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jueves, 3 de diciembre de 2009

Aproximaciones parciales al color azul


“Este azul sobre el cual se desarrolla la incesante fantasmagoría de las nubes y que nos parece tan profundo, no es más que un tenue velo, extendido para engañar a nuestros ojos y ocultarnos las negruras que se oculta tras ellos.” —Pierre Loti


Digamos que otros lo saben mejor que yo. Pero el color azul me gusta porque me gusta. Claro que hay un factor psicológico involucrado, nada sé de eso. Los entendidos del tema comentarán. Mas lo que me gusta, eso siempre lo he sabido. En inglés, por ejemplo, el azul es sinónimo de tristeza y melancolía. ¿Cómo no gustarme eso? Una de las acepciones de esta palabra es estar deprimido, “low in spirits”. De ahí que las cosas se vuelvan azules: en inglés se puede uno azular. Según este criterio, para los angloparlantes, la tristeza es azul, incluso honda, donde el espíritu va a dar cuando las cosas no andan bien. Sin embargo, no creo que sea exclusivo del inglés el haberle visto lágrimas al azul. Con temor a equivocarme, y precisamente por eso, me arriesgo a decir que la saudade del portugués es motivadamente azul. Comparten esta condición. Por otro lado, Picasso, a sus veinte años, aprendía a expresar su dolor en azul. Tampoco tuvo que buscar en diccionarios lo que este color representaba, fue un acto de reacción a su tristeza.

Una mirada rápida al blues nos podría dar una idea de por qué en el inglés se oscurece tanto el azul. A parte de su gran contenido erótico, quien haya escuchado el género no podrá dejar de sentir el dolor que corre en la música. El término the blues viene de Blue devils: la melancolía y la tristeza, dos diablos azules. Las primeras canciones que conocemos del blues ya tenían una idea clara de lo qué estaban hablando. “Memphis blues”, de W.C. Handy, habla de un sonido melancólico, de un estribillo hechizador, de una dulce canción adolorida. El poder de esta música radica en su erotismo. Y esta condición nos llevará eventualmente a la tristeza. Una cama sucia y sin tender busca apaciguarnos evocando la euforia de la noche anterior. Hoy sólo queda el vacío después del goce. La canción tiene la tarea de alejar esa melancolía mientras dure la música. Es un escape que recuerda la sensualidad perdida y recuperable. Vale la pena dejarse azular los seis minutos que dura “Empty bed blues”.

Pero la azulidad no es un fenómeno exclusivamente lingüístico, o literario, o musical, pertenece a la condición humana. Los pueblos marineros, gracias a su geografía, se vuelven también azules. Son azulmente privilegiados. Así ocurre en el caso de Portugal. Pasar largas temporadas en el mar nos hace amar la tierra. Sentirse así tiene nombre propio: ellos se sintieron saudosos, sufrieron saudade de sus mujeres, de sus hogares. Hemos tratado de definir en español esta palabra como nostalgia o añoranza, son meras aproximaciones. Pero no es suficiente. La saudade tiene un elemento plus y es el mar. Imaginémoslos: ha meses no ve a su familia, la extraña, experimenta deseos intensos de tenerla cerca. Digamos que la imposibilidad de realizar ese deseo le causa dolor. Y sigue navegando. Sólo queda el mar y hay que distraerse. Que no pese tanto el tiempo. El mar azul fue siempre un triste consuelo.

No muy lejos de allí, en tierras españolas, Picasso perdía a su mejor amigo. Quiso dedicarle algo y sabía pintar. Entonces le hizo un cuadro. Pero la paleta se redujo. El lienzo se mostró monocromático y lóbrego. No, no era pobreza técnica. Lo que quería decir sólo se podía decir así. Entonces crear una obra artística genuina era ser consciente al extremo de uno mismo y que le duela. “Empecé a pintar en azul cuando me di cuenta de que Casagemas había muerto”. Picasso creó una voz basándose en el dolor de la muerte, lo que se conocería como su Época Azul. Y con los seres que identificó más muertos, más míseros, construyó su próximo arte. Azul. Hasta que, ejerciendo su derecho a la necedad, como dice Erasmo, supo olvidar y sus obras se volvieron rosa. Luego cúbicas, luego estrías, luego humanas.

Claro que hay muchas otras miradas al color azul. Tantas como ojos mirando. En la tradición judeocristiana, por ejemplo, lo vieron como pureza, virginidad y de ahí el color de la mujer María. Pero, como por un azar extraño, vuelve otra vez a lo lúgubre. Para algunos poetas, seres de altísima sensibilidad, este azul era un insulto a su forma de vivir. Por eso Mallarmé le pedía a las nubes que cubrieran el cielo. Y a las chimeneas. Pero, y esto es una gran condena sobre el poeta, siempre triunfa el azur. Barba-Jacob, por otro lado, titula uno de sus poemas “Canción de un azul imposible”. Recuerda que hace muchos años vivió momentos queridos, era un tiempo ingenuo, pueril y perdido. Un recuerdo que es idilio, y como idilio, ajeno e igualmente inalcanzable. Volvemos a lo oscuro, al destino triste que parece arrastrar este color.

Decimos, pues, que el color azul, según el inglés, se adjetiva como triste. Saudoso. Sin embargo, en otras lenguas, en otras tierras, otras gentes también lo sintieron así. Podríamos, entonces, concluir parcialmente que la azulidad no es exclusivo del inglés sólo porque consta en su diccionario. Fuera del ámbito anglosajón, el azul también muestra una inclinación llorona, aunque no esté oficialmente registrado. Podría, incluso, arriesgarme a decir que es una asociación natural, como lo hace Picasso en su reacción ante la muerte de su amigo.

lunes, 31 de agosto de 2009

Algo sobre las noches, el vino, lo que esto enreda...



No me podía ir a la cama sin decir nada. La verdad es que sí puedo y estas cosas las hago para ennoblecerme un poco. Decir algo… La ves salir por esa puerta dejando un mundo de posibilidades al veneno de esta imaginación biliosa. A dañarse por dentro… Es lo que quería. Por respetar las decisiones de los demás, ahora montamos sonrisas prefabricadas para no molestar a nadie. Yo respeto la sinceridad que me dio en un billete. Es eso lo que me molesta, volver a lo mismo: y yo pregonando la honorabilidad del dolor… Pero no cuando estás con él encima, sin poder hacer nada, temblado de frío o de rabia, o por el alcohol. Otra vez esta inclinación natural a la tristeza.

Hay que perseguir los buenos olores. Yo no soy nadie para decirlo así, sin guantes, —como Julio—, pero tampoco lo puedo evitar. Es mi vergüenza ser proclive a esta hipersensibilidad, a los tentáculos ineptos de ese aliento. Que sea esto, ¡otra vez!, una excusa para inundar esta soledad sin color de letras, de cansancio y de efluvios de alcohol, por todos lados. No quiero ver nada, ni oír, ni saberla en ningún lado haciendo lo que tiene que hacer, no me da la gana. No busco quien me dé cátedra del llanto. Dicen que eso es estar vivo. Pero quién quiere ese discurrir de sangre empantanada. ¿Quién? ¿Para qué? ¿Quién es el trágico infinito, el infinito güevón? Si no cambiás y mirás que la vida está siempre afuera y no vas a buscarla, se te va a morir el alma en estos papeles, todo un deleite para los demás.

No vas a sacar ni el más mínimo deleite de haber estado vivo. Respetar a los otros, sus decisiones y ojalá su mueca sea siempre una sonrisa, qué va… ¿Quién te va a respetar a vos? No le importás a nadie aunque muestren interés por lo que escribiste en esa servilleta. Todos mantienen los ojos puestos en su propio pulso, no más. Y tienen razón en ser así porque anoche ese violín sonó sólo para mí, y que se acabe esto, no me quitan el violín a las cuatro de la mañana ni ella, ni este amor gris, ni nada. Una puta noche es todo lo que tengo para defenderme, ni siquiera la hora de estudio o el gol de Eto’o esta mañana. Todo eso se puede corromper llevándome invariablemente al recuerdo. Pero la noche pasada, un poquito sucia y fría y heterodoxa, pero personal y humana, muy humana. Yo me quedo con eso, los demás que conserven su sinceridad de guillotina. Les doy todo eso, incluso a la mujer que j’hais autant que je l’aime. Me queda el violín hasta que lo olvide, ya que tenerla cerca lo predispone la suerte de un mejor aroma.

Me podría ir a la cama... A debatirme en una tensión amarga sobre las posibilidad: carnes trémulas... Eso siempre y cuando lo quiera. Mas, si he de recordar para poblar este lujo de desierto, por qué no acercar la lucidez de humo de anoche. Entre tanta sordidez, esa hermandad suave, espontánea, ebria hasta los cordones. Cómo no querer que sean éstos los que me llenen la cabeza de ruidos. Las guitarras con sueño, las exposiciones trasnochadas de todo tipo de problemas, el cariño hacia los que ni sospechas. Lo de anoche, eso está muy cerca de parecerse a la vida. Cuántos niños afuera, niños austeros con identidad en la billetera, tomándose el Leteo a sorbos. Cómo no rendirse a la seducción y dejar de mirar tanto para atrás. Esas hacen valederas noches como ésta, le da color a este hastío sin aderezos, sin sensualidad alguna, una obra maestra de la estupidez. Si no fuera porque en cualquier momento me ven sentado ahí otra vez, para qué seguir empecinado en esta fricción contra todas las paredes del mundo…

Agosto 29, 2009
Santa Rosa de Osos