El punto es que comenten; ustedes saben, queridos: es necesario...

jueves, 28 de octubre de 2010

Valentina Sombreros

Valentina Sombreros,

“La desolación esencial de sus fútiles andanzas.” ―Conrad


Intro.

Darío Jaramillo, a quien conozco por medio de otros ojos que lo han visto, por el mismo medio que he conocido a Piazzolla, a Jakobson, le escribió una carta a su amigo en forma de libro poco interesante, para hablar con mi verdad. El destinatario de una correspondencia versada en misterios del oriente resulta ser un narratario bastante interesante. Hablan de un acontecimiento lógico paradójico, la muerte de Alex, un amigo colombiano, creo, bien ficticio o real, con una letra final que lo actualiza y lo adorna, Alec. No valía la pena gastarle esa nochecita en el Portal, al lado de Bucósqui, a un compendio de intentos que no me eran especialmente atractivos, sin embargo, y todo libro, por más parecido a A. F. que sea, tiene algo que dejar al que desea dejarlo, así sea poco el tono de la portada; me mostró un modelo. No soy diestro en estas modalidades homéricas del arte pero estoy casi convencido de que mi combinación particular puede ser tan válida como la de Mann porque ninguna Montaña mágica se parece a estos cuerpos con secreto de piedra en los que ando los viernes que llueven, todos los días.


Misiva a Valentina Sombreros, mujer con aires de Burton.

O sea, vestuario de arlequín, a retazos, como ven los ojos del hombre, como el borde de cada una de mis uñas: siempre me gustó tu nombre. Se parecía a algo que yo conocía adentro, porque también puede ser que, como dice por ahí en Niebla Unamuno, uno nunca ama lo que no ha conocido antes, haciendo un truque de sentido ―lo que nos pone en la misma dirección: sentido― along with otro sintáctico, así como hizo Twain con el no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy ―máxima antiprocrastinástica― diciendo: no dejes para mañana lo que puedes hacer pasado mañana, y aun mejor: no dejes para mañana lo que puedes hacer la semana entrante, lo dijo Daniel y yo revolvía la vainilla…

Mirá que no pude esperar. Necesitaba un oído que hablara, y no lo sabía: me delató la urgencia, la fluidez... Mirá que yo a veces no creo en lo que digo porque siento desde adentro que lo que suena afuera es una postura, una forma de segunda vida como la Gúrov y, así como el de La dama del perrito, la segunda vida, que es la social, la perceptible, casi siempre la otra parte del diálogo, es un compendio de actitudes artificiales en aras de ser aceptado y no herir a nadie con tus singularidades, camuflaje para no lidiar con la pasión de nadie… La primera, según un criterio mío moral, es privada y en ella uno vive lo que realmente tiene alguna importancia porque intuye ahí el verdadero cuento. Mi segunda vida es ilegítima. No ha sido justificada antes los demás. Esto me hace imperfectamente semejante a ellos, y se cree en contra mía. Desconozco la forma de llevar máscaras according-fashion. No sé. Y con vos, Sombreros, no obliga teatralizar una segunda forma de estar vivos, llamémoslo sin raíces griegas pielamente, sino que quítate el antifaz chico que hace rato me quité el mío…

Ah Vaneshka, que el corazón esté oprimido es una hermosa expresión. Imaginate coger un corazón como una esponja, exprimiendo sangre de los ventrículos, derramándola en el lavaplatos. Ahora imaginátelo donde siempre está, emanando fluidos calientes dentro de las costillas, obligándolo a que sea él pero con un tremendo esfuerzo, poniéndole piedritas en la mecánica de sus funciones. Debe ser por eso que es tan difícil sentir el corazón oprimido cuando se va una mujer insatisfecha. La puerta se queda cerrada. Y así se quedará hasta que uno salga corriendo porque el recuerdo es como una marca que alarma y, como a veces soy poeta, me duele entender solamente un significado ―que en sí me es doloroso― de ese hecho sensible, cuando hay en él mil, innúmeros, decía Emerson, y esa puerta quieta sólo, solo solo me dice una cosa: una mujer…

Las cartas son elocuentes y perspicuas. Las noches en vela… Amabas me hicieron entender que el problema es que no sepa, no pueda comportarte comme il-faut, y ninguna otra cosa. Hay presupuestos antes de... Si el problema se sitúa en la incapacidad de uno de esos presupuestos, no saber hacer, la cuestión es humanamente solucionable. Se trata de una función, “saber hacer”. El hombre normal está en la capacidad física, fisiológica de realizar casi todas las actividades del hombre ideal, un poco menos en la esfera psicológica amén de algunos trastornos sociales muy comunes, pero existe una gran posibilidad de que el hombre se ejercite en cualquier función y hasta llegue a amaestrarla. Entonces, una vez activo en todos los presupuestos ―después de haberme confrontado a mí y al otro, envés de mi experiencia humana―, el problema de la existencia me será salvado, según la fantasmagoría de Fromm.


Dos.

O hablemos, mi querida anacrónica, mi fueradelugar, sobre la falta de confianza en la estabilidad de este tronco vertical, sondeemos obscuridades. La vida está pendiente; la gran vida, que llaman Tierra o dios, brinda la posibilidad de vivir a… cualquiera, no importa a quién, es una cuestión del azar y los suelta en la superficie física de su cuerpo. Sigue pendiente. Cuando ve que una de las vidas actúa en desacuerdo con ella ―uno lo sabe por algo que se transmite en la carne y no es ADN―, se lamenta por algunas que nacieron muertas, por otras experimenta algo parecido al vaho del café en la brisa fría del invierno. Le alegra ver vidas que suben y bajan, que cargan grandes tristezas porque ese punto diminuto de energía actúa y sabe qué son las cosas de la Tierra. En cambio, el estático ignora su espacio. Sólo puede salvarse si la sensibilidad lo ha contaminado. Cuando la vida habla, y con la vida me refiero a todo tipo de vida que es una, uno escucha: es la forma de conciencia más austera. Uno escucha y se tiene que tener parado, aplastado en posición de estípite, permanecer así la mayor parte de los años de la vida, trasladándose levemente, fútilmente, sus actividades son bagatelas que no trascienden este pavimento y al morir les llega la angustia, olvidan que el día muere y el poniente es hermoso. Quedan en la memoria sólo por los hijos que pudieron mantener en vida, por nada más. Los hechos de su vida fueron inútiles. En el marco de la puerta que está en caída hacia lo oscuro un hijo no sirve de nada. Una generación más, es todo.


Tres.

Trasládome, con esta tau, adentro. Pongamos el foco en mi primera persona. Darse cuenta del tiempo, que es una impresión fuerte, puede dar con cualquier vida al suelo, impotente, insana como la gente que enloquece a causa de diablos y de yerbas. Sufrí un pequeño derrumbe en geotropismo positivo, más abajo aún ―dando tumbos inframundo―, pero ya estoy casi parado. Hay que saber que sólo se sube escalando o por medio de la asunción, como María al cielo, actuando. Se necesita un verbo acción, todo tipo de actividad es ya un poquito más arriba. Para Tóteles, toda actividad era un movimieno del ser hacia su estado de perfección que llamaba entelequia. Yo por ahora no busco la perfección, solamente salir de aquí, es todo.

Les aprendo a los grandes a cucharaditas, como comiendo compota, los saboreo inmensamente y no me vuelvo a acordar. Primero dicen que relatamos acontecimientos ―que son más que sucesos― que están en el tiempo, en la experiencia temporal, con la intención de delimitarlos en un texto, saber qué son y organizarlos, explicarlos. Luego dicen que no se puede porque “es imposible comunicar la sensación de vida de una época determinada de la propia existencia, lo que constituye su verdad, su sentido, sus sutil y penetrante esencia. Es imposible. Vivimos como soñamos… solos.” Yo comulgo entre los dos con el poeta: es imposible a veces contar, según una lógica cuidada, lo que nos pasa, mis acontecimientos, me los recuerde o imagine, en un modelo de intriga totélico, yo tengo mis formas de decir. Tóteles, como máquina que era, sí pensó ampliamente al hombre y al universo pero yo, con mis cargas de cultura actual, de disfunción dispar y particular, con la forma que me es propia de estar vivo, sin saber ni siquiera qué contar ni por qué, ando en un espacio oscuro, sistematizando sombras, revelando sentido detrás de ellas y un día el sistema estará casi cerrado, completo, y seguirá siendo oscuro. Es mi manera de estar vivo adentro, no una función cognoscitiva, no hay que confundir.

Porque parecí quedarme quieto en Bucósqui, llegué a preguntarme asuntos con alarma, despertando al hombre dormido que es el interés. Tres cosas aquí: Conrad ilustró un estado de inercia aparente que reconocí en el bar. Dice que él había renunciado a molestarse por el objeto de su preocupación arguyendo que “la capacidad humana para esa especie de locura es más limitada de lo que ustedes pueden suponer.” Se dejó de preocupar, así como yo cuando me preparo el segundo Tom Collins y empiezo a seguir cayendo. Erich Fromm concluyó que el hombre, consciente de sí, de su soledad ajena al inmenso mundo que lo rodea como un lazo, tiene como necesidad seria fundirse para mitigar el aturdimiento progresivo de esa voz pertinaz que es la conciencia. Da una última prescripción: “un fracaso absoluto en satisfacer tal necesidad puede conducir a la locura.” Al darme cuenta, dejándome invadir por una influencia que me era familiar y me ponía preguntas donde ocurren los pensamientos, me alcancé a espantar, como cuando hay poquita poquita gente, cuando el cabello o el proyecto que se difumina en el tiempo largo, uno tan corto. Durante el día estaba aterrado porque todo hecho real lo comprobaba, Fromm tenía razón y yo, desde su ojo que ve, era la mismísima prueba y ejemplo: me estoy enloqueciendo. Escondiéndome, según impulsos naturales al hombre que no me son inconvenientes, paso mucho tiempo con los ojos abiertos, buscando el camino de volver a subir la pendiente por la que caigo cada vez que escucho la verdad o la experimento. Toda información, allá abajo, es renovada. La mirada se vuelve actualizante, los asuntos plenos de rasgos que preconozco y deseo. Todo es interesante. Todo regala un poco… Pero es lo único concedido al que cayó en las sombras.

No sé escribir sino cartas

Si la memoria se nos cae como la arena de la mano a Poe, igual a todo lo que me es circunstancia, voy a tener que mantenerte aquí un poco, entretenerte. Mientras dure una frase, como el blues que se canta y se olvida el dolor sólo si seguís cantando. Vos me diste una canción, y te movías despacio en la silla, con los acentos, las cadencias, yo te era testigo: me hiciste mantener al unísono con tu silla, ibas pasando revista a los que te oían, y los mirabas, y me mirabas, y no me mirabas. Le dabas risas a la de la guitarra, hermana tuya cantando, amarrando los ojos, soltándolos luego agachándolos, apagándolos. Si los ojos se encuentran se enredan. Yo tenía más razón en mirar al frente. Todos los ojos de la gente sentada, gente sencilla sin mayor riesgo ni resultado, estaban donde vos. Oían tus canciones latinoamericanas, tus poemitas pa’ el oído… Te fui testigo. Ya estoy en el derecho que me da la experiencia de hablar sobre la voz que escuché un miércoles, de querer volverla...

jueves, 5 de agosto de 2010

Que yo soy sensible como un tren

Que yo soy sensible como un tren, les digo,
para que no me entiendan,
para que miren hacia otro lado.
No les he pedido más que su lengua.
Poco de caridad o de sangre.

Ya me han dado bastante con enseñarme a caminar.

Porque al buscar en su mundo
lo que yo me atrevo a llamar el mío,
al abrazarme a un árbol que separaba las calles,
me han mostrado con sus dedos, a mí,
el sol brillando en sus espaldas.

También puede ver el hombre por un solo ojo,
les digo, y, en ocasiones, algunos se ven forzados.

viernes, 9 de julio de 2010

Todo, através del humo, se ve mejor

A veces es mejor caminar. Carabobo con una de las calles que la cruzan antes de Colombia. Estoy esperando que el semáforo me deje seguir mirando gente pasar. Sigo parado, fumando mis primeros cigarrillos. Hay que parar, y mirala. Describir es con frecuencia caminar al borde de un abismo temiendo caer en lo kitsch o en lo cursi o en lo almibarado, pero algo mucho peor es no decirlo: eso sería mandar estas cosas al olvido, sin más ni... Se le asomaban, entre la fibra rota y desgastada, unos tres o cuatro cuadros de piel. No decían nada, pero uno igual se imagina que dicen algo y que esos senos chiquitos y esa cara maquillada perfecta, que efectivamente me le acerqué y se lo dije porque, como todos sabemos, es de mala educación quedarse con las cosas para uno solo y más si tienen que ver con los demás. Fui y se lo dije, que era muy bella y que por el bien de ambos, ya tenía que tomase un café conmigo porque, como todos sabemos, no es correcto separarse de una persona que te ha complacido en algo sin habérselo agradecido antes: por ahí está escrito que Dios perdona cualquier pecado menos la ingratitud. Ella medio se rió porque le había parecido raro divertido eso que le dije, pero también porque no le disgusté del todo y además le daba pena demostrar que no había entendido nada —y la risa esconde porque masifica. No fue tan difícil llevármela a una mesa, lo duro fue lograr que se soltara un poco. La nena, al fin, resultó no tener nada que decir y yo, que también tengo alto aprecio por el silencio, le dije, como proponiéndole, que nos quedáramos callados un rato y luego nos fuéramos a otro lado. Ella no quería porque no podía salir con cualquiera por ahí, aunque yo pareciera inofensivo en medio de tanto hijueputa. Al principio dijo que no y que los confesionarios y los votos de castidad monógamos, pero después tuvo curiosidad por saber quién es que era ese Jeunet y sus imágenes hermosas y los tres besos y eso, que en verdad parecía interesada. Todavía callada, parecía que se le había olvidado ese cuento de las camándulas: pude completar el rompecabezas de los cuadros de piel, completo, sin nada que los descontinuara, y cuando me dejó el semáforo, seguí caminando pasándole al lado, absteniéndome de respirar hasta que ella llegara, para poder olerla, así…

martes, 18 de mayo de 2010

Paréntesis

No da sino pa comerse las uñas. De esos días. Buscando una posible causa llegué a pensar que era exceso de agua, de pensamientos y fricciones obscenas. En esos días agradezco no habérmelas comido antes. Como que quiere llover y no llueve. La gente vuelve a querer algo de vos y hasta te lo reclama. Recuerdas que vives en un pueblo pequeño y las posibilidades son tantas, desde que se trate del hombre. Otra vez abriéndole la boca, casi obligándolos, para que digan algo, los libros, los que escriben los libros... Las tardes en el café del pueblo. Los dedos todos mordidos...

sábado, 20 de marzo de 2010

Montar un café bar, Bukowski, o RE-inventarse el agua tibia

Soy Jostaf. Lingaje y yo hemos tenido una idea: un bar. Mejor que tener una idea es haberla vuelto material. Fue en un pueblo frío del norte, La Beatífica Flor, en una esquina santa. Nos paramos a observar y, mirándonos, dijimos al mismo tiempo, validando la frase: “aquí se puede levantar el espacio”. Se lo digo así, aunque sepa que estoy hablando desde el otro lado, más valdría preguntarle a los otros. Habría que hablar con ellos, querida, pero si usted quiere yo le puedo contar lo que sé y lo que creo que sé.

Primero queríamos comprar un tren sólo para poder entretener los pasajeros. Que al subirse se pusieran cómodos y, tranquilos, nosotros nos encargamos de todo. A la una y treinta se bajan y ha sido una buena noche. Mostró ser bastante inviable. Pensamos luego en un burdel —aunque no lo hayamos pensado— donde fueran a despertarse un poco, tomar algo y mezclarse. Tanto edificio nuevo no nos escondía, y otra vez a seguir pensando. Luego se nos ocurrieron toros, circos, neveras pequeñas, difícil difícil… Como no se podía ninguna, le apostamos a un escenario tan democrático como el alcohol, que nos diera de todo un poquito, el premio de consolación.

Nos consolaron con un lugar intermedio, un bar circotrenspacalavera. Ya nos ven tras la barra. Y de lo que vemos sí les podemos hablar. La gente pasa, se pregunta, podrían seguir derechos, pero muchos no lo hacen. Algunos se sientan —que es, según los élmanes, volverse silla— y hacen lo que deben: jugar, el diálogo, tomar, leer. La mezcla. Lo de los libros también surgió como un mal pensamiento. Quisimos darle material de fantasía, sueño, quizá recuerdo a las sillas que hablaban. Y empezaron a llegar piantados y queridos y algunos que se querían querer. Les gustó habitar este lugar e, inevitablemente, habitarnos a Lingaje y a mí.

No puedo contarles más. Jostaf es hombre de pocas palabras. Me gustaría mucho hablar de lo que cuelga en las paredes, de las historias que cuentan las rayas en las mesas, los amores consolados en la barra, pero todavía queda mucho árbol, no hay que preocuparse tanto. Bukowski, de quien tampoco les he hablado, sigue abierto buscando tentar con afecto, esperamos. Hasta la próxima tala…

—Jostaf Uzal


jueves, 18 de febrero de 2010

Tendría que estar explicándole a alguien por qué me preocupa la soledad, yo sé, incluso a otra mostrarle mi mejor Abelardoliveira, pero no podía. Cómo querés que no te tenga dando vueltas en estas puertas matutinas trasnochadas que es recordarte, ah… Es mejor concentrarse en esta confusión de la noche que seguir directo a la cama sin zaguán ni amuse bouche (cuánto me cobrarían este esnobismo chic y este paréntesis cabreriano), hasta mañana. Digo que al final de la noche, la pública, que no siempre es la más elaborada o sucia, te me aparecés, como el fantasmita trabado que sos, y seguís entre las teclas que no pueden sonar pasito, saltando, sacando la lengua como para tocarme. Entonces, volví. Sí, pensar sólo en vos, encima del hambre y del colchón. La noche de la otra noche, cuando no me dijiste qué hacer. Yo pensaba que el paisaje que me prometiste al montarme al carro, al reclamarte una vueltica antes de dormir iba a ser un saludo de monte, ligero y explícito, a todos mis amigos. Los encontré en el dibujo de las puertas que se cerraban porque queríamos privacidad, en un cuartico privado. En un juego en el que yo seguía sin saber… Terminé enrollado en un preámbulo al jacuzzi mientras me babeaba al ver que un teléfono sabe hacer tantas cosas con sólo oprimir el nueve. Digamos que, como te lo dije cuando ni me oías y tenía mi dedo en la oreja, fue cuestión de entender la diferencia entre tres o cuatro letras que hasta suenan parecido… Por ahí estaba yo, evitando esos abismos que se lo llevan a uno cuando levanta la cara… No es que lo entienda ya, de nada me serviría entenderlo, pero volver sobre estas cosas te motiva, a no sé qué, a volverte humo literario, lo que debió ser y no lo que fue.

De lo que te voy a hablar...

No sé si le gustará, no sé si yo deba volver público esto que nada tiene de interesante (ni para los hombres ni para los perros), de eso que la gente ilustre sabe hacer. Debería reprimirlo también porque ella, que sigue viva, lo podría ver y los que la ven a ella y los que ni la pueden ver. Uno debería ser cuidadoso, pero tengo y hay tantos adentro que el cuidadoso queda reducido y eclipsado y todas esas palabras que se inventaron para decir lo que quiero decir... Sin ado más lejos, le deposito en su casillero esto que ya conoce, Malbaynaz, querida, me acordé que necesitaba a alguien que no tuviera vocación de contador de arena, de esos crononeuróticos, y te aparecés olvidada del olvido... Loynaz, yo me dije que qué bueno escribirle algo pa que no se olvide de mí, que dejo de ver a la gente y siento que me olvidan, como un recuerdo maluco después del sueño, pero ya no era necesario porque me lo dijiste en secreto por la ventanita. De todos modos, concluí, le podía decir algo, como para asegurme de que no me olvidaran, olvidaras, olvidaranas, malva blues, y escribí esto menosprimiendo el instinto de preservación que nos amarra los dedos desde arriba. A pesar de que me tocó escribir con los poquitos dedos que tenía libres, como haciendo los pinceles de cabello de viejo calvo de los que habla Juan Efe, me (aunque viéndolo bien, tampoco es tan terrible hacerlo, puede que haya estado echando babas todo el tiempo, con la boca en forma de nube, disculpe usted, señorita, ¿Lumiere Blanche?)...

Un saludo con amor elmánico —no es tan raro como dicen y ven, en serio.
Firma: Jostaf...
Posdata, ta: lo de elmánico es pura postura nomás, eufonía, ya sabés cómo me gusta la música...

miércoles, 3 de febrero de 2010


Puta de las cosas que pasan. Cigarrillos. Eso es la noche, y un poquito de música. Digo puta queriendo decir más, pero sólo me acuerdo que la noche es un infierno en potencia, y cómo se agita la gente ardiendo. Se chocan y rebotan. Cuando paré de rodar estaba en otra cama. Todavía me estaba moviendo. ¿En otra cama? Entonces había que despertarse porque jugar con cuerpos prestados es ejercicio prestidigitador, y si te expones demasiado, te traga el Maelström. Soy muy pequeño para estos comportamientos tan humanos. Luego se despiertan, vuelven a rodar como piedra de Sísifo o de Gabriel y violan al hombre y sus ideas. Cómo nos creemos de grandes dentro del remolino… Bajen bajen… ingenuos dioses caídos… putos libres desadaptados… perros hambrientos sin casa… Cuando vuelvan al ritmo seguro del tinto a quinientos van a sentir las miradas, párvulos, no sean tan ustedes que eso hace daño. No sean tan ustedes que en la casa bonita de la esquina no dejan dormir a la señora y ya ha sufrido bastante. Seguimos hablando… No ves que ya es de día y estamos borrachos como un camión, como una mata verde que da frutas y emborracha. Adiós adiós adiós adiós, más tarde seguimos bailando, quiero decir mañana, más tarde, ¿bueno?... Adiós…

sábado, 30 de enero de 2010

Sobre la tibieza en la poesía...

Vivir con poesía es, según los que saben algo, una forma de vida con vida. Volvemos a la poseía porque la creemos necesaria. Entonces, depurados que ahora somos, quedamos de acuerdo en que la poesía media entre el hombre y el mundo señalándonos la belleza. Sin embargo, hay personas para las cuales la poesía es cuestión de conveniencia. Cuando ven que ya no les hace falta, le echan la culpa a la condición humana y siguen sonriendo siendo otra vez tan estúpidos. Son poéticos hasta que les da hambre, sueño o ganas de ir a otro lado, pero no lo pueden admitir. Callan porque si hablan podrían escucharse, cosa que no logran soportar. Igual en la calle, su postura es de ser sublime con ínfulas de mártir, con aires de poeta maldito en un cuerpo privilegiado. Hemos visto a algunos pasar así. Su insistencia en no querer oírse los ha vuelto maestros de la evasión, amanuences sórdidos de todo tipo de mentira con ojitos suaves. Estos seres suelen caerse en las alcantarillas los viernes por la noche. Nosotros los miramos sin lástima, pero sabemos mantenernos alerta, evitando que su seducción llegue a sacarnos palabras de las que se alimentan, estamos con los ojos hacia afuera. Y si queremos hablar, optamos sabiamente por recordarles cuando fueron como nosotros, eso suele irritarlos hasta las lágrimas. Hasta que se paran de la mesa y vuelven a ser ellos.