El punto es que comenten; ustedes saben, queridos: es necesario...
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jueves, 18 de febrero de 2010

Tendría que estar explicándole a alguien por qué me preocupa la soledad, yo sé, incluso a otra mostrarle mi mejor Abelardoliveira, pero no podía. Cómo querés que no te tenga dando vueltas en estas puertas matutinas trasnochadas que es recordarte, ah… Es mejor concentrarse en esta confusión de la noche que seguir directo a la cama sin zaguán ni amuse bouche (cuánto me cobrarían este esnobismo chic y este paréntesis cabreriano), hasta mañana. Digo que al final de la noche, la pública, que no siempre es la más elaborada o sucia, te me aparecés, como el fantasmita trabado que sos, y seguís entre las teclas que no pueden sonar pasito, saltando, sacando la lengua como para tocarme. Entonces, volví. Sí, pensar sólo en vos, encima del hambre y del colchón. La noche de la otra noche, cuando no me dijiste qué hacer. Yo pensaba que el paisaje que me prometiste al montarme al carro, al reclamarte una vueltica antes de dormir iba a ser un saludo de monte, ligero y explícito, a todos mis amigos. Los encontré en el dibujo de las puertas que se cerraban porque queríamos privacidad, en un cuartico privado. En un juego en el que yo seguía sin saber… Terminé enrollado en un preámbulo al jacuzzi mientras me babeaba al ver que un teléfono sabe hacer tantas cosas con sólo oprimir el nueve. Digamos que, como te lo dije cuando ni me oías y tenía mi dedo en la oreja, fue cuestión de entender la diferencia entre tres o cuatro letras que hasta suenan parecido… Por ahí estaba yo, evitando esos abismos que se lo llevan a uno cuando levanta la cara… No es que lo entienda ya, de nada me serviría entenderlo, pero volver sobre estas cosas te motiva, a no sé qué, a volverte humo literario, lo que debió ser y no lo que fue.

martes, 7 de julio de 2009

Maelstrom

Dicen que el mundo es una urdimbre que la Historia teje mientras bosteza en su
mecedora gris.


También dicen que todo es aire. Pensaba en cosas, en amores, en sonidos. Estás sentado en la camita de castaño barnizado con colchas de color azul y flores naranja, sosteniendo a Ovidio o a Defoe o a Fitzgerald. Afuera llueve y la señora corre de cera en cera para no mojarse tanto y todo está untado de noche. Pensás en eso que te dicen los libros porque saben, pero taladra igual lo duro y frío de la portada, la señora que quién sabe a dónde va. Todo es el tren... No lo podés evitar y a los dioses das gracias que no lo podés evitar. Es un mestizaje hermoso. Una orgía anacrónica y sazonada y única. Propia. Steinbeck es el primer hombre, lo despeina Zéfiro o Bóreas y sigue sentado bajo las hojas del anchuroso árbol de Júpiter. Son inevitables las imágenes. Son los dioses raros, los pinceles de otros que no conozco y hablan de esos dioses raros, epígrafes que me harán alguien, la lana de la colchita azul… Por ser natural lo respeto. Y es una gran habilidad del hombre. Habrá quien insista en amarrar a los enanos andariegos porque distraen. Para llegar a algún lado es preciso concentrarse. Pero hoy día para qué llegar. Es una pérdida de tiempo que asumimos al apuntar al cielo. Y si queremos permanecer aquí, habrá que adularlos con sacrificios. Algunos tendrán que concentrarse, alcanzar el éxito y trasmitir. Otros se quedarán al cuidado del sueño y al calor de los enanos. El thou mayest rule over es una cuestión de vocación y de lluvia, y no se puede decidir. Ser carne de otros cuentos…

miércoles, 17 de junio de 2009


Quería algo que me hiciera ver mejor las cosas. Pensé en una casa, esas metáforas que no representan peligro para nadie. Una caja donde el hecho de mirar no tuviera que ser esa obstinación de agujas en los ojos. Un otra-cosa, un bel morir… Los que imaginan, todos tienen que hacerlo. Me di cuenta de que era mi obligación cuando no vi poesía en la ciudad —suposiciones para creer que es cierto. No había poesía y mi ciudad no era sino una escusa para volver las paredes más gruesas y, ¡todos lo saben!, infranqueables. Dormimos tras muros de cemento para no saber que afuera Marie cruza la calle, un poco sola, y para estar seguros de que no podrá entrar. Damos cantidades para que nos alejen, nos oculten, nos mantengan en una inmunidad insipiente; si nos sentimos solitarios, que nadie se queje. Estos ruidos comenzaban a inquietarme. No sé todavía a qué me refería entonces cuando quería el cambio, decía crear algo. La semiología no podía ayudarme porque no estaba enfermo. Quería saber por qué las cosas… ¿De quién es el problema? Ninguna manifestación del hombre puede curar el mal del mundo, de eso hay que estar seguros. Y lamentarse es tan fácil como criar musgo en la cara. Yo no sabía qué hacer y aun así sentía que algo no andaba bien, cierto… Omen me disponía con cautela, como los ojos de Gautama a la vejez, la enfermedad y la muerte. La lucidez viene con los años, dicen, y todos corren hacia ella tropezándose, atropellados. Yo permanezco sentado aquí. No creo que vaya a alcanzarla pronto; me hace feliz. Igual, de algún modo va llegando y uno aprende a ver cómo lo es todo. Hay que salir con algo, me repetía, con que poder seguir: una excusa de azúcar, un poco más de delirio, literatura, copitas despicadas… Nunca leí a Proust, pero su bigote ya me decía mucho. A través del arte podría el hombre recuperar el tiempo perdido, ¿qué tal? Y sigue siendo inútil todo esto, interrumpía Wilde, porque quién puede afirmar cuál es el uso del tiempo ya perdido. Mientras discutían, yo sabía que ése era mi material. Si con un cuadro de Turner, una suite, un plantío de brevos el hombre podía regresar y amarrarse al sueño de los buenos y limitados años de ayer, y quedarse… Que no me tapen las manos más la cara: que se haga mi casa de eso con que se levantan suspiros en un salón del Louvre ante un Van Gogh. Sólo así se puede empeñar en seguir con esto. Hay que recordar que ser vulnerable es un privilegio y nunca una tara. Combatirlo sería todo un atropello contra la razón y la ternura.

lunes, 15 de junio de 2009

Paso el tiempo en una librería del centro. Leía la otra vez en la contraportada de un libro que no podía comprar, que el mérito de aquel escritor era haber sabido describir su vacío. Debió haber sido en realidad un genio para sí y el resto del mundo. Cómo narrar el vacío… Me resbalo en un suelo enjabonado y no tengo donde agarrarme. Se van cerrando las cosas, se van perdiendo los nombres y el rosado de El tragasables ya no es tan eléctrico ni tan rosado. Las luces brillan por inercia. El mundo es la novela de un pésimo escritor...

jueves, 14 de mayo de 2009

Un segundo, por favor...

Que me disculpe todo el mundo, me dispongo a soñar. Ya me bebí el agua del aire caliente y del suelo, ya creo haber sentido el aliento de los perros que pasan al lado mirándome, ya me apuré todas las uñas. Ahora sólo quiero soñar. Un ratico fuera de este cuerpo que anda atado a todo tipo de ley...

He aprendido mucho de las palomas, es un decir.

miércoles, 6 de mayo de 2009

De pensar la vida, nada…



Algunos tiemblan porque la vida se les va, otros porque va a empezar, y nacer no duele precisamente al que ve la luz. Yo tiemblo porque mi libro se va a acabar y ya siento el vértigo que se acerca despacito con sigilo, con uñas. Pero quiero temblar, también, por otras razones, sin necesidad de volverme bucólico y verde: temblar ante la luz del semáforo que se quita el sombrero y me ayuda a cruzar la calle. Como buscando porque sí, por ahí, algún motivo para seguir abriendo, grandes, los ojos. Y volver a encontrar a Brassens renovado, afranchutadamente nuevo en cada canción. Que sean simples excusas de azúcar para no ver a Louis-Ferdinand tan de frente, obviándolo un poco entre las aceras y las sillas de la calle. No hay que empeñarse en ser esa conciencia limpia del lamento, pero el hombre tiene una habilidad monstruosa de resistencia al hastío. O si no, tantos bares, tantos parques y pasabocas en la mesa, tanto arte. Para ver cada tarde amarilla, verde o azul, otras, simplemente otra cada día y siempre la misma, las manos embadurnándonos la cara, tapándonos, tratando de hacer la cosa más fácil… Y sí, ¡qué vida fulgurante!, entre árboles, crispetas, mujeres ávidas, sabias, qué vida. Con el Génesis de nuestro lado, el agua, los cigarrillos, la noche sólo para nosotros. Dilo y tírate a llorar, nada es tuyo. ¿De qué nos sirve si tiene que ver tan poco con lo que somos: vanidad? El sol es una noticia terrible al amanecer. Vamos a continuar, cerremos los ojos. Que corran los carros, los pájaros y camina, si todavía tienes calle. Y más te vale convertirte en poste.

martes, 5 de mayo de 2009

Antes de decirlo, un silencio…

Si me siento a la mesa, alejo una silla cualquiera y me pongo un rato frente al cuadro, el espacio en blanco, ¿qué voy a decir? A lo mejor me daría a la reflexión, que es hermana del ocio, y que con algún acento pretende ser estética. Pero como he aprendido: no tengo nada que decir. Ahí está el vacío. No tengo ganas de tirar nada a la basura y mucho menos ningún tipo de tesón con el cual desarmar mis filosofías tibias. Seguiré preguntando mientras conozco bien este lienzo pelado, en el tictac de las agujas, en los ruidos del estómago de la noche. ¿Qué se dejará robar el vacío con un lápiz? Está en la imaginación que todavía le duele una muela y no ha superado la noticia costera en la emisión del mediodía. Ella también tiene algo que decir, como Flaubert, un imaginario mas no conocedor. Quizá, el beneficio de la duda. O simplemente desvariar, agarrar el aire de la cola y sacudirlo que alguna cosa debe saber. Juntar momentos con pega en un afiche de retazos de caprichos y azares. Yo creo que en esta suerte de encantos hay algún valor. Y si no, por lo menos siguen siendo encantos…

domingo, 22 de febrero de 2009

Cómo jalarle el pelo al tiempo en Mendoza mientras esperás un omni para Santiago

Primero, y crucial, el agua. Buscar en la calle, en todas las calles, escarbar entre las aceras, el rastro del agua que corre en las acequias y seguirla, no importa adónde, no debe importar, simplemente seguirla dispuesto a toparse de repente con algo que huela a ciudad. Mientras fluís por la acera, hablar a ratos con el perro de la esquina en Corrientes, no hay ser más urbano que ese perro, conocedor de sombras y sobras. Y si te encontrás alguna, las palomas también te pueden guiar.

En Beltrán con Montecaseros, puedes escuchar un tango viejo, sólo necesitas disposición de piedra, de viajero que espera, de monumento que escucha. Y seguir el arroyo… Tal vez llegués al portón sublime, a la barandita, a la banca de parque donde podrás leer que en Mendoza se hacen buenos vinos —hay mucho lugar común y frase de cajón en los libros—, y a la puerta linda que se abre cuando los de adentro tiene que ir a trabajar. No hay mapa más completo que lo que el agua explica.

Ahora recuerdo, Lu, cuando me decías que no importa dónde vayas, siempre vas a encontrar Coca y pan. Tenías razón. Comé un poquito de pan y volvé a sentarte a leer en los libros de vino y mirá cómo entra la masa en ese fogón improvisado, qué sabor, muchas gracias señor… Entonces hablábamos de agua: ve con la corriente, contracorriente, nadie te va a parar. Háblale, ella ha vivido más que tú, o no, pero ha vivido. Y es importante no intentar entenderla.

En Mendoza también te puedes poner a pensar, hay muchas banquitas esperándote en el parque. Decir que estás aquí y luego será Santiago o Rosario o San Luis y que estar saltando el mapa como jugando golosa es casi un comportamiento de dioses. Hay cosas que se parecen tanto a estar feliz, aunque toda tu ropa esté sucia y no huelas a anuncio de Gautier en el día y mucho menos en la noche. Y tomá alguna foto. Cuando menos pensés, vas a notar que siguiendo el agua se te fue todo el tiempo, que a lo mejor el agua se lo llevó, y que las agujas se han posicionado al punto de salir corriendo para alcanzar el bus. Bon voyage...

domingo, 15 de febrero de 2009

La volonté du vent...


Estaba esperando que se acabara el café para poder poner el vasito de cartón en el suelo por si el viento quería llevárselo —que reclame él lo suyo que yo ya tengo lo mío—, y así poder decir, sin remordimiento ni censura: libertad. Y que cuando la gente vea el vasito en el suelo, tal vez en una esquina, no piense cuánta basura hay, si no: ¡qué libres que son!

La lluvia, a veces, sucede en el presente...


Llueve, y sólo tengo la parte trasera de un ticket de compra para decirlo. La lluvia tiene algo de soledad, de refugio bajo techo, de llamita a punto de apagarse. Y las calles están solas —si multitud fuera carne y no latas. Las calles están solas, sólo queda la basura en el borde de la acera, y el agua que vuelve a crear caminos, a borrar los pasos. Es como si no quisiéramos tocar el agua cuando nos hemos vestido, no tanto para nosotros como para los demás. Pensamos en libros, café recién servido con el humito en que se pierde la cara e, inevitablemente, en Jazz. Preferimos a Bioy Casares y la cafeína que andar por ahí bajo un techo guardándonos de la lluvia. Es mejor... La ciudad, cuando llueve, sueña con volver a un estado de niñez, íntima y casi ingenua.

Entonces, tras las paredes donde me guardo de la lluvia, donde escribo, se me acerca alguien y pregunta si llueve aún —como quien no se interesa si quiera en mirar. Le digo que sí, que todavía llueve y que las calles siguen mojadas. Me mira diciendo que no está bueno para salir todavía. Quizá habrá que desmentirlo y reiterarle que ni el cemento ni mucho menos la carne pierde ni solidez ni interés con un poco de agua y que la comida sigue igual de sabrosa y caliente llueva o no, aunque a lo mejor tenga razón: su ropa se ve bastante bien. Buenos Aires con lluvia se parece tanto a lo que estoy acostumbrado a ver cuando llueve en mi ciudad, mi pueblo.

Y afuera hay gente en el lobby del edificio de enfrente, unos alegres de encontrar donde guardarse del agua, otros no tanto. Miran con sorna o envidia a los que les dio lo mismo seguir caminando y mojarse porque tenían prisa, no tenían nada que perder o simplemente no había un paraguas a mano. Los carteles publicitarios con ese aire de resignación a la intemperie, de charco que se llena y se vacía con las llantas que se van en él...

Abren la puerta y entra alguien empapado. Tras recibir el mate recién cebado, casi visible tras el humo del agua del termo, cuenta su odisea, por qué se mojó habiendo tantos techos listos para parar el agua, para mantener el orden de sequía, sequedad, hidrofobia. ¿Por qué no esperaste a que escampara un poco? Ten una toalla, te va a hacer mal la ropa húmeda, y mirá el piso como ha quedado. El agua en casa fuera de su contexto habitual puede llegar a ser abominable, así que sécate.

Y no va a parar de llover, ¡qué puto día! Venir desde el otro lado del mundo para que llueva justamente cuando estoy aquí. No sé a qué se refería Borges cuando decía que la lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado. La ciudad, cuando llueve, se cree inhabitable, como si corriera lava por las calles y las gotas fueran pirañas, o algo así. No sé si culparlos por refunfuñar tanto cuando yo plácidamente los hago víctimas de mi lápiz, o unirme al coro y repudiar el agua cuando mi tiempo aquí está a punto de acabarse, no sé... La lluvia le devuelve a la ciudad un hálito de estado natural, donde todas se ven iguales vistas desde distintos lentes.