El punto es que comenten; ustedes saben, queridos: es necesario...
Mostrando entradas con la etiqueta Bancas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bancas. Mostrar todas las entradas

lunes, 30 de noviembre de 2009

(A esa mujer que me encontré dos veces en el Subway. A la que acompañé una noche hasta su casa. A quien le enseñé tres ritmos nuevos. A la que escribí noticas rosas. A la de los besos amarillos. A la que nunca volví a ver…)

—¿Qué hará en sus horas de ocio ahora que vive lejos? Esos sí que eran encuentros. Dicen que no ves la gente hasta que la conoces. Estar justo ahí, en Park Street ese día. Y después, en Arlington… ¿me estará siguiendo?, qué importa. Ya sólo queda decir que fue apareciendo en cada calle y que conste: en las bancas quedó escrito. California, ¿ah?, hasta allá te fuiste... A quién te le estarás apareciendo ahora…

domingo, 15 de febrero de 2009

Mirá esa hormiguita...


Irme del pueblo a leer y vivir solo. Es muy fácil decir estas cosas, y más cuando todavía no se paga por hablar. Vivir solo, leyendo Benedetti a tragos, tranquilo, con un poco de café, cine, vino y otro poquito más de Mario. Iluminar los recuerdos de ceniza con discos todavía vivos, solo, borracho, a veces alegre, a veces humano, y así. Salir a caminar entre la gente que no sospecha tu vida, y saludar los árboles y los pájaros y sentir ansias de volver a casa porque los árboles y los pájaros son presencias abrumadoras. Llegar a la silla con ganas de estar en ella, con unas ganas sinceras, buscándola... Estar solo para poder ejercer el derecho al recuerdo. Y cuando alguien se acerque en uno de esos paseos ocasionales y quiera compartir contigo al menos un guiño, que esa persona sepa de antemano que cada café tiene que ser un café tomado con sinceridad de árbol y cada canción se beba con alegría de pájaro y si en algún momento ya no lo soporta más —que es lo más normal, usual y humano que existe—, la renuncia también es un modo. Irse del pueblo a leer y sentarse en todos los bancos que encuentre, y abrazar todos los talles que alcance y las sonrisas y los gestos. Y tener conciencia de que no es el hecho de vivir solos lo que nos hará genuinos; si no, mirá esa hormiguita.