cogí uno de mis libros y me sumergí en él. A mi lado había una pareja un tanto molesta, discutían y se lamentaban por algo. Me alcancé a ruborizar un poco al escuchar que su descontento se debía a lo oneroso que les resultaba la exuberante presencia de minorías en su país. Ajeno que soy a la tierra donde vivo, tomé consciencia de su molestia, empaqué mi libro y pagué el café. Al salir del sitio, improvisé una sonrisa a la pareja, les saludé y seguí de largo con el amarillo, el azul y el rojo de mi bolso juvenil.
Microficciones casi urbanas
1. Estaba en la tienda al frente del Colombo. Acababa de ver una película. Me gusta tomar algo antes de irme para la casa. Escogí una sillita un poco apartada de la calle donde pudiera tomarme la gaseosa en paz. Entonces vi una muchacha sola llorando. Hablaba por celular. Me quedé pensando qué causaría esas lágrimas. La miré fijo, disimulando un poco, y me di cuenta de que también ella estuvo en mi misma sala, y que estaba acompañada. Con la luz que antecede el espectáculo, pude ver que quien la acompañaba era más que una amiga. No suelo juzgar a priori… Aunque ahora que la veo llorar, tampoco puedo confirmar nada; sus lágrimas pueden hablar de emociones, pero no señalan ruptura, muerte, soledad, nada de eso. Toca quedarme con la satisfacción de que un día vi a una chica llorar… y a otra…: a ésa no sé si la vi.
2. Ocurre que en mi Santa Rosa de calles anchas y caras conocidas, pasa alguien en su carro recién comprado y adornado a más no poder. A su equipo de sonido le gusta ser lo único que se escuche. Cuando pasa por ahí, todos nos miramos desde donde estamos y hasta donde el ojo alcanza, lanzamos una mirada de reproche y parecemos estar de acuerdo en nuestra disensión. Sigue pasando el auto en su estertor y las miradas cobran voces y remilgos, vuelve a pasar y ya ni nos podemos escuchar, todos queremos decir que odiamos el ruido y la ostentación, pero hasta este punto ya gritan las miradas y no cedemos a otras opiniones.
3. Estaba con su mujer en un restaurante de comida rápida en Bulerías. Prefirió hacerse afuera porque hacía calor. Ahí sentados pudieron ver cómo un grupo de indigentes improvisaba un cambuche para pasar la noche. La imagen lo conmovió. Cuando le llegó la comida decidió no terminarlo todo y dejarle un poco a alguno de ellos que seguramente estaba hambriento. «¿Querés un poquito de comida?», le dijo a uno de los que ya se habían acostado. «¿Comida?, eso no es comida, eso es sobraos», y se volteó para el otro lado… El hombre quedó perplejo. Todavía no lo ha podido entender.
4. Suelo ir a un restaurante a media cuadra de mi casa que se especializa en crepes. Aunque nunca hablo con el mesero o con el de la cocina, he aprendido a conocerlos un poco, más por la comida: pollo con champiñones es mi plato más común… Fue un lunes que llegué de la universidad y no quería cocinar. Estaba bueno el día para sentarse y leer un rato. Esta vez las cosas no fueron como esperaba que fueran. Desde adentro se oía una voz chillona exaltándose en intermitencias. Creo que era el cocinero. Alzaba la voz para referirse a una cuenta que no se pagó y a unos recargos descarados... Ese día no nos fue bien a ninguno de los dos. Aparte del bolsillo roto del cocinero, el crepe que tanto disfruto ese día me supo a recargos financieros y a números desaliñados.
5. —¿Saliste otra vez con ella?
—¡Pero que no salimos!, no te he dicho pues…
—No, no te creo: cada ocho días te encontrás con ella, eso me degiste, y no hacés nada… no, así no…
—Pero… ¿qué no podés creer? Simplemente nos encontramos y hablamos. Es que así fue que la conocí. Un día fui a La Raza, ¿te acordás?
—...en Palacé…
—Sí, sí… un día estaba aburrido y me fui pa’llá, pedí una cervecita y me senté en el bar, a pensar, y llegó esta nena y se me sentó al lado…
—A lo mejor es puta…
—No, no sé, es que no te digo que llegó de una y se puso a hablar, estaba como medio aburrida y nos quedamos hablando… Esa noche me fui al ratico y me dio por volver la otra semana, cuando llegué ella no estaba, pero igual me tomé la cervecita como para no perder la ida y volvió a caeme, y así…
—¿Y cuándo me la vas a presentar?
—Pues home… cuando la conozca…
—¡Pero que no salimos!, no te he dicho pues…
—No, no te creo: cada ocho días te encontrás con ella, eso me degiste, y no hacés nada… no, así no…
—Pero… ¿qué no podés creer? Simplemente nos encontramos y hablamos. Es que así fue que la conocí. Un día fui a La Raza, ¿te acordás?
—...en Palacé…
—Sí, sí… un día estaba aburrido y me fui pa’llá, pedí una cervecita y me senté en el bar, a pensar, y llegó esta nena y se me sentó al lado…
—A lo mejor es puta…
—No, no sé, es que no te digo que llegó de una y se puso a hablar, estaba como medio aburrida y nos quedamos hablando… Esa noche me fui al ratico y me dio por volver la otra semana, cuando llegué ella no estaba, pero igual me tomé la cervecita como para no perder la ida y volvió a caeme, y así…
—¿Y cuándo me la vas a presentar?
—Pues home… cuando la conozca…
miércoles, 29 de abril de 2009
El amor, la muerte y las moscas...

«Las moscas son las vengadoras de no sabemos qué; pero tú sabes que alguna vez te han perseguido y, en cuanto lo sabes, te perseguirán para siempre.» —Monterroso
Lo que sea con tal de no volver a casa. Partidos de fútbol, caídas de agua, conversaciones dislocadas e incoherentes. Todo, menos encerrarme en esas cárceles voluntarias. (Y si hay tiempo, mirar mi granito nihilista de arena) También puedo escribir y adornar un poquito esta mesa.
Ella tenía que leer y yo la miraba, por supuesto. Es más, cuando otros se arrimaban al micrófono, había que esforzarse por no mirarla, por alejarse y debatirse en esa tensión que siempre termina en su cara. Leía con esa ingenuidad idiota del que quiere la cosa… Y ahí, sobre ella, una mosca encontró donde pasearse. Monterroso se atreve a decir que hay tres temas y ellos son el amor, la muerte y las moscas. Algo parecido debió haberse imaginado para decir esto. Sostenía el libro en la mano izquierda, y en la otra el micrófono, leía. Movía la cabeza para espantar la mosca que no entendía. Cambió la página y siguió, yo me entretuve en su pelo y andaba ya lejos. Me fui por un momento… Nadie se dio cuenta de su error, ni ella, ni la mosca, ahora sentada en el libro, ni mucho menos yo. Cuando se corrigió, porque evidentemente se había saltado la página: al hablar de Artaud, el texto terminó envuelto en pudores y florecitas blancas, todos la miramos quizás igualmente apenados porque tampoco lo habíamos notado: al pasar la hoja, el mar no sufrió ningún cambio para mí. Las moscas muestran ser un gran tema; la nuestra, que volvía a sobrevolar su cabeza, le sirvió a ella de excusa por su descuido y a mí de leitmotiv para escribir esto, y no pensar. Y si ella no hubiese sentido la necesidad de reivindicarse, no se hubieran cerrado sus ojos al decir que tocaba una boca que se imaginaba, eso es seguro. Con la certeza de que ese día en algún lugar alguien también murió, me divierte ver cómo confirmamos, al pie de la letra, las palabras de Monterroso.
Las cosas hay que decirlas, ahora sí puedo volver a casa…
Ella tenía que leer y yo la miraba, por supuesto. Es más, cuando otros se arrimaban al micrófono, había que esforzarse por no mirarla, por alejarse y debatirse en esa tensión que siempre termina en su cara. Leía con esa ingenuidad idiota del que quiere la cosa… Y ahí, sobre ella, una mosca encontró donde pasearse. Monterroso se atreve a decir que hay tres temas y ellos son el amor, la muerte y las moscas. Algo parecido debió haberse imaginado para decir esto. Sostenía el libro en la mano izquierda, y en la otra el micrófono, leía. Movía la cabeza para espantar la mosca que no entendía. Cambió la página y siguió, yo me entretuve en su pelo y andaba ya lejos. Me fui por un momento… Nadie se dio cuenta de su error, ni ella, ni la mosca, ahora sentada en el libro, ni mucho menos yo. Cuando se corrigió, porque evidentemente se había saltado la página: al hablar de Artaud, el texto terminó envuelto en pudores y florecitas blancas, todos la miramos quizás igualmente apenados porque tampoco lo habíamos notado: al pasar la hoja, el mar no sufrió ningún cambio para mí. Las moscas muestran ser un gran tema; la nuestra, que volvía a sobrevolar su cabeza, le sirvió a ella de excusa por su descuido y a mí de leitmotiv para escribir esto, y no pensar. Y si ella no hubiese sentido la necesidad de reivindicarse, no se hubieran cerrado sus ojos al decir que tocaba una boca que se imaginaba, eso es seguro. Con la certeza de que ese día en algún lugar alguien también murió, me divierte ver cómo confirmamos, al pie de la letra, las palabras de Monterroso.
Las cosas hay que decirlas, ahora sí puedo volver a casa…
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