El punto es que comenten; ustedes saben, queridos: es necesario...

lunes, 16 de noviembre de 2009

«Felices los que creen sin haber visto.» (Jn. 20, 29)

Me acordé de algo: caminábamos por el pueblo y me quería sentar. Entramos al Berrío. Ya sentados, de repente muy triste, le dije al primo: “para algunos la vida no es más que un no soy capaz”. Yo no soy capaz de muchas cosas, y por eso me ven siempre en el Portal tomando tinto. No piensen por eso que voy allá a sentarme a buscar soluciones. Que me reviento sondeando maneras de salir del embrollo. Nada más ajeno. Voy porque quiero olvidar que no soy capaz. A eso y a tentar al destinto: si me ves con mi libro, mi tinto, a lo mejor te quieras sentar. Ibas para otro lado pero eso ya no importa. Si ves cómo confirmamos lo que decía Julito. Convergencias, aunque en el fondo ellos también vivían buscándose, a pesar de lo que digan...

Andar sin buscarse... Pero cuando no nos encontramos, qué… Vos decís que te burlás de esto porque en la ausencia igual sos feliz, y te creo. A mí no me da hasta allá —y ahí el epígrafe. Porque sé que llegan las ráfagas del hombre, el tiempo del mundo al revés, la enfermedad, los no-soy-capaz, y si no estás… y si no estoy… Nos volvemos dependientes, algo que no entendía bien El principito. Yo tampoco. Cuando no nos encontramos y estamos cansados, no sabés cuánto me tienta la idea de que el mundo me domestique, que me ahoguen esos lazos El hombre elige sus cadenas. Es la única opción que le dan. El resto es tan impuesto como inevitable. La propuesta es… elijámonos. Si nos hace más amables y si en el pueblo sigue haciendo frío, elijámonos. Seamos títeres, audiencia, prestidigitadores. Yo haré el esfuerzo de no mostrarte nunca las cadenas.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Dando vueltas a un tema: La censura (Siempre incompleto)

La censura es una institución que siempre ha estado ligada al devenir de la literatura. ¿Por qué? ¿Cómo? Mientras haya alguien que quiera decir algo, habrá siempre alguien más al otro lado que, por alguna razón, no querrá oírlo. Ni querrá que otros lo oigan. Y si está en el poder, no permitirá ni siquiera que lo diga. ¿Qué dijo el que quiere decir algo? ¿Por qué al otro lado no quieren oírlo? Antes de empezar la indagación, no me lo había preguntado, y me inflamaba el hecho de saber a García Lorca fusilado —asesinado. Todavía lo hace. Al retirar unos cuantos velos turbadores, fruto de la investigación, puedo entender mejor el asunto. Escribir ha enviado a miles al exilio. A la muerte. Escribir es una actividad que ofende, dice Coetzee. Y en esta ofensa radica la indignación del otro, el repudio y, en última instancia, si la ofensa es recibida en altas esferas, la censura oficial.

La censura, muéstrese como sea, tiene como antecedente tanto la ofensa como la intolerancia a esa ofensa. Digamos que en Colombia no censuran tanto como matan. Se ahorran llegar hasta allá, es un decir. Partimos del hecho de ser heterogéneos. Colombia, unión abstracta de diez mil diferencias. Sin embargo, cuando alguien se atreve —porque es un acto de valentía— a decir lo que no habían dicho por novedoso, por ignorancia, por peligroso, por lo que sea, se levantan contra él en reprimenda, si no en metralla. Y no creo que sea una inclinación natural a la violencia. Insisto en negarme a esto. Creo, no obstante, que hay una aversión hacia lo diferente —así no sea subversivo— y de esto también se alimenta el censor. Estas actitudes, que no es mi trabajo juzgarlas, son constantes que me interesan y justifican ellas mismas mi elección del tema.

Aficionados que somos a datos curiosos, el caso de Rushdie, que no es tan curioso, me dio más razones para seguir indagando. Es sencillo: ¿qué es un libro para que un Estado, una cultura, una religión enfilen sus armas hacia su autor? ¿Por qué puede molestar tanto un libro? El mismo Reinaldo Arenas no entendía por qué el gobierno cubano lo perseguía tanto si lo único que él hacía era escribir. No es tan sencillo en realidad. La figura del escritor es temible. Agita, inquieta, genera efervescencia. Los gobiernos saben esto. El poder también. Que hable Picasso: “¿Qué piensan ustedes que sea un artista? ¿Un imbécil hecho sólo de ojos, si es pintor, o de oídos, si es músico, o de corazón en forma de lira, si es poeta, o aún hecho sólo de músculo, si se trata de un púgil? Muy por el contrario, él es a un solo tiempo un ser político, siempre alerta a los acontecimientos tristes, alegres, violentos, ante los cuales reacciona de todas las maneras.”

Un antecedente bastante importante en la historia de la literatura relacionado con la censura es el Index Librorum Prohibitorum. En él figuraban todos los títulos que atentaban contra la moral, según la Iglesia Católica. Claro que mi propósito aquí no es exponer el Index. Lo rescato como un elemento más de motivación. Y más por algo que le oí decir a alguien, creo que fue al profesor José Guillermo Anjel en alguna de sus clases, lo cito con temor a equivocarme. Decía que esta lista de libros prohibidos se había vuelto un catálogo de títulos que un hombre culto debería leer. Una mirada rápida sobre los nombres registrados confirma esta opinión.

“Contra la censura: Ensayos sobre la pasión por silencia” —J.M. Coetzee. Hablando de textos donde se reflexiona hondamente sobre el tema. A esta obra volveré con frecuencia. Digamos que la información está en el aire. Siempre oímos de casos concretos donde la censura mete su mano para revolcarlo todo. Hablan de derechos humanos inalienables. A eso estoy acostumbrado. A lo que no, y por eso agradezco al autor, es a un análisis más amplio del fenómeno. Parece que esto aburre a la gente y las letras muertes hoy también son mercado. Coetzee es un intelectual. Hombre de libros. Ésa es su mirada, de ahí su lectura. Entonces recurre a disciplinas que puedan aportar. Y su testimonio se hace así digno de ser tomado en cuenta.

viernes, 13 de noviembre de 2009

De microficciones casi urbanas...

1. Hay un hombre que sólo existe en las escalas de mi edificio. No sé nada de él, escasamente veo su carro junto al mío y nada más. Cuando voy de afán para la universidad, o cuando llego con el estómago apretándome el paso, veo lo plano y sencillo que es. Pero como digo, sólo existe en las escalas de mi edificio —que adivino vive en él también. Sino fuera por eso, el vehículo que siempre veo al lado del mío igual podría ser de alguien más, alguien con quien me cruzase en las escaleras...

2. Voy a Mango’s, club de pasiones, y empiezo a ver a los dormidos más despiertos. Bailan y cantan con ganas… pero duermen. Lo curioso no es esto. Lo particular es que si tú llegas despierto pero no con tantas ganas de festejar, para ellos estás dormido e intentarán dormirte para que despiertes. Y si les parece necesario, van hasta tu casa para asegurarse de que duermas con los ojos bien abiertos.

3. Bebo lentamente mi café y veo el mundo pasar. La señora que vende dulces se me acerca con cordialidad. El chico encargado de mi mesa suele arrimarse a preguntarme si todo marcha bien. Lo despido con un gesto afirmativo. Llega un mendigo muy bien vestido a mi mesa y pregunta si le podría ayudar con algo. Todo esto mientras dure mi café. Una vez el posillo está vacío, aquel educado mendigo se vuelve tosco y vulgar, la señora me inoportuna con su perturbadora insistencia y el chico, el cual me toca llamar porque no encuentro por ningún lado, trae otro café a mi mesa, ¡conque presteza y elegancia!, pienso al tomar el primer sorbo.

4. Lo he visto en la portería sacar su cabeza por la ventana cada vez que visito a mi mujer. No lo conozco, mas el sí me conoce a mí: sabe mi nombre. Quise indagar sobre él, pero yo mismo me detuve: de nada me vale saber sus fracasos y fortunas si cada vez que me aborda es para detenerme…

5. Un día se me perdieron las gafas. Las busqué por todos los lugares donde recordé haber estado: farmacias, cafés, iglesias. Me remordía el hecho de estar tras algo que no creía necesario, a fin de cuentas, no las necesito para leer. Las busqué todo el día hasta que, antes de acostarme, agotado de tanto buscarlas, me las quité para que en el sueño no se fueran a dañar.

Personajes II


Saber estar solo por toda tu vida es una afrenta al mundo que, tarde o temprano, te lo hará pagar. No necesitaste anillos para vivir tranquilo hasta las canas. No adoptaste la ambición como modo para figurar en los registros oficiales. Le tomaste travesía a la imagen modelo. Y aprendiste a vivir. A tu modo. Pero no creas que no se dieron cuenta. El tiempo fue haciendo a los demás serios, definitivos. Unos que mueren, otros con hogar y domicilio. Domesticados. Pasan callados y te observan. Te envidian y te sienten lástima. Todos. Biliosos.

Escogiste ser otra cosa y recibes a la gente detrás de la barra. Los amigos que quedan te visitan a las seis y toman cerveza al clima. Pero te observan. Al llegar, la mirada fría, escrutadora. El resto es alcohol. Descifran tu vida mientras sirves los tragos. ¿Por qué solo? ¿Hasta cuándo? ¿Cómo resiste? ¿De qué se agarra?, y somos amigos mientras te doy la mano. Ay, pero no te perdonarán nunca el no haber sido como ellos. Que no hayas conocido el amor de folios y agua bendita, que no hayas abandonado el pacto de las copas, que hayas seguido siendo el mismo. No te lo perdonan y tú lo sabes en la soledad de las cinco de la tarde cuando sólo habla el papel periódico. A esas horas el mundo te cobra tu independencia de hombre no domesticado.

Por eso la cantina. Si no fuera esto, toda la vida sería las cinco de la tarde, cómo… Hay que tener gente cerca para tropezarse. La música, el aguardiente, el discurso de los desconsolados. Gracias a Dios por este santuario de borracheras. Es tu forma del ritmo seguro. Si hay puesto en las mesas, ya te aseguraste la visita y que corra el reloj, estoy acompañado. No se da uno tanta cuenta. La gente en el lugar te habla, te invita. Obvias el hecho de que afuera te saluda una fotografía familiar camino a casa.

A la una y treinta te vuelven a recordar que no hay nadie calentándote la cama. ¿Por qué no estirar el jergón dentro de la barra? La cuchilla de afeitar no la verán encima del enfriador… Cuántos aguardientes más harán falta… para no saber nada… Viste cómo te saludaban y te observaban al pasar… Mira cómo te cobran la insolencia. A lo mejor siguen pasando para ver si sigues vivo. Y esa mueca en la cara no es que los estén apretando para que se apresure, no… es la decepción que les causa ver que no te has matado todavía…

jueves, 5 de noviembre de 2009

Graicas...


Alguien una vez me regaló un libro y con él su voz. Cada vez que lo abría, fuera en un parque, fuera en un baño, me seguía contando historias de judíos errantes, de putas desgarbadas y de amoríos animales. Algunas veces, cuando no estaba solo, me tocaba entreabrirlo despacio para evitar que esa voz parsimoniosa perturbara a los demás. Muchos empezaron a notar que esas palabras ya se me había instalado y les molestó. Desde entonces, sólo mis soledades han conocido el libro.

sábado, 31 de octubre de 2009

Microficciones casi urbanas, más...

1. En el edificio donde vivo tienen como regla, para el manejo de basuras, dejar las botellas de vidrio en las escalas, afuera de la puerta; desde arriba no se pueden tirar. Todos lo aceptamos porque es conveniente y quien las recoge hace bien su trabajo. Un día el vecino de abajo decidió no hacerlo y llevó él mismo las botellas. Pero no fue cosa de un solo día. Lo tomó de costumbre hasta que un accidente sufrido en el trabajo se lo impidió. Todos lamentamos mucho su pierna rota cuando bajábamos nuestras propias botellas. Parecía enojado. Las suyas ya se acumulan afuera de la puerta.

2. Kristin fue una amiga que gané de tanto visitar una pequeña panadería a dos cuadras de mi trabajo en Boylston St. Era una gran conversadora y entretenía mis días de ocio invernal. Con ella conocí algunos teatros de Boston, allí la gente parecía conocerla. Me estaba acostumbrando a estas salidas donde cada noche conocía dramaturgos emergentes y a uno que otro actor. Una noche, quedamos de encontrarnos en el Wang Center para una adaptación de Shakespeare, Much ado about nothing. Estaba entusiasmado, el espectáculo prometía risas. Pero esta vez me quedé esperando risas viendo que Kristin no llegaba, y no llegó. Dos años más tarde recibí un correo suyo arguyendo el porqué de su ausencia aquella noche. Su padre había muerto. Ella consideró prudente irse también... y la carretera estaba abierta.

3. Vivo en el quinto piso de un edificio en Laureles, barrio conocido por su repentina sobrepoblación. En frente al mío, hay un edificio un poco más grande con una buena cantidad de balcones. Algún día, como suelo hacerlo a veces, gracias al buen tiempo, saqué mi silla, mi libro y me puse a leer afuera. Levanté un momento la mirada y vi que alguien desde el frente me sonreía. Le gusta leer, pensé, y sentirá simpatía. Seguí mis lecturas afuera no sólo ese día, sino por mucho tiempo con la sonrisa cómplice de mi acompañante. Se debe preguntar qué leo. Ya me veía yo cambiando de libros frente a ella, pretendiendo leer qué cosas sólo porque me observaban. Uno de tantos días, mientras cambiaba las páginas de un Proust, vi que alguien se le acercó, la agarró de los brazos y la condujo con fuerza hacia adentro… Desde entonces no he vuelto a leer afuera. El clima está muy raro y quién sabe de qué se pueda enfermar uno ...

4. Conozco por casualidad, o porque así lo quise, a un señor en plena vejez que hablaba de dioses y lo encontré en el Parque Bolívar. Yo pasaba con el primo y escuchamos una discusión que sostenían algunos jubilados. Terminada la charla lo abordamos y pudimos hablar con él. Caminaba lento y el rostro delataba una amargura cioraniana. Luego de oírlo, no lo quise volver a ver. Fue tan pesado y agrio su discurso que terminé confuso, nublado... Le pedí al primo me acompañara a casa y que, si se le ocurría, nunca me llevara otra vez a presenciar tales actos de deicidio.

5. Como en la Huntington St. hay un buen número de cafés donde es agradable sentarse a ver universitarios pasar, pensé que sería bueno ir un rato. Con el Museum of Fine Arts de fondo, cogí uno de mis libros y me sumergí en él. A mi lado había una pareja un tanto molesta, discutían y se lamentaban por algo. Me alcancé a ruborizar un poco al escuchar que su descontento se debía a lo oneroso que les resultaba la exuberante presencia de minorías en su país. Ajeno que soy a la tierra donde vivo, tomé consciencia de su molestia, empaqué mi libro y pagué el café. Al salir del sitio, improvisé una sonrisa a la pareja, les saludé y seguí de largo con el amarillo, el azul y el rojo de mi bolso juvenil.
Mirá cómo trato de entender todo esto.
Tachando, ajustando,
adivinando letras que conozco
pero ni sospecho por qué están ahí.

Mirá cómo me llegan otras cosas hasta aquí
mientras los que saben opinan, asienten,
aseveran desde sus puestos de universidad.

El mundo de las distracciones
permite otras formas de vida.

Mirá cómo volvés a llamarme entre tanta cosa seria.
Si vinieras a hacerme caras desde la puerta abierta.
Son horas serias estas horas,
debés estar en tu papel del mundo.

Pero si no venís,
igual me guardo en escribirte tanto,
rascándote el codo y no volteás.
Oí como te llamo…
Pacito para no interrumpir a nadie.

Si hubiera dicho otra cosa
no me estuviera traicionando.
Pero dije mirá
Nombrar para existir.
Nombrarte.

¿Si no digo nada?
No, no sirve.
Todo está hundido en el tedio
y si no quieres entender,
adentro se prenden las voces.

Al frente hablan de analepsis.
No es necesario nombrar para que vengan,
ya están aquí.

Salut!

Microficciones casi urbanas

1. Estaba en la tienda al frente del Colombo. Acababa de ver una película. Me gusta tomar algo antes de irme para la casa. Escogí una sillita un poco apartada de la calle donde pudiera tomarme la gaseosa en paz. Entonces vi una muchacha sola llorando. Hablaba por celular. Me quedé pensando qué causaría esas lágrimas. La miré fijo, disimulando un poco, y me di cuenta de que también ella estuvo en mi misma sala, y que estaba acompañada. Con la luz que antecede el espectáculo, pude ver que quien la acompañaba era más que una amiga. No suelo juzgar a priori… Aunque ahora que la veo llorar, tampoco puedo confirmar nada; sus lágrimas pueden hablar de emociones, pero no señalan ruptura, muerte, soledad, nada de eso. Toca quedarme con la satisfacción de que un día vi a una chica llorar… y a otra…: a ésa no sé si la vi.

2. Ocurre que en mi Santa Rosa de calles anchas y caras conocidas, pasa alguien en su carro recién comprado y adornado a más no poder. A su equipo de sonido le gusta ser lo único que se escuche. Cuando pasa por ahí, todos nos miramos desde donde estamos y hasta donde el ojo alcanza, lanzamos una mirada de reproche y parecemos estar de acuerdo en nuestra disensión. Sigue pasando el auto en su estertor y las miradas cobran voces y remilgos, vuelve a pasar y ya ni nos podemos escuchar, todos queremos decir que odiamos el ruido y la ostentación, pero hasta este punto ya gritan las miradas y no cedemos a otras opiniones.

3. Estaba con su mujer en un restaurante de comida rápida en Bulerías. Prefirió hacerse afuera porque hacía calor. Ahí sentados pudieron ver cómo un grupo de indigentes improvisaba un cambuche para pasar la noche. La imagen lo conmovió. Cuando le llegó la comida decidió no terminarlo todo y dejarle un poco a alguno de ellos que seguramente estaba hambriento. «¿Querés un poquito de comida?», le dijo a uno de los que ya se habían acostado. «¿Comida?, eso no es comida, eso es sobraos», y se volteó para el otro lado… El hombre quedó perplejo. Todavía no lo ha podido entender.

4. Suelo ir a un restaurante a media cuadra de mi casa que se especializa en crepes. Aunque nunca hablo con el mesero o con el de la cocina, he aprendido a conocerlos un poco, más por la comida: pollo con champiñones es mi plato más común… Fue un lunes que llegué de la universidad y no quería cocinar. Estaba bueno el día para sentarse y leer un rato. Esta vez las cosas no fueron como esperaba que fueran. Desde adentro se oía una voz chillona exaltándose en intermitencias. Creo que era el cocinero. Alzaba la voz para referirse a una cuenta que no se pagó y a unos recargos descarados... Ese día no nos fue bien a ninguno de los dos. Aparte del bolsillo roto del cocinero, el crepe que tanto disfruto ese día me supo a recargos financieros y a números desaliñados.

5. —¿Saliste otra vez con ella?
—¡Pero que no salimos!, no te he dicho pues…
—No, no te creo: cada ocho días te encontrás con ella, eso me degiste, y no hacés nada… no, así no…
—Pero… ¿qué no podés creer? Simplemente nos encontramos y hablamos. Es que así fue que la conocí. Un día fui a La Raza, ¿te acordás?
—...en Palacé…
—Sí, sí… un día estaba aburrido y me fui pa’llá, pedí una cervecita y me senté en el bar, a pensar, y llegó esta nena y se me sentó al lado…
—A lo mejor es puta…
—No, no sé, es que no te digo que llegó de una y se puso a hablar, estaba como medio aburrida y nos quedamos hablando… Esa noche me fui al ratico y me dio por volver la otra semana, cuando llegué ella no estaba, pero igual me tomé la cervecita como para no perder la ida y volvió a caeme, y así…
—¿Y cuándo me la vas a presentar?
—Pues home… cuando la conozca…

miércoles, 28 de octubre de 2009

Y sólo pude decir:

Creí que podía decir algo para... Salirme un poco de todo esto. Y sólo pude decir:

Ella lee a Benedetti. La aconseja. Le habla sobre lo que yo quiero hacer. Porque si cuando él está solo dice nombres de mujeres, como buscando teñirse del rojo de esos labios, ése soy yo. Pero yo no sé cómo decirlo bien. Empiezo a juntar las palabras. Me gustaría agradarle. Van saliendo arbitrariamente, como debe ser. Sin ningún orden que nos diferencie. Pero ahí está el vacío, tanto que temía, y ya no sé qué puedo decir. Si digo: la noche, la noche…, se enredan otras cartas, otras caras que quiero igual y por ahí no hay camino, no hay donde pueda llegar. Quiero decir que… no conozco protocolos a estas artes. Tendría que ser ésa mi ventaja. Hablemos de lluvia, hay gotas en la baranda del balcón. Eso siempre le ayudó a los demás. Dalí escuchaba la lluvia y de repente pensó en su mujer. Yo pienso en el agua que cae aquí y que allá moja todas las ceras. Es la única continuidad que se me ocurre. La menos patética. No deberían preocuparme estas sombras de forma o contenido. Permanezco neutro. Pero estas cosas, como dice alguien que no recuerdo, no las hicieron para los inclasificables. No evoquemos gramáticas perfilando cartas de amor...

miércoles, 21 de octubre de 2009

...el otro infinito, como dice Kundera.



«Man knows he cannot embrace the universe with its suns and stars. Much more unbearable is for him to be condemned to lack the other infinitude, that infinitude near at hand, within reach. Tamina lacked the infinitude of her love, I lacked Papa, and all of us are lacking in our work because in pursuit of perfection we go toward the core of the matter but never quite get to it. That the infinitude of the exterior world escapes us we accept as natural. But we reproach ourselves until the end of our lives for lacking that other infinitude. We ponder the infinitude of the stars but are unconcerned about the infinitude our papa has within him.» —Milan Kundera
Los libros tienen lenguas dolorosas. Yo no sé por qué te lo digo a vos. También me podía quedar callado, pero la verdad es que era en vos en quien pensaba cuando leía esto. Que el hombre vive entre esos infinitos y le da lo mismo si lo infinitamente grande lo desborda, y mucho menos si lo entiende o no. Pero el infinito cercano, ése es el que nos cobra luego. Me acuerdo de lo que decía en facebook cuando le preguntaste algo a Amélie —bella, con sus huequitos en las mejillas y el crème-brûlée— y te dijo que “si prefieres vivir en un sueño y seguir siendo una jovencita introvertida, estás en todo tu derecho, ya que malograr tu vida es para todo ser humano un derecho inalienable”, y yo hice eco diciendo que te habían dado duro. Pues bien, el hombre de vidrio no se refería con sueño al sueño de los locos del tango, ése es demasiado bello para denigrarlo. Hablaba de esto, de olvidar que el infinito al alcance de la mano también lo necesitamos y si no vamos a darle los tres besos al soñador recolector de fotos rotas, qué nos va a pasar. A las estrellas les somos indiferentes y en la tierra no nos hicimos entender…
Te quería decir esto. Y que me vuelve mierda pensar en echarme en cara por el resto de mi vida no haber tenido el coraje de sacar la mano del buzo para buscar otra mano, el otro infinito…
Un abrazo infinito...