El punto es que comenten; ustedes saben, queridos: es necesario...
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miércoles, 9 de febrero de 2011

Yo me acuerdo, en las tierras frías...

Bref. Sí, vos. Vos, sí. La única que, a veces, me ha leído. A mí, que nada tiene que decir y que no ha dicho nada. Dudamos si lo dirá. A vos, chocolate en la boca. Me acuerdo mucho cuando, en las noches altas de las tierras frías, íbamos a tu casa o nos encontrábamos cuando nos buscábamos. En una esquina cerca de mi casa, lejos de la tuya. Lo hiciste ex profeso, como dicen los viejos, porque lo que buscabas era eso, caminar un rato conmigo; yo no me oponía cuando, volteando, salías primero, mostrándome a dónde ir. No conocía tu pieza. Pero seguí el denim que te apretaba las caderas. La invitación, no lo negués, no pudo ser mejor. Todavía besando los besos que me habías dado, devolviendo el camino a la casa, decía, hablando solo, con palmaditas de felicitación, que los besos eran los movimientos más rico que conocía, y el chocolate que te vi en los labios me puso a cavilar, sacudiendo sonriente la cabeza a veces.

Alter-Sciptum. Yo sé que es breve. Por eso lo dije comenzando. Pues, tampoco es todo, es un pedazo de más cosas que voy recordando y te las digo, igual te lo debo.

martes, 2 de noviembre de 2010

Como en las tardes frías de las tierras altas...

Tres monjas color beige vienen por la izquierda rezando lo que se reza a las cuatro de la tarde; la mujer de las botellas va y recoge sus botellas de día en los lugares de la noche. Hay una reunión casi metálica de nubes en los ventanales del edificio al frente. Mongo le soba las manos a J. que cinco minutos antes tomaba café conmigo en la misma mesa, antes de sentarme aquí. Las gafas gruesas de esta señora pequeña saben sólo de dios, es lo único que pueden saber. Cladia, digno ejemplo de su cuerpo, sabe, caminando todavía, que quiso a otro hermano mío en las noches de conocer el alcohol. Apuradas, lucen con frío sus falditas a cuadros las estudiantes y comen conos y a veces se ríen, como en las tardes frías de las tierras altas, como siempre, como casi siempre. Una familia con rasgos que desconozco: somos un poco la ciudad que no perdió la nostalgia triste de lo bucólico. Aquí adentro tomamos café todavía y siguen hablando, como todas las otras tardes, mientras juegan a tapar el sol las nubes, asomándolo entre reflejos y sombras. La profesora vieja, madre de mi generación, nos mira; se debe preguntar por qué no estoy trabajando o estudiando o seduciendo niñas que no sean sus hijas. Don Guillermo goza la música. Las cuerdas cubanas se le agradecen a Ráquel, en la barra. Un tipo mínimo, no por pequeño sino por anónimo, lleva de fardo al hombro un costal y sigue hacia abajo quién sabe adónde. Si fuera como todos a las seis podría decir que va al altar de la virgen, pero ni él es como todos ni son las seis todavía. La capilla no cierra las puertas esperando el tiempo de sus parroquianos. Mongo se va porque no hay café, aunque siempre tome agua aromática. La luz es débil en la pared blanca de la capilla y ya puedo mirar sin cerrar tanto los ojos: don Guillermo alza la voz, yo finjo estar interesado. Ráquel dio con una olla al suelo. Los periódicos no dicen nada y nos reímos de ella. El doctor Téllez baja a su casa, lleva un buzo azul, de lana. Se levantan los primeros vientos fríos de la tarde, como siempre, como casi siempre. Pasan de nuevo las gafas y su señora, a la comida. Sube igual el doctor Téllez. Las campanas de la capilla, como siempre siempre, activan sus cuerdas.

lunes, 16 de noviembre de 2009

«Felices los que creen sin haber visto.» (Jn. 20, 29)

Me acordé de algo: caminábamos por el pueblo y me quería sentar. Entramos al Berrío. Ya sentados, de repente muy triste, le dije al primo: “para algunos la vida no es más que un no soy capaz”. Yo no soy capaz de muchas cosas, y por eso me ven siempre en el Portal tomando tinto. No piensen por eso que voy allá a sentarme a buscar soluciones. Que me reviento sondeando maneras de salir del embrollo. Nada más ajeno. Voy porque quiero olvidar que no soy capaz. A eso y a tentar al destinto: si me ves con mi libro, mi tinto, a lo mejor te quieras sentar. Ibas para otro lado pero eso ya no importa. Si ves cómo confirmamos lo que decía Julito. Convergencias, aunque en el fondo ellos también vivían buscándose, a pesar de lo que digan...

Andar sin buscarse... Pero cuando no nos encontramos, qué… Vos decís que te burlás de esto porque en la ausencia igual sos feliz, y te creo. A mí no me da hasta allá —y ahí el epígrafe. Porque sé que llegan las ráfagas del hombre, el tiempo del mundo al revés, la enfermedad, los no-soy-capaz, y si no estás… y si no estoy… Nos volvemos dependientes, algo que no entendía bien El principito. Yo tampoco. Cuando no nos encontramos y estamos cansados, no sabés cuánto me tienta la idea de que el mundo me domestique, que me ahoguen esos lazos… El hombre elige sus cadenas. Es la única opción que le dan. El resto es tan impuesto como inevitable. La propuesta es… elijámonos. Si nos hace más amables y si en el pueblo sigue haciendo frío, elijámonos. Seamos títeres, audiencia, prestidigitadores. Yo haré el esfuerzo de no mostrarte nunca las cadenas.

sábado, 31 de octubre de 2009

Microficciones casi urbanas

1. Estaba en la tienda al frente del Colombo. Acababa de ver una película. Me gusta tomar algo antes de irme para la casa. Escogí una sillita un poco apartada de la calle donde pudiera tomarme la gaseosa en paz. Entonces vi una muchacha sola llorando. Hablaba por celular. Me quedé pensando qué causaría esas lágrimas. La miré fijo, disimulando un poco, y me di cuenta de que también ella estuvo en mi misma sala, y que estaba acompañada. Con la luz que antecede el espectáculo, pude ver que quien la acompañaba era más que una amiga. No suelo juzgar a priori… Aunque ahora que la veo llorar, tampoco puedo confirmar nada; sus lágrimas pueden hablar de emociones, pero no señalan ruptura, muerte, soledad, nada de eso. Toca quedarme con la satisfacción de que un día vi a una chica llorar… y a otra…: a ésa no sé si la vi.

2. Ocurre que en mi Santa Rosa de calles anchas y caras conocidas, pasa alguien en su carro recién comprado y adornado a más no poder. A su equipo de sonido le gusta ser lo único que se escuche. Cuando pasa por ahí, todos nos miramos desde donde estamos y hasta donde el ojo alcanza, lanzamos una mirada de reproche y parecemos estar de acuerdo en nuestra disensión. Sigue pasando el auto en su estertor y las miradas cobran voces y remilgos, vuelve a pasar y ya ni nos podemos escuchar, todos queremos decir que odiamos el ruido y la ostentación, pero hasta este punto ya gritan las miradas y no cedemos a otras opiniones.

3. Estaba con su mujer en un restaurante de comida rápida en Bulerías. Prefirió hacerse afuera porque hacía calor. Ahí sentados pudieron ver cómo un grupo de indigentes improvisaba un cambuche para pasar la noche. La imagen lo conmovió. Cuando le llegó la comida decidió no terminarlo todo y dejarle un poco a alguno de ellos que seguramente estaba hambriento. «¿Querés un poquito de comida?», le dijo a uno de los que ya se habían acostado. «¿Comida?, eso no es comida, eso es sobraos», y se volteó para el otro lado… El hombre quedó perplejo. Todavía no lo ha podido entender.

4. Suelo ir a un restaurante a media cuadra de mi casa que se especializa en crepes. Aunque nunca hablo con el mesero o con el de la cocina, he aprendido a conocerlos un poco, más por la comida: pollo con champiñones es mi plato más común… Fue un lunes que llegué de la universidad y no quería cocinar. Estaba bueno el día para sentarse y leer un rato. Esta vez las cosas no fueron como esperaba que fueran. Desde adentro se oía una voz chillona exaltándose en intermitencias. Creo que era el cocinero. Alzaba la voz para referirse a una cuenta que no se pagó y a unos recargos descarados... Ese día no nos fue bien a ninguno de los dos. Aparte del bolsillo roto del cocinero, el crepe que tanto disfruto ese día me supo a recargos financieros y a números desaliñados.

5. —¿Saliste otra vez con ella?
—¡Pero que no salimos!, no te he dicho pues…
—No, no te creo: cada ocho días te encontrás con ella, eso me degiste, y no hacés nada… no, así no…
—Pero… ¿qué no podés creer? Simplemente nos encontramos y hablamos. Es que así fue que la conocí. Un día fui a La Raza, ¿te acordás?
—...en Palacé…
—Sí, sí… un día estaba aburrido y me fui pa’llá, pedí una cervecita y me senté en el bar, a pensar, y llegó esta nena y se me sentó al lado…
—A lo mejor es puta…
—No, no sé, es que no te digo que llegó de una y se puso a hablar, estaba como medio aburrida y nos quedamos hablando… Esa noche me fui al ratico y me dio por volver la otra semana, cuando llegué ella no estaba, pero igual me tomé la cervecita como para no perder la ida y volvió a caeme, y así…
—¿Y cuándo me la vas a presentar?
—Pues home… cuando la conozca…

miércoles, 6 de mayo de 2009

Sobre un cafetín


Dobla la esquina a la derecha y llega al Portal, una cerveza lenta, el repertorio usual de sonrisas, cómo quedó el partido, qué decía el tablero ayer, para seguir el camino, Cuesta abajo. Refresca un poco darle al tiempo pausas: ahí, adentro, entre el murmurllo y la canción —café, el abrazo, libros—, hay algo de esa calidez que, dicen, nos caracteriza.

«Buenas noches don Julio, cómo está…» La pared, ya sentados, nos mira con su argéntea impronta de años, de un tiempo que no nos tocó. Otrora piezas de lugar común, hoy, la memoria en imágenes casi de olvido nos saluda desde allá arriba, como desde una atalaya. La primera media, los guiños tempranos de entonación etílica y… gradualmente, comienza a embebernos el alcohol.

Percanta que me amuraste, Gardel, en lo mejor de mi vida… No sé cuántos se han preguntado por qué habrá que volver. Será mejor el envejecimiento del anís, o se sentirá uno menos culpable. Imagino cafés parisinos donde lúcidos piantados apuraban ajenjo y sopesaban filosofías descaradas, donde, bajo el vaho de camaraderías, planeaban mayos de futuros ’68s y Montesquieu prohibía el café… Pienso en arrieros ebrios y felices, se siente la nostalgia de un pasado que no se ha podido perder aún.

No sé cuál será su plus —y me he preguntado enredado en melodías—; lo cierto es que, cual hijo pródigo que no partiese nunca, después de entrar por primera vez, se le ve sentarse en la barra, con las manos perdidas en los bolsillos de frío, la mirada baja y la voz un tanto trémula, entrando de nuevo, saluda, llega un aguardiente y…

De la pared, como museo errante, miran las figuras de aquellos que cantan, componen, desvarían. Troilo mira a Marini y el último, al tríptico real. Con guitarras fieras apuntan a los tres de la Ranchera —y faltó Solís. Gardel, duetos y tristeza, pléyade de fulgentes criollos aseverando a gritos su atemporalidad. Cuelgan, también, metales de uso prístino, imágenes del brumoso ayer, canciones ya casi olvidadas. Entonces uno entra, pide a beber y el encuentro se hace inevitable: un reguero de recuerdos tirado adrede contra la pared.

Lo poco que uno recuerda. La música allí, como algunas poesías, hechiza. Sí, es lo que uno recuerda, el resto ya no está presente: gustó tanto la canción que la botella, poquito a poco, se fue muriendo… Recuerda que, entre brisas de aguardiente y café, el Son plateado de los discos viejos y la sensación del ayer metiéndose por los dientes, lo vieron salir de El Mojicón cuando el último pagó la cuenta, trece cobijas fueron su arrullo y al día siguiente, de nuevo, doblaba la esquina…

(Por la foto a Oscar Tamayo, gracias...)